‘Sully’ vista por un piloto

La última película de Clint Eastwood sobre 'el milagro en el Hudson' a examen

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04 de noviembre de 2016

Una vez le pregunté a mi padre qué hacía a un buen piloto. “Técnica y ángel”, contestó. “¿Ángel?”, quise saber. “Hay que saber sentir el avión, saber qué va a hacer antes de que lo haga. Es lo que los pilotos llamamos sentir el avión con el culo”. Entonces estaba escribiendo un relato sobre mi padre y su vida de aviador. Un relato que se llamaba El vencejo y en el que intentaba poner en palabras su profesión en el cielo. Había leído a James Salter en Burning the Days, su poética de escritor que antes había sido piloto de caza, como mi padre. Pero él, escueto y científico, militar hasta en su disciplina verbal, me contestaba de una manera prosaica que yo no sabía cómo escribir. Mi padre, el Capitán Gutiérrez Suárez, Guti para su promoción, la 26 del Ejército del Aire, Manzanita o Lee Marvin (así lo llamaban sus amigos y Maverick, los míos) había sido antes que piloto de Iberia, aviador militar durante 17 años. Su posición en la Patrulla Chico, la Acrobática de Albacete, era Perro del rombo, último de la formación en los loopings, los toneles y las pasadas en invertido, pero primero en despegar. A mí siempre me ha gustado pensar que mi padre podía volar aunque aquello de sentir el avión con el culo no me quedase tan poético como a James Salter sus peripecias aéreas. Pero, ¿qué quería decir mi padre con aquella frase? ¿Era literal? ¿Un avión se puede sentir? Ahora me doy cuenta de que nunca me lo tomé muy en serio y, probablemente, así hubiese seguido siendo de no haber ido a ver juntos Sully la semana pasada.

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La idea (esas cosas que surgen en las redacciones, ¡sí! ¡todavía quedamos algunas!) era la siguiente: ir a ver con un piloto la última película de Clint Eastwood y que este nos explicase si se narraba de forma realista el acuatizaje del vuelo 1549 en el río Hudson. Como nadie más tenía padres pilotos en la revista y al mío la idea le pareció bien, el jueves pasado fuimos los dos juntos a las oficinas de Warner, en el madrileño barrio de La Concepción, a ver Sully en un pase de prensa. Y en contra de lo que el sensacionalismo internauta mandaba y de precedentes como El vuelo, de Zemeckis, pero tal y como podía anticipar el guión de Todd Komarnicki basado en las memorias del propio capitán del vuelo, Chesley “Sully” Sullenberger, mi padre salió del cine diciendo que era una película: “Exhaustivamente realista”.

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Empezando por los pájaros. “Los pájaros aparecen así, es raro verlos de lejos, si vienen hacia el avión se van a chocar sin que el piloto tenga capacidad de maniobra”, me dice mi padre al acabar la película. Se refiere a la bandada de barnaclas canadienses (un pájaro muy parecido al ganso) que el 15 de enero de 2009 impactó contra el fuselaje y los motores del vuelo de US Airways 1549. Habiendo despegado hacía tan sólo tres minutos del aeropuerto de La Guardia, en Nueva York, con destino a Charlotte, en Carolina del Norte, el comandante Chesley “Sully” Sullenberger se vio obligado a realizar un aterrizaje de emergencia sobre el río Hudson. Con el apelativo instantáneo de “El milagro en el Hudson” –el trauma post 11-S pervivía aún en los neoyorquinos–, el acuatizaje del avión sobre el río pegado a Manhattan tenía todas las papeletas para convertirse en una película. Y teniendo en cuenta la naturaleza del héroe que había protagonizado la historia, un ciudadano americano corriente convertido en héroe, tampoco sorprende que los responsables de llevarla a la pantalla fuesen dos iconos estadounidenses como Clint Eastwood y Tom Hanks.

El director de Million Dollar Baby o Gran Torino estructura la hazaña del capitán Sullenberger en torno a la investigación que la NTSB (Junta Nacional de Seguridad del Transporte) llevó a cabo sobre el accidente y carga tanto las tintas que las reacciones de los investigadores reales no han tardado en llegar. “No somos la KGB ni la Gestapo”, ha dicho tras ver la película Robert Benzon, quien lideró las pesquisas sobre si el acuatizaje sobre el río fue la opción más segura para el pasaje o si Sully tendría que haberse dirigido a cualquiera de los aeropuertos cercanos. Una hipérbole que Clint Eastwood se permite para dramatizar el milagro del Hudson y convertirlo en una historia emocionante sobre el individuo contra el sistema, el arrojo de un hombre sensato frente a la espectacularidad de los medios de comunicación, y, sobre todo, la necesidad del factor humano en un mundo irremediablemente abocado a la máquina.

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“Volver al aeropuerto no hubiese sido garantía de nada –me cuenta mi padre, que voló ese avión, el Airbus 320, durante 18 años–. Sobrevivir a un amerizaje es complicado porque el avión no está preparado para aterrizar en el agua, pero hacerlo sobre una pista con los dos motores parados también es muy difícil. Tienes que calcularlo a ojo y no hay marcha atrás. Con más altura hay más posibilidades de controlar y corregir el planeo, pero a tan poca altura es difícil, sólo uno de cada cinco intentos saldría bien. Creo que el 80 por ciento de los pilotos se hubiese ido al Hudson como hizo Sully”.  No es lo único que le parece verosímil a mi padre. La primera reacción que tiene el piloto, la mirada perdida de Tom Hanks en la piel de Sullenberger, es también muy representativa del shock que anticipa un accidente. También, sus siguientes movimientos: “Lo primero que dice es ‘Ignition start’–dice mi padre–, y luego ‘Mío el avión’, que es la manera de decirle al segundo que suelte los mandos y que te ocupas tú de pilotarlo”.

“He leído informes de pilotos muertos que habían seguido los procedimientos de seguridad”, dice el rubísimo copiloto interpretado por Aaron Eckhart al tribunal de la NTSB. “Bueno, eso sí que es un poco peliculero –me dice mi padre cuando le pregunto si leer informes de pilotos muertos era una práctica habitual en Iberia, compañía de la que se jubiló hace un par de años–. Es una manera de decir que si hubiesen seguido el protocolo de seguridad se hubiesen matado. Lo primero que hace Tom Hanks es lo que hizo Sully, poner en marcha el APU, algo que en la lista de actuaciones del protocolo está el número 15. Pero es algo que haría cualquier piloto en una situación de emergencia para asegurar, aún más, que el avión no se quede sin energía eléctrica”.

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“Lo único que no había oído nunca es la manera coral con que las azafatas se dirigen a los pasajeros, debe ser el procedimiento de la compañía –sigue mi padre refiriéndose a las instrucciones que la tripulación le da al pasaje: “posición de impacto”, es decir doblarse sobre las piernas–. Que releven al controlador aéreo por el trauma de perder un avión y lo que dicen los pilotos es todo muy realista: desde el “Mayday, Mayday” hasta el “prepárense para el impacto”. También se reconoce mi padre en el silencio de Sully cuando decide acuatizar en el Hudson y deja de contestar al controlador aéreo y tampoco le explica a los pasajeros lo que está a punto de hacer: “Está concentrado en el aterrizaje y no tiene tiempo de más –explica–. Incluso es realista cómo apaga la alarma (“master caution”) que suena estrepitosamente durante el descenso. Es una alarma que te dicen siempre que no la apagues porque te avisa de la gravedad de la situación, pero más avisado que estaba el pobre hombre…”.

Mi padre ha estado a punto de matarse dos veces pilotando un avión. La primera fue culpa suya, un exceso de confianza en la patrulla acrobática cuando decidió hacer tres toneles y no dos. La otra fue del avión. Salió de un looping y empezó a cabecear por un fallo en el sistema de mandos. De pronto, se vio mirando al suelo a 500 km/h. Estaba a poca altura. “En una situación así no te da tiempo a pensar, reaccionas de forma automática, por puro instinto”, cuenta convencido de que eso lo da “la experiencia y el colmillo retorcido”. Algo en lo que coincide Sullenberger, que poco después del accidente se dirigió al Congreso para denunciar los recortes salariales que los trabajadores de las líneas aéreas habían sufrido durante las crisis remarcando que “la pieza más importante de un equipo de salvamento es un piloto con experiencia y bien formado”.

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“Confié en mi instinto, me la jugué”, se sincera ante la NTSB un Tom Hanks al que el traje y las barras de piloto sientan de maravilla. Acusado por la Junta de haber ignorado que uno de los motores todavía funcionaba (más tarde se demostraría que también quedó destrozado), el piloto se defendió diciendo que había sentido que los dos motores se paraban. “Porque tienes que sentir lo que hace el avión, no puedes confiar sólo en lo que dicen las pantallas. Tú sientes que el avión va a entrar en pérdida antes de que te avisen los instrumentos”, dice mi padre. Y  entiendo por fin la poética de sentir el avión con el culo. ¡James Salter, chúpate esa!

Sully se estrena el 4 de noviembre.

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