[Muestra de cine de Lanzarote]: ‘Still Recording’, una película en defensa propia

Ghiath Ayoub y Saeed Al Batal filman (o disparan) la guerra que asola su Siria natal en este documental militante

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29 de noviembre de 2018

En inglés los verbos disparar y filmar son sinónimos: to shoot. Como si apelaran a esa coincidencia idiomática, Ghiath Ayoub, Saeed Al Batal y su ejército de operadores ametrallan imágenes de la guerra que asola su Siria natal como si sus cámaras fueran Kalashnikovs. El título de la obra, Still Recording, se nos ofrece como una pista para comprender que rodar es casi la única forma de resistencia frente a la barbarie, que es necesario registrar la realidad para dar cuenta no solo de los horrores de una contienda que parece no tener fin sino también de las complejidades que la atraviesan. Junto con otras propuestas de corte similar como Silvered Water, Syria Self-Portrait (Wiam Bedirxan & Ossama Mohamed, 2014) o The War Show (Obaidah Zytoon & Andreas Dalsgaard, 2016), el filme de Ayoub y Al Batal añade a la crudeza del primero y a la perspectiva histórica y de género del segundo, una nueva aproximación relacionada con el uso militar y militante de las imágenes.

Situado entre el suburbio de Douma, controlado por los rebeldes, y Damasco, dominada por los fieles a Bashar al-Ásad, este documental que hace de la inestabilidad virtud captura la cotidianeidad de esos dos mundos que cohabitan en el interior de una misma ciudad. Si en la zona tomada por los resistentes se amontonan los cadáveres y el sonido de los MIG que casi a diario la bombardean desata el pánico entre la población, en la capital aún hay tiempo para la diversión. No hay que tomarse la frase anterior como una defensa del régimen de al-Ásad: estamos ante una obra que no esconde su activismo y que refleja como pocas una situación de caos en la que una gran mayoría del pueblo ni quiere a su ‘presidente’ ni está dispuesta a que el ISIS tome el relevo. “Ellos –afirma Ghiath Ayoub– son la esperanza”.

Y entre las masacres, editadas con pudoroso rigor, se filtra la vida y hay espacio para ese sentido del humor que descomprime el drama de quienes se han jugado el pellejo para que esta película pueda verse en Lanzarote y en Valdivia, en Venecia y en Finlandia (en cuantos más sitios, mejor). Sin embargo, esa distensión siempre va cargada de negrura y nos impele a expandir nuestro campo reflexivo, como cuando observamos, entre atónitos y acongojados, a ese francotirador que habla por teléfono con su madre de los temas más prosaicos que uno pueda imaginar mientras fija su punto de mira en los transeúntes a los que liquidará cuando tenga la menor oportunidad.

Las más de 450 horas de metraje acumuladas a lo largo cuatro años han quedado reducidas a 116 minutos gracias a un minucioso trabajo de montaje presidido por la máxima del equilibrio. Las imágenes impactantes –con el tiroteo sobre uno de los cámaras como cumbre–, el horror, el hambre y la desesperación, se intercalan con joyas del surrealismo –el señor que sale hacer deporte cada mañana– y con delicados momentos de intimidad. Una señal de que para tipos como Ghiath Ayoub y Saeed Al Batal, filmar y vivir son la misma cosa, aun sabiendo que pueden morir en el intento; de ahí que respondan a las balas con imágenes, con películas en defensa propia.

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