Reserva la ‘Habitación 212’ para inaugurar el Festival D’A

Christophe Honoré inaugura en Filmin la primera edición online del Festival D'A con 'Habitación 212', una comedia introspectiva protagonizada por Chiara Mastroianni.

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30 de abril de 2020

Escoger la cinta inaugural de un festival siempre es un asunto delicado. En circunstancias normales, hay que dar con una película que sea mínimamente comercial, inteligible para patrocinadores y políticos, entre otros compromisos que sólo acostumbran a dejarse ver en la gala inaugural, sobre todo si hay photocall. Una película sin complicaciones.

También está bien que la cinta escogida venga cargadita de estrellas, para que luzcan palmito en la alfombra roja y justifiquen la presencia de una nube de fotógrafos, que darán mayor cobertura al evento. Y ya es el colmo de la perfección si la película escogida guarda cierta coherencia con el resto de la programación, ya que, al menos en teoría, es su buque insignia.

Pero no estamos, recordémoslo, en circunstancias normales, sino en la fase cero de la Nueva Normalidad, por lo que el Festival de Cine de Autor de Barcelona -en corto D’A-, que provocaba aquellas colas inhumanas de gente sin mascarilla intercambiando gérmenes, desplegará integralmente su programación a través de la plataforma Filmin, del 30 de abril al 10 de mayo, las mismas fechas que se anunciaron cuando la Antigua Normalidad.

El D’A nunca ha sido además un festival de alfombra roja, y ha preferido siempre concentrar sus esfuerzos en una programación de lo más rigurosa y coherente que, a lo largo de las ocho ediciones precedentes, ha imantado a la cinefilia de la Ciudad Condal en su práctica totalidad. Solo se quedaban en casa los precursores de la distancia social.

 

PELÍCULA IDEAL PARA GALA INAUGURAL

Habitación 212 resulta ideal para inaugurar esta novena edición del D’A. Además de su reparto estelar –Vincent Lacoste y Benjamin Biolay secundan a Chiara Mastroianni–, porque Honoré siempre se ha reivindicado a sí mismo como un cineasta de la ligereza, capaz de abordar los temas más graves en clave pop, y no le llevaremos la contraria.

Ahí está, por poner un solo ejemplo, el ya clásico Les chansons d’amour (2007), un intachable y emocionante musical protagonizado por un cantarín Louis Garrel, que estaba inspirado nada más y menos que en la súbita muerte de la novia de Alex Beaupain, compositor de todas aquellas maravillosas canciones de amor, y colaborador habitual de Honoré, de 17 fois Cécile Cassard (2002) a Les malheurs de Sophie (2016). No sabemos qué pasó después.

Habitación 212, que oscila entre el melodrama de noche en blanco y la screwball comedy deconstruida, tiene, de hecho, alma de musical. Transcurre prácticamente en un decorado muy de musical, que reproduce fielmente dos fachadas frente a frente de la rue Delambre, en el 14e arrondissement de París (Montparnasse), donde se ubican el Hotel Lenox, el bar Rosebud y el cine des 7 Parnassiens, que estos días también está cerrado por gentileza de ese virus que nos tiene a todos en vilo.

Pero, aunque el cantante Benjamin Biolay encarna al marido de Chiara Mastroianni a lo largo de la noche de reflexión que se toman para ver si siguen adelante con su longevo matrimonio, y pese a que suenan canciones aquí y allá, los habituales momentos musicales se concentran, sobre todo, al margen de algunos arranques aznavourienses, en un climax que corre a cargo de Could It Be Magic, de Barry Manilow, aquella balada setentera luego retomada por Take That. Por si se la quieren poner antes de no salir de casa.

Además de no ser un musical, también puede parecer ligeramente espesa, siempre dentro de la autoreivindicada ligereza de Honoré, ya que se construye como un viaje necesariamente surrealista u onírico a través de la atormentada psique de la pareja, un poco como Guillaume y los chicos a la mesa (Guillaume Gallienne, 2013), aunque probablemente el interesado rechazaría la comparación. No lo sabemos, pues no se ha querido dejar entrevistar. Ni por Skype.

Honoré siempre está muy ocupado. Además de hacer películas, ha publicado novelas para adultos, y otras muchas para niños, escrito y dirigido teatro, incluso ópera, sin olvidar los artículos comprometidos, y un pasado como crítico polémico de Cahiers. Si la gente de la Nueva Normalidad ya se ha puesto hipercreativa, imagínense cómo puede ser el confinamiento de Honoré. Un no parar de crear.

El año pasado estaba tan ocupado, acabando de montar esta misma película (que se presentó en Cannes), que tampoco acudió a presentar la retrospectiva que le dedicó este mismo festival, en colaboración con la Filmoteca de Catalunya. Pero en un festival como el D’A eso no importa, importan las películas, nada más. Y menos en una edición virtual. Hasta la ausencia de Honoré es coherente, porque nunca, que yo recuerde, se ha dignado a venir.

 

EL DÍPTICO DE LA MADUREZ

Además de constituir un interesante laberinto mental, en el que el presente y todos los pasados de la pareja protagonista confluyen en el mismo plano, Habitación 212, cuyo título alude al artículo 212 del código civil francés en el que se dice que las personas casadas se deben “mutuamente respeto, fidelidad, socorro y asistencia”, conecta con la precedente Vivir deprisa, morir despacio (2018), que se estrenó el año pasado en este mismo festival, que programa a Honoré desde sus primeras ediciones.

Qué memorable aquella proyección en el D’A de Les biens-aimées (2011), que luego ni siquiera se estrenó en salas…

Vincent Lacoste, que en Vivir deprisa, morir despacio era el alter ego de Honoré (como Grégoire Leprince-Ringuet en Les chansons d’amour), enamorado del escritor condenado por el sida que interpretaba Pierre Deladonchamps, repite aquí para dar vida a la versión juvenil del marido de Chiara, que se le aparece como un agradabilísimo fantasma del pasado. Algunos prefieren matar fantasmas, ella opta por acostarse con él.

Después de dos trabajos aparentemente más alejados del universo más inmediatamente reconocible de Honoré, como Metamorphoses (2014) o Les malheurs de Sophie (2016), estas dos últimas películas forman un díptico de la madurez, como si después de toda una vida con el sambenito de enfant terrible, el mundo, empezando por él mismo, se hubiera dado cuenta que el bretón ya tiene 50 años. Es decir, medio siglo.

En ambos films, Honoré mira hacia atrás. Si a Chiara, la musa de Honoré (esta es su quinta película juntos, sin contar una breve aparición en La belle personne), se le aparecen todos sus amantes, Deladonchamps evocaba su abultado currículum sexual a través de una metáfora tan proustiana como cotidiana: una montaña de calcetines (masculinos). Son películas hermanas.

Aunque ni Chiara, ni Honoré, ni Lacoste, ni Biolay, ni tampoco Camille Cottin, acudan a lucir palmito en la no gala de esta edición virtual, Habitación 212 es una película perfecta para empezar.

Puede parecer la hermana pequeña de Vivir deprisa, morir despacio, que se iba a unos 132 minutos un tanto excesivos (esta dura 86), pero resulta un carrusel de lo más barroco, con un tropel de temas y de preguntas que no nos da tiempo a formularnos de lo vertiginosa que es. Y todo sin apenas moverse de esa rue Delambre, que no dejaremos de visitar la próxima vez que pisemos París. A ver si el 7 Parnassiens está ya abierto.

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