Cenicienta callejera: la historia real detrás de ‘Pretty Woman’

O cómo un sórdido drama social sobre prostitución y drogas se convirtió en 'Pretty Woman', la historia de amor más romántica de la década de los 90.

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02 de septiembre de 2020

Érase una vez un guionista llamado J.F. Lawton que quería triunfar en Hollywood. Había conseguido vender el guion de Las mujeres caníbales de la Selva del Aguacate, pero su ilusión era escribir cosas serias.Y lo serio, entonces, era denunciar la deriva neoliberal que había emprendido la sociedad estadounidense. Lo serio era lo que hacía Oliver Stone en películas como Wall Street.

Así que Lawton escribió un guion titulado 3.000. La cifra hacía referencia al acuerdo comercial entre Edward Lewis, un príncipe no tan azul, y Vivian Ward, una prostituta de Los Ángeles con severas adicciones, por acompañarle durante una semana.

Estaba inspirado por esas muchachas que hacían la calle en el barrio de Los Ángeles donde Lawton malvivía. Era la historia de cómo el capitalismo había llegado al ámbito afectivo, de cómo todo, hasta el amor, tenía un precio.

En palabras de Julia Roberts, la futura Vivian, en el programa Inside the Actors Studio: “Era una historia terrible, espeluznante, realmente oscura y deprimente, sobre dos personas horribles. Mi personaje era una prostituta drogadicta con poca educación, malhablada y de mal carácter que pasaba un fin de semana con un tipo muy rico y guapo, malhablado e irascible”.

La película acababa con el yuppie (que era como entonces se llamaba a los cayetanos de hoy) demostrándole a Vivian lo poco que importaba su existencia. En el final escrito por Lawton, Edward arrastraba a Vivian fuera del coche, le lanzaba un fajo de billetes a la cara y se largaba, abandonándola en un sucio callejón. Viv cogía un autobús a Disneyland con Kit, su confidente y compañera de acera, convencida de que las que han nacido para perder deben abandonar toda esperanza de cambiar su suerte.

 

Cómo Disney transformó un relato sórdido en un cuento de hadas

A los popes del cine indie, el guion les pareció estupendo. Fue adquirido por la pequeña productora Vestron, con la idea de hacer una película de bajo presupuesto con la que pegar la campanada en el Festival de Sundance. Pero la realidad, como siempre, imitó a la ficción: al igual que la naviera que Edward quiere comprar en el filme, Vestron también se vio obligada a vender su activo más importante a un socio mayor.

El proyecto pasó al tiburón blanco de la industria del cine: ni más ni menos que Disney. Y Disney, como Vivian en el filme, quería más. Quería el cuento de hadas. Es cierto que la estructura se mantuvo, pero no lo es menos que la casa del ratón le aplicó su barniz de mundo piruleta.

Seguía existiendo una noche en la ópera en la que Viv por poco se mea “de gusto en las bragas” (o la música de La traviata la embriaga, según gustos), el shopping con “mucha más gente haciéndonos la pelota porque eso es lo que nos gusta” y la cena con caracoles voladores. Pero el crack que fumaba Vivian se había transformado en chicle; y su reticencia al sexo anal en su negativa a besar en la boca.

Sobre el guion de Lawton se posaron dos, cuatro, seis, ocho manos. Todas a las órdenes de Garry Marshall, un director de la casa, uno de esos tipos a los que Frank Capra les lavó el cerebro de niños, hasta el punto de que se hicieron adultos convencidos en la bondad de las personas. Lógicamente, para Garry no había otra narrativa que la del cuento de hadas.

“Yo lo veía como un conjunto de cuentos infantiles. Julia Roberts/Vivian era Rapunzel; Richard Gere/Edward era el Príncipe Azul y Hector Elizondo/el conserje era el hada madrina”. Para Garry, por supuesto, los finales siempre eran felices y Pretty Woman no iba a ser una excepción.

 

Adoramos descubrir estrellas

Fue Marshall el que eligió a Julia Roberts como su princesa Disney, después de que Molly Ringwald y Michelle Pfeiffer se negaran a interpretar a una mujer de la calle. En 2006, Marshall recordaba en People lo que sintió con su elección: “En este negocio adoramos descubrir estrellas […] Antes o después otro la habría descubierto, pero estoy contento de haber sido yo el que lo hizo”.

Roberts había actuado en Magnolias de acero, todavía pendiente de estreno, pero fue Marshall el que presentó al mundo a Julia y su interminable boca, a Julia y sus infinitas piernas, esas que según confiesa en el filme “miden 110 centímetros de la cadera al pie”.

Faltaba el príncipe del cuento. Marshall estaba tan entusiasmado con Julia que tampoco le importaba demasiado, según contó al productor: “Necesitamos al chico, pero el chico no es tan importante porque lo vamos a petar con la chica. Tiene ángel”. Julia tenía tanto encanto que hasta fue la responsable de conseguir que Richard Gere aceptara.

No era una misión sencilla, porque el actor había dicho que no a Pretty Woman cuando todavía se llamaba 3.000. Según ha reconocido Gere en Entertainment Weekly: “Julia ya estaba en el proyecto. Vino a verme a Nueva York y yo todavía no había decidido si hacerlo o no. […] Mientras hablaba con Garry por teléfono, ella estaba al otro lado de la mesa y se puso a escribir en un folio. Me lo acercó y decía: ‘Por favor, haz esta película’. ¿Cómo podía negarme?”.

 

Una supernova llamada Julia Roberts

Gere, que a sus 40 años ya sabía de qué iba esto del cine, pronto se dio cuenta de que toda la película acabaría orbitando alrededor de Roberts. En 2011, Marshall confesaba que incluso planificó las escenas buscando reflejar su personalidad: “Nunca estaba quieta. […] Era incapaz de coger una silla y sentarse como una persona normal. Así que usé eso en la película. Si te fijas, Vivian siempre esta apoyándose o sentándose de manera extraña. El único momento en el que la vemos reposada es en la ópera”.

La leyenda cuenta que Marshall llevó el espíritu Disney al propio rodaje del filme y que todo fue tan mágico como en el guion. Que si Marshall le hacía cosquillitas en los pies a Roberts en la escena en la que ella ve I Love Lucy para provocar su risa; que si el director dejaba a uno y otra improvisar a su gusto, ya fuera la serenata al piano o la bromita de atraparle los dedos con la caja del collar de diamantes…

En la historia oficial, el único problema del rodaje queda reducido al pudor de una Roberts reacia a desnudarse. Un rechazo que, según su biógrafo James Spada, sustentaba con afirmaciones del tipo: “Hay ciertas personas de esta vida que no tienen por qué saber cómo eres sin ropa. Y no creo que mi profesor de matemáticas del instituto sea el tipo de persona que deba conocer mi culo”. Nada que los mimitos de Marshall y de Gere no pudieran arreglar.

Todo en el set respiraba amor. Demasiado amor… Hasta tal punto que el cuento de hadas de Vivian iba a romper el de Julia. Roberts, por entonces, estaba prometida con Dylan McDermott. El actor rodaba en Marruecos. En teoría, ella estaba con él y Richard con la supermodelo Cindy Crawford. Pero la falta de noticias de su novia le tenía con la mosca detrás de la oreja.

Se presentó por sorpresa en el rodaje y lo que vio o percibió entre Julia y Richard le gustó tan poco que decidió romper el noviazgo. A Roberts le entró ansiedad. El día de su 21 cumpleaños, después de la bronca con McDermott, le dio un vahído en el set. Solo había comido un aguacate en 48 horas. “La próxima vez te comes dos. Y así llegas a la noche”, le regañó un enojado Marshall.

 

El triunfo del cuento

Los muchos errores de raccord (croissants que se convierten en tortitas, un pezón despistado, problemas de maquillaje y peluquería) no importaron a los espectadores. Por algo era un cuento de hadas.

Uno de esos en los que la varita mágica toca un presupuesto de 14 millones de dólares y lo transforma en una recaudación de 463 millones, capaz de convertir a una desconocida en la actriz mejor pagada del planeta y conseguir que una legión de fans memorice su guion de principio a fin tras devorar una y otra vez sus reemisiones en televisión.

El filme acaba con una voz en off sobre los acordes de la maravillosa Oh… Pretty Woman, de Roy Orbison: “Esto es Hollywood, tierra de sueños. Unos se hacen realidad y otros no”. Los de Julia Roberts, Richard Gere, Garry Marshall y un guionista llamado J. F. Lawton se habían cumplido con creces.

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