¿Por qué nadie rescató a Kirk Douglas?

El actor fallecido a los 103 años fue la última gran estrella masculina del Hollywood dorado. ¿Por qué su esplendor no sobrevivió al cine clásico?

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06 de febrero de 2020

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  • La muerte de Kirk Douglas supone el adiós definitivo a una de las últimas estrellas vivas del Hollywood clásico (Olivia de Havilland y Norman Lloyd, seguimos contando con vuestro aguante).

    El centenario Douglas desarrolló la mayor parte de su impresionante filmografía desde finales de los años 40 hasta comienzos de los 70. No es que después desapareciera de la gran pantalla, ni mucho menos, pero millones de cinéfilos tienen firmemente asociada la figura del actor (y su icónica barbilla grecolatina) a la edad dorada de la industria hollywoodiense que empezó a cambiar de forma radical entonces.

    Entre El extraño amor de Martha Ivers (Milestone, 1946) –donde debutó gracias a la recomendación que le hizo al productor Hal B. Wallis su amiga Lauren Bacall– y El día de los tramposos (Mankiewicz, 1970) –western que contiene en sí mismo los choques y contradicciones de la transición del Hollywood clásico al llamado Nuevo Hollywood–, fueron dos décadas largas en las que Kirk Douglas intervino en decenas de títulos imperecederos.

    Los conoces bien: Retorno al pasado (Tourneur, 1947), Carta a tres esposas (Makiewicz, 1949), El gran carnaval (Wilder, 1951), Brigada 21 (Wyler, 1951), Cautivos del mal (Minnelli, 1952), 20.000 leguas de viaje submarino (Fleischer, 1954), La pradera sin ley (Vidor, 1955), El loco del pelo rojo (Minnelli, 1956), Duelo de titanes (Sturges, 1957), Senderos de gloria (Kubrick, 1957), Los vikingos (Fleischer, 1958), El último tren de Gun Hill (Sturges, 1959), Un extraño en mi vida (Quine, 1960), Espartaco (Kubrick, 1960), Los valientes andan solos (Miller, 1962), Dos semanas en otra ciudad (Minnelli, 1962), Siete días de mayo (Frankenheimer, 1964), Ataque al carro blindado (Kennedy, 1967), etc.

    Kirk Douglas fue uno de los astros más refulgentes de los años 50 y 60. Sobre todo en la primera década, durante la que acumuló tres nominaciones al Oscar (1950, 1953 y 1957) sin llevarse ninguna estatuilla a casa,  su mandíbula cincelada a golpe de carisma y el brillo que desprendía su mirada eran sinónimo del estrellato hollywoodiense.

    En sus westerns y aventuras vikingas era el héroe infalible, una arrolladora fuerza de la naturaleza siempre lista para el primer plano fotogénico; pero, al mismo tiempo, su testosterona era capaz de exudar vulnerabilidad y emoción pura, como demostró irónicamente en sus colaboraciones con el frío Stanley Kubrick.

    Era, como su colega Burt Lancaster, una estrella de Hollywood de la vieja escuela, cuando la gente que aparecía en la gran pantalla eran semidioses. En los años 70, con el cambio estructural de Hollywood y los modos de actuación naturalista importados de los nuevos cines europeos, su forma de abordar los roles comenzó a perder relevancia entre los gustos del público.

    Nuevo Hollywood no ♥ Kirk

    El Nuevo Hollywood no solo supuso la llegada de los cineastas barbudos (Coppola, Scorsese, Spielberg, Lucas y compañía) a la dirección de las grandes producciones, sino también una nueva camada de actores que modificaron sensiblemente lo que se entendía por estrellas de cine.

    No necesariamente colosos de la interpretación adeptos al método, como De Niro Pacino, sino ese aura de irresistible atractivo, tan suave como canalla, encarnada por Warren Beatty o Robert Redford. Para entender el cambio con lo anterior, solo hay que atender a la diferencia entre Paul Newman y Redford; o entre Henry Fonda y su hijo, Peter Fonda. 

    Kirk Douglas, cuyo retoño Michael también empezaba a ascender hacia el estrellato, quedó atrapado en un cambio de paradigma que, si bien no lo llevó al olvido (no dejó de actuar hasta 2008, 92 años), diluyó muchísimo el recuerdo de su filmografía desde entonces. Ni siquiera Otra ciudad, otra ley (Kanew, 1986), su última colaboración con Lancaster, goza de especial reconocimiento entre sus fans.

    Obviamente, los nuevos directores lo admiraban (Steven Spielberg le entregó su Oscar honorífico en 1996), pero no sabían qué hacer con él en sus películas.

    No es que Douglas no intentara ir al son de los tiempos. Volcó toda su intensidad a las órdenes de Elia Kazan en El compromiso (1969), fue hombre De Palma en dos ocasiones (La furia –1978– y Una familia de locos –1979–), probó suerte en hibridaciones de géneros (El final de la cuenta atrás, 1980) y hasta tuvo algún blockbuster cataclísmico (Saturno 3, 1980).

    Incluso dirigió dos películas que no hicieron nada por resucitar un par de géneros en horas bajas: piratas en Pata de palo (1973), western en Los justicieros del Oeste (1975).

    Quizás la imagen de Kirk Douglas, asentado como leyenda, era demasiado recia (o su carácter abiertamente difícil de tratar, como él mismo se encargaba de recordar) como para ser reinterpretado por los nuevos cineastas. Cuando Burt Lancaster notó que su llama se apagaba en EE UU no tuvo ningún problema en ir al Viejo Continente, a ponerse a las órdenes de Luchino Visconti Bernardo Bertolucci, pero el patriarca del clan Douglas se quedó en Hollywood y acumuló roles de producción no acreditados.

    Henry Fonda, John Wayne, Robert Mitchum, Bruce Dern… Muchos antiguos compañeros de Douglas en el Hollywood clásico gozaron de roles crepusculares que redefinieron su edad madura en manos de Quentin Tarantino, Jim Jarmusch o Sergio Leone.

    Lo más parecido que tuvo él fue Cosas de familia (Schepisi, 2003), una pequeña comedia dramática familiar bien llena de referencias reales donde compartía pantalla con sus hijo Michael Douglas, su nieto Cameron Douglas, y hasta su exmujer Diana Douglas.

    El mito de Kirk Douglas era tan fuerte que ningún joven cineasta melenudo fue capaz de reinterpretarlo. Un mito que se mantuvo inamovible durante 103 años.

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