¿Son ‘Infierno azul’ e ‘Infierno blanco’ la misma película?

Nada une (aparentemente) a estas dos películas pero la recién estrenada cinta de Jaume Collet-Serra es la secuela apócrifa de ‘Infierno blanco’ y nosotros te contamos por qué.

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17 de julio de 2016

La mayoría de los espectadores que vayan a ver Infierno azul, la última película de Jaume Collet-Serra e indudablemente uno de los estrenos más disfrutables de verano, lo harán pensando inevitablemente en Tiburón, en aquel primer blockbuster de toda la historia con el que Steven Spielberg cambió la forma de hacer y de consumir el cine. Y también de bañarnos en la playa. Sin embargo ambas películas no tienen nada que ver, salvo que las dos tienen un tiburón blanco y en las dos el agua del mar se tiñe de sangre. Pero ni el tono, ni la ambición, ni si quiera el género es el mismo.

Jaume Collet-Serra ha dirigido siete películas y tres de ellas protagonizadas por Liam Neeson. El director catalán ha elegido al protagonista de La lista de Schindler como actor fetiche y poco después o al mismo tiempo que rodaba con él Sin identidad, Neeson protagonizaba una película de aventuras y de supervivinecia en la que un grupo de hombres perdidos en la tundra subártica sufren la incansable persecución de una manada de enormes lobos. Se titulaba Infierno blanco.

Infierno Blanco es, probablemente, una de las mejores  películas de aventuras en la naturaleza que se ha hecho últimamente. Técnicamente no tienen nada que hacer contra Leonardo DiCaprio y su oso de El renacido, sin embargo, como odisea de supervivencia la da mil vueltas. Así de claro, Infierno Blanco es una película bella y al mismo tiempo también es violenta y cruel, igual que El renacido. Solo que a Alejandro González Iñárritu le gusta utilizar recursos visuales aparatosos y espectaculares en función del absoluto aburrimiento y Joe Carnahan va al grano con una aventura que funciona como un tiro y donde cada plano es información.

Después de esta oda a la película de Liam Neeson bailando con lobos nos toca argumentar porqué Infierno azul sería una especie de secuela apócrifa.

Una aclaración antes de empezar: los títulos bien parecidos de Infierno Blanco e Infierno azul no son los originales, que serían The Grey y The Shallows respectivamente. Eso sí, nos parece un absoluto hallazgo de quién quiera que haya decidido llevar a cabo esta libre traducción.

Dos personajes atormentados

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No sabemos mucho del tipo duro de Ottway interpretado por Liam Neeson en Infierno blanco como tampoco conocemos demasiado sobre la dulce y bellísima Nancy interpretada por Blake Lively. Ambos personajes tienen una presentación escueta. Él sufre por algo de su pasado, suicidarse es incluso una solución que baraja. Ella ha huido del trauma de la muerte de un ser querido, ha roto con todo y no se plantea lo que viene después de mañana.

Con este bagaje ambos se encuentran atrapados en plena naturaleza acechados por una bestia que no les da tregua.

Una bestia que no es de este mundo

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Aquí entra un grado de fantasía. En ambas películas las bestias a las que se enfrentan tienen una exagerada obsesión por sus enemigos. La manada de lobos persiguen a Liam Neeson y a los demás supervivientes con una extraña fijación.  Inaudito. Además matan por matar, una práctica que no realiza que casi ningún animal, excepto el hombre. A Lively le pasa más de lo mismo. Su tiburón blanco se obsesiona con ella, durante más de 24 horas el animal está a atento a todos sus movimientos encolerizado porque ella ha entrado en su zona de caza.

El espectador compra estas exageraciones al servicio del thriller, del terror psicológico, de pasar un mal rato.

La ambición existencial

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El animal asesino no es el único problema de sus protagonistas. También hay que sobrevivir en unas condiciones extremas. Liam Neeson y su panda lo intentan a pesar del frío y de la escasa comida (los lobos que consiguen vencer). Blake Lively está sola e intenta que la mordedura del tiburón no la desangre haciéndose unos rudimentarios primeros auxilios, a eso hay que sumar la sed, el hambre y el sol.

Claro, estas duras experiencias son como un fuerte golpe en la cabeza de sus protagonistas cuyas dudas existenciales, sus dudas, sus tormentos se resuelven de un plumazo. Una aventura así es un buen chute de filosofía. ¿Quiénes somos? ¿Qué significamos nosotros para los demás seres vivos? ¿Cómo afrontar la muerte?

Desgraciadamente en ambas cintas este territorio se deja sin explotar. Ninguno de sus directores da la talla. Pero en el fondo da igual porque nadie le pide a películas así profundas y complejas reflexiones.

Entre el horror y el melodrama

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Cuando quieren serlo, las dos películas son crudísimas, casi terroríficas. Los miedos del hombre personificados en una bestia, en un caso el lobo, en el otro el tiburón.

Cuando quieren serlo, las dos películas son, también, puro melodrama. Sentimentales, naif, llenas de tópicos y predecibles.

Y la mezcla solo las mejora colándolas en un privilegiado lugar entre el blockbuster, el cine independiente y la serie b.

Y en el final también coinciden. Aunque en Infierno Blanco hay que irse a una escena después de los créditos ambas películas tienen un clímax rotundo y evocador que recuerda al cine clásico de aventuras. Solo recuerda. Ambos directores no tienen ningún complejo para romper con lo ortodoxo y, de hecho, lo hacen.

 

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