‘Madonna y The Breakfast Club’: Cuando Madonna tocaba la guitarra

Disponible en Movistar+, este documental recuerda los inicios de Madonna, cuando empezó a cantar en el grupillo de su novio de entonces, Dan Gilroy.

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02 de enero de 2020

Los principios de la diva son conocidos: le sobraba ambición, pero todavía no era rubia. Era más una morena de apellido Ciccone, que llegó a Times Square en 1978, un poco como Anna Karina a París un par de décadas atrás: con apenas un billete en el bolsillo.

Quería ser bailarina. No se planteó cantar hasta que entró a formar parte de la banda de su noviete de entonces, Dan Gilroy (nada que ver con el director de Nightcrawler), con cuyo hermano se fueron a vivir a una sinagoga abandonada. Con ellos aprendió a tocar la batería, el bajo, la guitarra, y a berrear en plan punk.

La banda se llamaba The Breakfast Club, como la todavía no estrenada película de John Hughes (El club de los cinco, 1985), y acabó publicando un LP en 1987, acariciando un éxito discreto y fugaz, a la medida de su discutible valía. Para entonces, hacía ya tiempo que Madonna, convertida en estrella planetaria, había abandonado el barco.

El docudrama de Guy Guido, que no cuenta con la participación de la interesada (cuya voz aparece sólo en una extrañas conversaciones grabadas por Gilroy), reconstruye el recorrido de Madonna, desde su llegada a Times Square en 1979, con 21 años, al ansiado salto a la fama, conquistada en 1983 con su disco homónimo, que ya contiene hits como Borderline, Holiday o Lucky Star. O Physical Attraction. Maquillador de profesión, Guy Guido la descubrió por esa época, cuando la cantante todavía se prodigaba por clubs de Nueva York, poco antes del bombazo de Like a Virgin (1984), que la convertiría en estrella inalcanzable.

Guido acabó dedicando un corto autobiográfico a su pasión por Madonna: en Physical Attraction (2015), un joven fanático de Madonna queda profundamente trastocado tras verla en directo, cantando el tema titular, y acompañada de una pareja de bailarines en una discoteca cualquiera. El impacto es tal, que Madonna se acaba convirtiendo en la voz de su conciencia, como Humphrey Bogart en Sueños de un seductor, ayudándole, por fin, a salir del armario.

“Entonces no teníamos internet, y no abundaban las divas del pop como ella. Así que la idolatrabas”, declaró Guido a la revista Gay Essential cuando el corto no era más que un proyecto que tenía que financiarse vía crowdfunding.

Lorelei Prince, una impersonator profesional que había debutado encarnando a Madonna en el telefilm Kings of South Country (Tim Hunter, 2007), protagonizado por Donnie Walhberg –el hermano mayor de Mark, que formó parte de los New Kids on the Block–, fue la encargada de dar vida a la diva en el corto. Pero, para Madonna y The Breakfast Club, que viene a ser como una precuela de Physical Attraction, Guido prefirió contar con Jamie Auld, una desconocida que se describe en su Instagram como una persona “a la que le gusta el riesgo y aspira a hacer Historia”.

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Aunque dan el pego, las imitaciones de Madonna a cargo de Lorelei Prince y de Jamie Auld vienen a ser como una glorificación in absentia del carisma de la Ciccone. Vemos algo parecido al envoltorio, pero falta lo esencial.

Guido combina pues el reenactment más kitsch, reconstruyendo escenas a partir de fotos originales, con las formas más machacadas del rockumental: esa combinación de bustos parlantes, con un valor testimonial aquí relativamente escaso, y de imágenes de archivo. Entre ellas, los desnudos que Martin Schreiber acabó vendiendo a Playboy en 1985, o graciosas instantáneas de la primera cita, sacadas del álbum personal de Gilroy.

Stephen Jon Lewicki muestra la foto, de lo más sugerente, que le llevó a contar con ella para protagonizar Un cierto sacrificio, una película amateur, puntuada con 2.6 en IMDb, que sólo llegó a ser estrenada seis años después, únicamente porque la joven Madonna aparecía en ella. La cantante, que se había presentado sin éxito a audiciones para Footloose o la serie Fama, tuvo que conformarse con participar en Un cierto sacrificio, que terminaba, efectivamente, con el sacrificio ritual del hombre que había violado a la protagonista. En su zigzagueante persecución del éxito, Madonna también pasó un tiempo en París, donde se suponía que tenían que haberla fichado los productores de Patrick ‘Born to Be Alive’ Hernández.

El éxito llegó cuando grabó Everybody para Sire Records, y presentó el single en la Dancetería. Luego ya la MTV, los primeros clips, el primer LP, y finalmente el boom del segundo, Like a Virgin, y su correspondiente gira triunfal. Para entonces ya vendía 75.000 discos al día, según se recuerda en este docudrama que no resulta especialmente revelador, aunque puede aplacar la avidez de los fans menos exigentes por explorar su periodo más underground.

Se echan en falta invitados como los de Camille Barbone, la repre que se enamoró de ella, o Steve Bray, un exnovio que la siguió acompañando musicalmente, componiendo éxitos como True Blue, Papa Don’t Preach o Into the Groove. Los que aparecen, como Dan Gilroy y su hermano, dejan la impresión un tanto lastimosa de seres insignificantes, que Madonna simplemente utilizó momentáneamente para lograr sus fines.

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