[Sitges 2018] ‘Suspiria’, la danza de la (i)rrealidad

Luca Guadagnino inaugura el festival de Sitges con un film llamado a crear división de opiniones, una película fascinada que se justifica como una revisión del clásico de Argento.

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05 de octubre de 2018

Existen dos grandes cuestiones cuando se trata de enfrentarse a Suspiria de Luca Guadagnino. La primera y más evidente, es “¿Por qué?”. Qué necesidad había de revisar una de las películas europeas más importantes de la historia del cine de terror, un clásico del audiovisual firmado por Dario Argento en 1977 y que visto hoy en día no sólo mantiene su hechizo intacto sino que de hecho, sigue tomándose como referente y siendo imitada en producciones actuales que tratan de captar la esencia del fantaterror de la época. La segunda pregunta, ya asumiendo la existencia de esta revisión, es “¿Por qué dura 50 minutos mas?”. Para responderla habría que entrar en spoilers, pero dicho rápido y corriendo: porque de otra forma, Suspiria dejaría de ser de Guadagnino y sería, en esencial, otro remake estéril demasiado apegado al material de partida como para destacar.

Afortunadamente, no estamos tanto ante un remake como sí una revisión del film original, que toma como base su mitología para reconfigurarla y adaptarla a un contexto diferente. Así, seguimos contando con una academia de baile de élite, una recién llegada y un fondo que orbita entre la brujería y el simple hechizo de la danza sobre los cuerpos y sus movimientos. Con ese material y el añadido de un escenario histórico se construye una de esas películas que están destinadas no solo a dividir al público sino a generar un debate, pero que ante todo se demuestra como un filme con personalidad, alejado de lo convencional y de los códigos del mercado. Sin ser arte y ensayo, ni cayendo en los atajos del cine de multisalas, encuentra un equilibrio perfecto entre ser fiel a su autor y al mismo tiempo rendir tributo al clásico original.

Dividida en seis actos -más un epílogo- y desarrollándose a lo largo de mas de 150 minutos, Suspiria es sosegada (que no lenta) y se toma su tiempo para llegar a donde quiere hacerlo, acercándose más a las producciones de los setenta de Roman Polanski como El quimérico inquilino o Repulsión que a lo que cabría esperar de un film facturado en 2018. Todo esto lo logra también gracias al sobrio trabajo de fotografía del tailandés Sayombhu Mukdeeprom (con quien Guadagnino ya colaboró en Call Me By Your Name) y a una banda sonora magnífica de Thom Yorke, compositor de Radiohead.

Por supuesto, Suspiria tampoco es perfecta. Su traca final y momentos de impacto podrían ser cuestionados y se dispersa en algunos momentos la narración, pero qué duda cabe que lo positivo tiene mucho más peso que lo negativo. O mejor dicho, lo menos bueno. Su existencia se justifica sobradamente como una extensión de un universo apenas esbozado en el filme original, desde el respeto pero sin plegarse a él. Un poco a la manera en que Steven Soderbergh se acercó a Solaris de Stanislaw Lem en 2002 sabiendo que era imposible mejorar la adaptación anterior de la novela, una obra maestra firmada por Andrei Tarkovsky. El director decidía no reescribirla, cambiar el enfoque, optar por un camino más íntimo y personal, trabajar con las relaciones.

Guadagnino hace algo parecido, está menos preocupado por trabajar con el color y dedica más tiempo a sus personajes, a la forma en que se miran y relacionan, el terror, por mínimo que sea, nace de las miradas, de cómo una joven alumna y la maestra que idolatra intercambian gestos y posiciones de poder con sutileza. Es una película fascinada por su propia existencia, y es un placer como espectador asistir a un acontecimiento semejante. Definitivamente, necesitamos más remakes así.

Suspiria se estrena el 5 de diciembre.

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