‘Los ojos sin rostro’ y ‘La piel que habito’: 5 parecidos demencialmente razonables

[SPOILERS] Mansiones con quirófano, mujeres enmascaradas, amores locos... Entre la nueva película de Almodóvar y este clásico del cine, firmado por Georges Franju en 1960, existen muchas coincidencias intencionadas. Te las explicamos aquí. Por ÁLVARO URDAMPILETA

11 de septiembre de 2011

En estos momentos de promoción de La piel que habito, Pedro Almodóvar ha hablado mucho de influencias a cuenta su última película. Siempre lo hace. Esta vez ha mentado a Lang, a Hitchcock, a Buñuel, a la Hammer y, muy en concreto, a Los ojos sin rostro (1960), un lírico largometraje del autor de culto francés Georges Franju. Además, su guión está basado en el texto neo-polar de Thierry Jonquet titulado Tarántula.

Veremos que, a pesar de las muchas influencias y fuentes, la estructura dramática de Los ojos sin rostro (ahora reeditada en formato doméstico por Versus) está especialmente patente en el planteamiento y desarrollo de La piel que habito. Ambas son la destrucción del imperio del mal por parte de una frágil belleza cautiva. También señalaremos las diferencias, cuando las haya.

El ‘mad doctor’

La historia cinematográfica del “profesor chiflado” es abundante, desde el cine mudo (los ojerosos doctores Mabuse y Caligari, del expresionismo) hasta el doctor Orloff de Jess Franco o Eddie Murphy. Tanto el doctor Génessier (Pierre Brasseur) de Los ojos sin rostro, como el los_ojos_sin_rostroalmodovariano Robert Ledgard (Antonio Banderas) son viudos, hieráticos, más o menos geniales y vanguardistas en su oficio que se nos presentan en la narración con sus discursos técnicos sobre el transplante facial. Ambos son de muy buena familia, pero Ledgard tiene un componente “Scottie” de Vértigo, de Pigmalión, por su empeño en la reconstrucción de la mujer amada. Ambos actúan por un mal ocurrido a sus hijas. Génessier experimenta con perros. Ledgard con insectos.

Génessier y su busca de nuevos rostros que transplantar establece una dinámica de serial killer en la película; el crimen de Ledgard es pasional y único, y la estructura de flashbacks en elipse profundiza hacia atrás, dentro de sí misma. A los dos les vemos durmiendo a una víctima con cloroformo. A los dos les vemos en una escena (dos en el caso de Génessier) en un cementerio, lugar al que parecen pertenecer, lúgubres y románticos, como el propio doctor Frankenstein (el mad doctor universal). 

Belleza enmascarada

Christiane Génessier (Edith Scob, una actriz desconocida por entonces) se  pasa la  mitad de Los  ojos sin rostro con una inquietante máscara blanca, muy parecida, por cierto, a su cara real. Vera (Elena Anaya) también tiene ojos de cierva, y, como Christiane, exaspera la mirada ausente, fuera de plano. Christiane dice que es una “cobaya”, Vera un “juguete”. Christiane, lánguida y ensimismada, está rodeada de naturaleza, con la que se identifica: en su cuarto tiene una jaula de pájaros blancos; suele bajar a las perreras con los animales entre rejas. Tanto la una, como la otra, son esfinges melancólicas y, de un modo imprevisible, terminan con  su “creador”, aun siendo ellas el sujeto amado de aquél. Vera proviene de una venganza: antes se los_ojos_sin_rostrollamaba Vicente. Y el personaje que interpreta Antonio Banderas, en el culmen de la sordidez, transforma a Vicente, por violar a su hija, no ya en mujer, sino en su propia mujer, que se desfiguró en un accidente de tráfico y saltó por la ventana.

Christiane perdió el rostro también en un accidente de tráfico, por culpa de su padre, que conducía.  Aquí el papel culpable que le da Franju. Vera nos recuerda a Tina (Carmen Maura) de La ley del deseo, con su sorpresivo pasado de hombre que se cambió de sexo. La violación más o menos consentida de Vera por Zeca “El Hombre Tigre”, en La piel que habito nos recuerda inevitablemente a Kika y el actor porno Paul Bazzo (Santiago Lajusticia) en Kika. Mientras Paul Bazzo viola a Kika, inmoviliza a su hermana (Rossi De Palma) de un modo idéntico al que, aquí, Zeca ata a su madre (Marisa Paredes). Si Christiane es la reina de la naturaleza, Vera será la reclusa cultista. Libros, dibujos y diseños de Louise Bourgeois. Nada de bichos. 

La ayudante

Con este personaje se cierra el triángulo dramático principal de las dos obras. Louise (Alida Valli)  y Marilia (Marisa Paredes), encarnadas por dos actrices muy carismáticas, son así el los_ojos_sin_rostrofactótum del profesor. Las dos son asesinadas por la cautiva sin esperarlo, y las dos lanzan una  frase final antes de expirar. Ambas sienten una incondicional gratitud hacia su amo. Louise  tiene una presencia mucho más fuerte en la trama. El primer plano de Los ojos sin rostro es uno frontal y próximo de Alida Valli conduciendo un coche en mitad de la noche, con la música psicótica de Maurice Jarre (que alterna,  por lo general, una partitura circense-macabre, con una balada tranquila de doncella medieval para las escenas con la solitaria enmascarada). En la partitura de Alberto Iglesias predominan las cuerdas, si bien hay pasajes como el electrónico de Anders Trentemøller (Shades of marbles), en una persecución lynchiana en medio de la noche.

La casa

la_piel_que_habitoTanto la mansión del Doctor Génessier como El Cigarral de La piel que habito son, de un modo u otro, el escenario de varias muertes. Ambas tienen una sala quirúrgica abajo y a la cautiva subiendo unas escaleras (figura, la escalera, que se hace muy expresiva y patente en ambas). Ni Christine ni Vera tocan el suelo, por decirlo así. Pero además, en ambas películas, desde la altura se produce un suicidio (no de Vera, no de Christine) ante la deformidad.

En Los ojos sin rostro, una de las chicas a las que Génessier y su esbirra raptan y roban la cara (en una escena de cronenbergiana crudeza), se tira por la ventana al vacío. Exactamente igual que la mujer de Robert Ledgard.

La casona rural de Génessier es un ámbito perfectamente burgués con cubertería fina, grandes cortinones, techo muy alto y lámpara de araña. Almodóvar, en una fase quizá más depurada que nunca, opta por espacios fríos, más o menos limpios y en las escaleras esculturas móviles calderianas en la mentada escalera.

Los investigadores

El papel de los investigadores, los rescatadores termina siendo, a la postre, inútil. Por un lado, en Los ojos sin rostro, está al rescate la comisaría de policía de París y el que fuera novio de Christine. En la película de Almodóvar está el colega médico de Ledgard, Fulgencio (Eduard Fernández). Tanto en Los ojos sin rostro como en La piel que habito sus directores debían tener muy seguro que la frágil mujer herida debía tomarse por su entera mano el papel vengador.la_piel_que_habito

En Los ojos sin rostro (y esto constituye una falla de guión importante) toda la larga línea de investigación (canónica en su paralelismo, según la estructura serial killer) se desvanece, simplemente. En La piel que habito, cuando Fulgencio descubre a Ledgard, Vera sale en la ayuda de su carcelero. A continuación, asesinará a Ledgard. Esto apunta un matiz vengativo en Vera, que quiere asesinar personalmente y no acudir a la policía. Tanto Vera como Christiane son seres distantes aun siendo protagonistas (su clave reside en que, aun viéndolas secuestradas en un cuarto cerrado, su interioridad queda siempre a oscuras, de ahí su ambigüedad constante). Pero la decisión final de Christine y la liberación de los animales (los perros devorando al doctor) resulta aún más misteriosa. Mientras Vera vuelve con su familia, Christine camina erráticamente entre pájaros blancos liberados, junto a un gran árbol del jardín familiar.

En estos momentos de promoción de ‘La piel que habito’, Pedro Almodóvar ha hablado mucho de influencias a cuenta su última película. Siempre lo hace. Esta vez ha mentado a Lang, a Hitchcock, a Buñuel, a la Hammer y, muy en concreto, a ‘Los ojos sin rostro’, lírico largometraje del autor de culto francés Georges Franju. Además, su guión está basado en el texto “neo-polar” de Thierry Jonquet titulado ‘Tarántula’. Veremos que a pesar de las muchas influencias y fuentes, la estructura dramática de ‘Los ojos sin rostro’ (ahora reeditada por Versus) está especialmente patente en el planteamiento y desarrollo de ‘La piel que habito’. Ambas son la destrucción del imperio del mal por parte de una frágil belleza cautiva. También señalaremos las diferencias.

 

El “mad doctor”.

La historia cinematográfica del “profesor chiflado” es abundante, desde el cine mudo (los ojerosos doctores Mabuse y Caligari, del expresionismo) hasta el doctor Orloff de Jess Franco o Eddie Murphy. Tanto el doctor Génessier (Pierre Brasseur) de ‘Los ojos sin rostro’, como el almodovariano Robert Ledgard (Antonio Banderas) son viudos, hieráticos, más o menos geniales y vanguardistas en su oficio que se nos presentan en la narración con sus discursos técnicos sobre el transplante facial. Ambos son de muy buena familia, pero Ledgard tiene un componente “Scottie” de ‘Vértigo’, de Pigmalión, por su empeño en la reconstrucción de la mujer amada. Ambos actúan por un mal ocurrido a sus hijas. Génessier experimenta con perros. Ledgard con insectos.

Génessier y su busca de nuevos rostros que transplantar establece una dinámica de “serial killer” en la película; el crimen de Ledgard es pasional y único, y la estructura de flashbacks en elipse profundiza hacia atrás, dentro de sí misma. A los dos les vemos durmiendo a una víctima con cloroformo. A los dos les vemos en una escena (dos en el caso de Génessier) en un cementerio, lugar al que parecen pertenecer, lúgubres y románticos, como el propio doctor Frankenstein (el “mad doctor” universal).

 

Belleza enmascarada

Christiane Génessier (Edith Scob, una actriz desconocida por entonces) se pasa la mitad de ‘Los ojos sin rostro’ con una inquietante máscara blanca, muy parecida, por cierto, a su cara real. Vera (Elena Anaya) también tiene ojos de cierva, y, como Christiane, exaspera la mirada ausente, fuera de plano. Christiane dice que es una “cobaya”, Vera un “juguete”. Christiane, lánguida y ensimismada, está rodeada de naturaleza, con la que se identifica: en su cuarto tiene una jaula de pájaros blancos; suele bajar a las perreras con los animales entre rejas. Tanto la una, como la otra, son esfinges melancólicas y, de un modo imprevisible, terminan con su “creador”, aun siendo ellas el sujeto amado de aquél. Vera proviene de una venganza: antes se llamaba Vicente. Y el personaje que interpreta Antonio Banderas, en el culmen de la sordidez, le transforma a Vicente, por violar a su hija, no ya en mujer, ¡si no en su propia mujer!, que se desfiguró en un accidente de tráfico y saltó por la ventana.

Christiane perdió el rostro también en un accidente de tráfico, por culpa de su padre, que conducía. Aquí el papel culpable que le da Franju. Vera nos recuerda a Tina (Carmen Maura) de ‘La ley del deseo’, con su sorpresivo pasado de hombre que se cambió de sexo. La violación más o menos consentida de Vera por Zeca “El Hombre Tigre”, en ‘La piel que habito’ nos recuerda inevitablemente a Kika y el actor porno ‘Polvazo’ en ‘Kika’. Mientras ‘Polvazo’ viola a Kika, inmoviliza a su hermana (Rosi De Palma) de un modo idéntico al que, aquí, Zeca ata a su madre (Marisa Paredes). Si Christiane es la reina de la naturaleza, Vera será la reclusa cultista. Libros, dibujos y diseños de Louise Bourgeois. Nada de bichos.

 

 

La ayudante

Con este personaje se cierra el triángulo dramático principal de las dos obras. Louise (Alida Valli) y Marilia (Marisa Paredes), encarnadas por dos actrices muy carismáticas, son así el factótum del profesor. Las dos son asesinadas por la cautiva sin esperarlo, y las dos lanzan una frase final antes de expirar. Ambas sienten una incondicional gratitud hacia su amo. Louise tiene una presencia mucho más fuerte en la trama. El primer plano de ‘Los ojos sin rostro’ es uno frontal y próximo de Alida Valli conduciendo un coche en mitad de la noche, con la música psicótica de Maurice Jarre (que alterna, por lo general, una partitura circense- macabre, con una balada tranquila de doncella medieval para las escenas con la solitaria enmascarada). En la partitura de Alberto Iglesias predominan las cuerdas, si bien hay pasajes como el electrónico de Anders Trentemøller (‘Shades of marbles’), en una persecución lynchiana en medio de la noche.

 

La casa

Tanto la mansión del Doctor Génessier como ‘El cigarral’ de ‘La piel que habito’ son, de un modo u otro, el escenario de varias muertes. Ambas tienen una sala quirúrgica abajo y a la cautiva subiendo unas escaleras (figura, la escalera, que se hace muy expresiva y patente en ambas). Ni Christine ni Vera tocan el suelo, por decirlo así. Pero además, en ambas películas, desde la altura se produce un suicidio (no de Vera, no de Christine) ante la deformidad.

En ‘Los ojos sin rostro’, una de las chicas a las que Génessier y su esbirra raptan y roban la cara (en una escena de cronenbergiana crudeza), se tira por la ventana al vacío. Exactamente igual que la mujer de Robert Ledgard.

La casona rural de Génessier es un ámbito perfectamente burgués con cubertería fina, grandes cortinones, techo muy alto y lámpara de araña. Almodóvar, en una fase quizá más depurada que nunca, opta por espacios fríos, más o menos limpios y en las escaleras esculturas móviles calderianas en la mentada escalera.

 

 

Los investigadores

El papel de los investigadores, los rescatadores termina siendo, a la postre, inútil. Por un lado, en ‘Los ojos sin rostro’, está al rescate la comisaría de policía de París y el que fuera novio de Christine. En la película de Almodóvar está el colega médico de Ledgard, Fulgencio (Eduard Fernández). Tanto en ‘Los ojos sin rostro’ como en ‘La piel que habito’ sus directores debían tener muy seguro que la frágil mujer herida debía tomarse por su entera mano el papel vengador.

En ‘Los ojos sin rostro’ (y esto constituye una falla de guión importante) toda la larga línea de investigación (canónica en su paralelismo, según la estructura “serial killer” ) se desvanece, simplemente. En ‘La piel que habito’, cuando Fulgencio descubre a Ledgard, Vera sale en la ayuda de su carcelero. A continuación, asesinará a Ledgard. Esto apunta un matiz vengativo en Vera, que quiere asesinar personalmente y no acudir a la policía. Tanto Vera como Christine son seres distantes aun siendo protagonistas (su clave reside en que, aun viéndolas secuestradas en un cuarto cerrado, su interioridad queda siempre a oscuras, de ahí su ambigüedad constante): pero la decisión final de Christine y la liberación de los animales (los perros devorando al doctor) resulta aún más misteriosa. Mientras Vera vuelve con su familia, Christine camina erráticamente entre pájaros blancos liberados, junto a un gran árbol del jardín familiar.