[SITGES 2018] ‘Apostle’: un cóctel Irregular, excesivo e imprescindible

El director de 'The Raid' nos lleva a una isla remota de principios del siglo XX en la que una secta ha secuestrado a la hermana del hombre equivocado.

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05 de octubre de 2018

Si hablamos de cine y religión, el primer mandamiento que se me viene a la cabeza dice así: “no aburrirás”. Gareth Evans, apóstol e incluso profeta de esa filosofía bien sabe de la existencia de ese leitmotiv. El director de la excelsa The Raid y su continuación (aún más larga, bestia y redonda) consigue con Apostle no sólo facturar una de esas producciones de terror británico que tanto se prodigaban durante la segunda etapa de la Hammer, sino cambiar de registro sin que eso afecte a su habitual desvío hacia el exceso. Con obras como El hombre de mimbre como referente (da igual qué versión, elige la que más te guste) y una narración sorprendentemente medida, en la que todo avanza a fuego lento hasta un tercer acto salvaje, Evans demuestra que es capaz de mucho más que filmar acción.

La premisa es simple: un hombre, tras descubrir que una secta ha raptado a su hermana, decide introducirse en la isla donde residen, camuflado, para así dar con ella y escapar. Por supuesto, la cosa se complica: adoran a una diosa mística y sus habitantes no son precisamente bondadosos, por más que a simple vista lo parezcan. Comienza así un juego de engaños, con alguna subtrama que se presupone superflua hasta que deciden encajarla en la narración para justificar el momento de shock. Y menudo momento, huelga decir.

En unos tiempos en los que el logo de Netflix se silba como protesta durante los grandes festivales de cine (la estupidez podría quedarse de puertas para afuera, pero ese es otro tema), Apostle viene a confirmar que la existencia de un canon, por así llamarlo, una serie de reglas con las que las producciones de la compañía tienen que contar para encajar en la línea de programación, no son en efecto más que un mito venido a más: aquí tenemos violencia, escenas comprometidas, una realización que va mucho más allá del acusado estilo televisivo del grueso de “Netflix presenta…” y a un director en plena capacidad y dominio del lenguaje cinematográfico. Tenemos una película que debería haberse estrenado en el cine, con una major que garantizase su visionado en el mayor número posible de salas. No será así: Netflix la ha pagado y producido, así que es por ellos existe. Así que: gracias. Netflix.

Quién sabe qué sería de Evans ahora que ha rechazado volver a The Raid tras su brillante segunda parte, pero esta fantasía oscura sobre religión, pueblos perdidos en islas remotas y divinidades que sustentan la naturaleza y el bienestar de sus fieles es una de esa clase de propuestas arriesgadas y valientes que tanto se echan de menos. Es un filme irregular, lejos de ser perfecto, pero que es tan puro y firme en sus convicciones que sólo queda levantarse y aplaudir a sus responsables por llevar las cosas tan lejos como lo hacen. Si esperáis un The Raid sobre sectas, esta no es vuestra película. Pero Evans sigue siendo Evans y eso son muy buenas noticias. No os la perdáis.

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