#TERRORMANÍA: ¿Por qué nos gustan las películas de terror?

En el cine de miedo, los cerebros no sólo valen para que se los coman los zombies: también sirven para que los espectadores disfruten gritando.

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15 de marzo de 2015

Los zombies los devoran, los demonios los poseen, los asesinos en serie los desparraman a machetazos… Está claro: si tuviéramos que decir cuáles son los órganos más maltratados por el cine de terror, los cerebros se llevarían la palma. Dentro de la pantalla, claro, porque fuera de ella sucede todo lo contrario. Pese a someter nuestras neuronas a estímulos teóricamente desagradables, y salvo en el caso de ese amigo que todos tenemos y que nunca ha superado la primera vez que vio El resplandor en VHS, las películas de miedo no sólo no nos invitan a huir, sino que nos proporcionan placer. ¿A qué se debe ésto? Como amantes que somos de las colisiones entre ciencia y celuloide, en CINEMANÍA ardemos en deseos de saberlo.

Para iniciar nuestras pesquisas, primero quisimos ponernos en contacto con un experto en la materia como don Freddy Krueger. Algo que se reveló inútil, porque (según nos revelaron fuentes próximas a Wes Craven) el asesino onírico de Elm Street decidió cortar todo contacto con la prensa tras ese remake de 2010 con tan poca gracia. Posteriores intentos de recabar información entre un conjunto de muertos vivientes también se malograron, porque los susodichos sólo querían usarnos como ingrediente principal para su steak tartar á la George A. Romero. Así las cosas, decidimos recurrir a profesionales de la medicina y la neurociencia, confiando en que resultasen más amigables. Y vaya que si lo fueron…

“El cerebro es el órgano más complejo del cuerpo, y no podemos simplificarlo”, nos previene el doctor Carlos Tejero, vocal de la Asociación Española de Neurología. Aun así, dada nuestra insistencia en obtener saberes innombrables, este experto revela una de las claves del asunto: las vías noradrenérgicas. Se trata de las regiones del cerebro por las que circula una sustancia llamada noradrenalina, la cual segregamos en situaciones de estrés. “Cuando se activan las vías noradrenérgicas”, explica el doctor Tejero, “se ponen en marcha reacciones que compartimos con los animales: nos ponemos en situación de alerta, nos concentramos más en los detalles de la percepción…”. Desde un ángulo similar, la neurocientífica María Luz Montesinos, de la Universidad de Sevilla, llama nuestra atención sobre otras sustancias tenebrosas: la noradrenalina (producida por el sistema nervioso simpático) y la adrenalina, que se genera en las glándulas suprarrenales. Ambos potingues, señala, “controlan las respuestas de ‘lucha o huída”, las mismas que asaltaban a nuestros ancestros cuando oían ronronear a un tigre de dientes de sable.

Ahora bien: si las películas de terror nos devuelven a ese estado primigenio del ser, ¿por qué esos sustos memorables no nos hacen levantarnos de la butaca y salir pitando? Escuchemos otra vez al doctor Tejero: “Las reacciones de estrés activan una zona del cerebro llamada ‘amígdala’, y eso provoca efectos que van desde la subida de la tensión y el ritmo cardíaco hasta reacciones pilomotoras (la ‘piel de gallina’). Pero, al mismo tiempo, sigue funcionando la sede del raciocinio en la zona prefrontal”. Así, si el filme es bueno y cumple su objetivo, se produce un tira y afloja entre los sectores más primitivos de nuestro encéfalo y nuestras zonas racionales, las cuales nos recuerdan que lo que estamos viendo “es sólo una película”. Así pues, prosigue el neurólogo, las personas que no soportan ver una película de terror presentan una actividad por encima de la media en sus vías noradrenérgicas. Y, en caso de lesiones en el lóbulo frontal, “una persona puede tener problemas para distinguir la realidad de la ficción”, algo que vuelve muy poco atractivo un tête à tête con Michael Myers. 

La doctora Montesinos, por su parte, invoca una hipótesis que tiene su miga: el estrés, nos recuerda, está controlado por el eje hipotálamo-hipófisis, un circuito por el que se mueven las hormonas CRH y ACTH. Lo interesante, explica la neurocientífica, es que dichas sustancias están relacionadas con las endorfinas, sustancias de efectos similares a las drogas opiáceas, que inhiben el dolor y provocan placer y euforia. Recalcando que se trata sólo de de una teoría, Maria Luz Montesinos aporta un posible motivo para la conducta de esos frikis del terror que no se pierden un Festival de Sitges y que han memorizado la obra íntegra de Lucio Fulci: “Podría hablarse incluso de una adicción a las endorfinas”, indica, “que explicaría por qué hay personas que ven películas de terror siempre que pueden”. Así que ya sabéis: decid “no” a las drogas y optad por el cine, que sale más barato (¿seguro?).

Los mejores sustos, en compañía

Hasta ahora, sólo hemos abordado el terror desde el punto de vista neuroquímico. Pero, ¿qué hay de los estudios de la conducta? Para este ángulo, contamos con la psicóloga Ana Fernández, que estudia las artes visuales desde el Colegio Oficial de Psicólogos de Madrid. La doctora Fernández nos recuerda que, ya en los comienzos del séptimo arte, los espectadores de La llegada del tren a la estación se llevaron un buen susto por cortesía de los hermanos Lumiére, para después acudir a un señor que sabía mucho del tema: “El propio Hitchcock decía ‘a la gente le gusta sentir miedo cuando se sienten seguros”. Por eso, continúa, nuestras respuestas fisiológicas resultan controlables en una sala de cine: “Experimentamos sensaciones intensas, al igual que un parque de atracciones o practicando un deporte de riesgo, en las cuales se produce una subida de adrenalina dentro de un contexto de cierta seguridad, que finalmente acabará en una relajación mayor”. Así mismo, la psicóloga nos recuerda que hay otra reacción frente al terror, ” la de la parálisis, que está más vinculada a la ansiedad que produce una situación inespecífica, de la que no se puede ni luchar ni huir”.

Las palabras de la doctora Fernández nos hacen preguntarnos por qué hay tantas variedades de terror. ¿Es muy distinta la reacción de nuestro cerebro cuando vemos un desparrame de higadillos en Posesión infernal y cuando nos dejamos seducir por La semilla del diablo u otra obra de horror psicológico? Según Carlos Tejero, no demasiado: “La vía noradrenérgica puede responder a un shock o mantenernos en alerta paulatinamente”. “Son reacciones iguales, pero moduladas de forma distinta”, coincide María Luz Montesinos. Y las palabras de Ana Fernández nos hacen sospechar que a ella no le va mucho el cine gore (algo que nos confirmará más tarde). Según nuestra psicóloga, todas las obras de terror coinciden en  “mezclar cosas familiares o cotidianas con estímulos novedosos”, además de emplear recursos del arte cinematográfico como el encuadre y el montaje. Pero, mientras que unos filmes “pretenden producir asco o repugnancia, a través de la explicitación de la violencia”, los trabajos más sutiles juegan con el miedo a lo desconocido.

Llegados a este punto, hay algo que nos intriga mucho: ¿por qué solemos disfrutar más de una película de terror cuando la vemos en compañía? Y es que cualquiera que haya visto películas de miedo en pantalla grande conoce la satisfacción de gritar a coro con el resto de la sala, por no hablar de las ocasiones que ésta da para el ‘cuanto más primo, más me arrimo’. El doctor Carlos Tejero admite que el fenómeno de inmersión en la película provoca fenómenos fascinantes: “A veces”, explica, “se produce tal sincronía que los espectadores acaban parpadeando a la vez: el ritmo de los cerebros va cada vez más acorde, y eso nos produce una sensación de bienestar”. La doctora Fernández, por su parte, menciona a las llamadas “neuronas espejo”, que no sólo nos permiten empatizar con los personajes de la pantalla, sino también con los demás espectadores.

Por otra parte, como sabe cualquiera que haya visto El jovencito Frankenstein Zombies Party, el terror y la comedia están muy emparentados. No sólo porque los iconos del miedo se presten mucho a la parodia, por excesivos, sino también por esos ataques de risa que, a veces, nos sacuden tras un momento especialmente truculento. “La risa nos apasiona a los neurólogos: hay muchas teorías sobre ella”, reconoce Carlos Tejero. Y prosigue: “Una cosa que nos hace reír es la seguridad: los bebés primates ríen cuando se pelean entre ellos, y así confirman que su actividad es sólo un juego. Cuando reímos viendo una película de terror, reconocemos que el director ha conseguido asustarnos, pero también recibimos el mensaje de nuestra corteza prefrontal, recordándonos que nos hallamos fuera de peligro”.

En todo caso, buscar las raíces del cine de terror sólo en el instinto o en la actividad cerebral nos llevaría a conclusiones incompletas. Por algo un experto como Stephen King opina que “el terror es un barómetro para medir aquello que va mal en la sociedad”. Cuando le citamos estas palabras del escritor, la doctora Ana Fernández se muestra de acuerdo: “Los estímulos atemorizantes han ido cambiando históricamente para reflejar las partes de nosotros mismos y de nuestro contexto social que nos angustian”, opina. “Los zombis representan en cierta medida la pérdida de nuestra identidad en una época de globalización, y también una forma de luchar contra nuestro miedo a la muerte (como un modo de personificarla y poder destruirla). Algo parecido ocurre con los vampiros, que recobraron su éxito en los 80 con la aparición del Sida y todo el miedo asociado a la sangre”. Esto último, suponemos, no se refiere en absoluto a los vampiros de Crepúsculo y similares. Porque en el miedo, como en todo, no hay nada como los clásicos.

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