Max Richter: el compositor que revoluciona las bandas sonoras

De 'Vals con Bashir' y 'Shutter Island' a 'Ad Astra', el compositor alemán ha puesto en marcha un cambio radical en la música de cine.

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25 de septiembre de 2019

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  • Desde el punto de vista musical, las bandas sonoras de cine no han evolucionado mucho. Desde la invención del sonoro se han mantenido el orden orquestal, la intensidad y la épica como los únicos valores, si no explotables, al menos sí susceptibles de recibir premios. De ese modo, mientras tanto la música popular como la académica avanzaban por otros derroteros, la música pensada para el audiovisual parecía estancada en valores que la desconectaban del presente. Como si las películas tuvieran sus propios códigos sonoros, ajenas a todos cuanto las rodeaban.

    Pero ha habido algunas excepciones. Algunas de ellas, incluso capaces de colarse en el mainstream. Y si bien esto también valdría para el estupendo trabajo de Trent Reznor y Atticus Ross, de quien vamos a hablar hoy es de otro de los grandes músicos de bandas sonoras del presente: Max Richter (Ad Astra).

    Richter, nació en 1966 en Hamelin, una pequeña ciudad de la baja Sajonia, por entonces parte de la Alemania occidental, conocida por un famoso cuento sobre un flautista embaucador. A pesar de su origen alemán, Richter no creció en Hamelin, sino en Bedford, Inglaterra, algo que le llevó a estudiar piano y composición en la Universidad de Edimburgo y en la Royal Academy of Music, interesándose de forma particular por el minimalismo. Algo que no le impidió terminar sus estudios viajando a Florencia para estudiar con uno de los pioneros de la música electrónica, Luciano Berio. Una influencia que le acompañaría, a partir de entonces, en toda su carrera.

    Este choque de influencias es algo particularmente evidente cuando nos paramos a escuchar su música. De estilo neoclásico, muy afincado en las composiciones orquestales, tiene una influencia claramente minimalista, con ciertos dejes que pueden recordar incluso a Brian Eno o Alva Noto, a la par que un cierto aire electrónico, heredado de su maestro Berio. Todo ello, al ponerse en común, crea una extraña combinación que lo hace familiar, por clásico, pero vibrante, por moderno, a la vez que consigue ser casi pop, gracias a como ambos conceptos pasan por el filtro de su minimalismo. Algo que convierte a Richter en uno de los músicos de raigambre culta más singulares del presente.

    Esa singularidad la dio a conocer ya a principios de siglo cuando sacó su primer disco, Memoryhouse, en 2002. Pasando tres años en producción, con la colaboración de la orquesta filarmónica de la BBC, el disco fue un éxito de crítica y público por su capacidad para acercarse a los sonidos de artistas por entonces muy relevantes, como Jóhann Jóhannsson o Sigur Rós, sin perder su identidad puramente neoclásica. Algo que revalidaría con su siguiente disco, The Blue Notebooks, publicado en 2004, como una crítica a la invasión de Irak del 2003. Un disco que volvió a funcionar a las mil maravillas no sólo por la fuerza icónica de su mensaje, sino por su mezcla de minimalismo y electrónica que convertiría a Richter en el músico de referencia de la música clásica actual.

    En cualquier caso, su carrera no acabó allí. Con ocho discos de estudio, entre los que destaca el aclamado Recomposed by Max Richter: Vivaldi – The Four Seasons, una reescritura de Las cuatro estaciones de Vivaldi, Richter ha seguido encandilando con su particular estilo minimalista tanto a apasionados como a extraños de la música clásica. Especialmente en el terreno donde se ha mostrado más prolífico: las bandas sonoras para cine y televisión.

    Comenzando su carrera como compositor de bandas sonoras en 2003, donde pondría banda sonora al corto Gender Trouble, de Roz Mortimer, se pasaría los siguientes cinco años siendo el gran secreto de los connoisseurs mientras componía hasta nueve libretos para cortos. Hasta que, en 2008, firmó el que sería su bautismo de fuego como compositor de películas: la banda sonora de Vals con Bashir, de Ari Folman.

    Vals con Bashir es un notable documental israelí sobre la guerra de Líbano con una particularidad muy marcada: no es de imagen real, sino de animación. Sumado a la banda sonora de Richter, la cual está integrada en el conjunto hasta convertirla en parte de su desarrollo narrativo, esto hace que música e imagen sean absolutamente inseparables en la cinta. Algo que le valdría a Richter ganar, muy merecidamente, el Premio del Cine Europeo a la par que tanto crítica como público aplaudían la película por su originalidad, valentía y capacidad para abrir nuevas fronteras. Fronteras que apenas sí han sido exploradas desde entonces.

    A partir de entonces Richter no paró de destacar en el cine. Su siguiente gran paso adelante fue en 2010 cuando, aliado con Martin Scorsese, no firmó una banda sonora completa, sino una única canción, para la escena de mayor carga emocional y narrativa de Shutter Island. Tomando On the Nature of Daylight, una de sus canciones más famosas de The Blue Notebooks, la remezcló con This Bitter Earth de Dinah Washington obteniendo por resultado lo que podemos escuchar en la película. Una tristísima canción de pérdida que, en conjunto con lo desolador de la escena, nos da uno de los momentos más impactantes de la película, además de una de las escenas más recordadas del cine reciente del director estadounidense.

    Ahora bien, no creamos que esta fue la única vez que aparecieron sus canciones en la ficción sin que él se encargara de la banda sonora. Sólo On the Nature of Daylight ha aparecido, al menos, en otras cinco películas (Desconexión, El rostro de un ángel, The Connection, The Innocents y La llegada) y dos series (Dive y Luck). Y si contamos todas sus demás composiciones aparecidas de una u otra manera en algún medio audiovisual, suma, al menos, 59 referencias en su haber. Una cantidad espectacular para cualquier músico.

    A lo anterior cabe sumar, como ya hemos dicho, su espectacular carrera como compositor. Con 74 referencias tanto en cine como televisión, ha encadenado BSO tan interesantes como las de The Congress, The Leftovers, Black Mirror o Taboo. Eso sin contar la nueva película de James Gray, Ad Astra, que se estrena ahora en nuestros cines. Algo que convierte a Max Richter en uno de los músicos más importantes del audiovisual del siglo XXI. Alguien que, aun rompiendo con las normas tácitas del medio, ha conseguido abrir nuevas formas de expresión dentro de él.

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