La mujer que faltaba en ‘Todos los hombres del presidente’

De creer que las mujeres somos inferiores a derrotar a Nixon. Así fue la editora del 'Post' olvidada por Pakula y homenajeada por Spielberg en 'Los archivos del Pentágono'

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27 de enero de 2018

Absolutamente real, la única mención a Katharine Graham en Todos los hombres del presidente la hace John Mitchell. A punto de que el periódico descubriese su implicación en el caso Watergate, el director de la campaña de reelección de Nixon dice: “Si publican esa historia Katie Graham se va a pillar las tetas en una máquina de escurrir ropa”. Más allá de lo bizarra, machista y anticuada que pueda resultar la amenaza, el nombre de la editora del Washington Post, máxima responsable del destape de uno de los mayores escándalos políticos de EE UU, no vuelve a aparecer en toda la película. “Robert Redford me explicó que habían decidido que mi personaje no apareciera en pantalla. Nadie entendía bien la función de la propietaria y era demasiado complicado explicarla. Para mi sorpresa, me sentí un poco herida porque se prescindiera de mí totalmente”, cuenta la propia Graham en Una historia personal –editada en España por Libros del K.O.–, las fascinantes memorias que le valieron el Premio Pulitzer y en las que está inspirada la última película de Steven Spielberg, actualmente en cartel. En Los archivos del Pentágono Meryl Streep traslada a la pantalla el intrincado proceso de empoderamiento de esta heredera que acabó liderando las mayores defensas de la prensa libre del siglo XX. Un verdadero ejemplo para cualquier mujer.

Katharine Meyer Graham nació el 16 de junio de 1917 en Nueva York. Su padre, Eugen Meyer, era un banquero judío de origen alsaciano cuyo gran sentimiento cívico terminó convirtiéndole en el dueño de The Washington Post, por entonces un periódico local ahogado en sus propias deudas. Su madre, Agnes Meyer, fue una de las primeras periodistas de EE UU y, a juzgar por sus diarios, cuyos fragmentos reproduce Katharine en sus memorias, también fue una madre distante y exigente que priorizó su carrera por encima de la maternidad: “Durante los primeros años […] me comporté como si el mundo entero estuviera conspirando para aplastar mi personalidad y encajarme en un molde universal llamado «mujer». Tantas amigas mías, al casarse, habían renunciado a sus intereses intelectuales y se habían perdido en una rutina de pañales, cenas y conformidad con su vida, que estaba decidida a que no me ocurriera también a mí. Deseaba una gran familia, pero también quería continuar con mi vida como persona”. Dicho esto, la poco maternal Agnes le dio un precioso consejo periodístico a su hija: “Sé periodista, Kay, aunque solo sea porque te da la excusa para perseguir inmediatamente el objeto de cualquier pasión repentina”.

En una evidente lógica de opuestos, resulta tentador atribuir la posterior dedicación de Katharine Graham a su familia a esta distante relación con su propia madre. De otro modo, cuesta imaginar por qué aquella niña a la que su anuario escolar auguraba un futuro prometedor “en el negocio de la prensa” y cuya absoluta vocación periodística se fraguó antes incluso de que estudiase en la universidad de Chicago, durante aquellos veranos como mensajera en el Post, renunciaría durante tantos años a cualquier vínculo con una profesión que era también un negocio familiar. Pero esto ocurriría más adelante. El 24 de abril de 1939 apareció en la revista Time, en la página de personalidades, una foto suya con el siguiente pie: “A Washington, D.C., se ha trasladado la gentil Katharine [sic] Meyer, de veintiún años, hija del editor Eugene Meyer, para encargarse, por 25 dólares semanales, de la sección de ‘Cartas al director’ en el Post de su padre. Este afirma: “Si no marcha bien, la despediremos”. Kay acababa de llegar de San Francisco, donde había cultivado su vocación periodística trabajando en el San Francisco News, cuando varios ex compañeros le enviaron ese recorte con una nota: “En California no ponemos condiciones. Vuelve con nosotros”.

Nunca volvió. Mientras escribía editoriales ligeros para el Post, Katharine conoció al brillante y encantador Phil Graham, se enamoró y se casó con él. Aunque en un principio, y animada por su marido, no dejó de trabajar, progresivamente fue asumiendo su lugar como ama de casa y madre de familia o, lo que ella misma llamaba, “éramos como un consejero delegado –Phil– y un director ejecutivo –yo–. Él tenía las ideas y la iniciativa; yo las llevaba a cabo”. Para culminar el asunto, cuando tuvo que nombrar un heredero para el Post, Eugene Meyer nombró a su yerno y no a su propia hija. “En esa época, el único heredero posible tenía que ser un hombre y, dado que mi hermano había preferido dedicarse a la medicina, mi padre pensó inmediatamente en Phil. En cuanto a mí, no sólo no me molestó que hubiera pensado en mi marido y no en mí, sino que estaba encantada. Nunca se me ocurrió que podría haberme juzgado capaz de asumir un puesto importante en el periódico”, contaba ella en sus memorias. “Como tanta gente de mi generación, llegué a creer que las mujeres éramos intelectualmente inferiores a los hombres, que no éramos capaces de gobernar, dirigir ni gestionar nada que no fuera el hogar y los hijos”, añadía.

En manos de Phil Graham, el Post se convirtió en un periódico de 800 empleados con premios y una tirada de 400.000 ejemplares diarios, pero también en un medio para llegar o contentar al poder. Paralelamente, Kay vivía una vida feliz como ama de casa aunque, posteriormente, en sus memorias, juzgaría la relación con su marido con el ojo crítico que le faltó entonces: “Constantemente hacía comentarios sarcásticos sobre lo que no estaba a su gusto: la casa, o mi ropa, por ejemplo, que daba mucho pie a comentarios despectivos. Es curioso que nunca percibiera, en aquella época, que, aunque contribuía a mi desarrollo y me ayudaba en tantos aspectos, también tenía una forma de degradarme que, poco a poco, fue destruyendo mi seguridad en mí misma casi por completo”. Con el tiempo, Kay descubriría que esa actitud de Phil hacia ella, cada vez más agresiva, era un síntoma de la enfermedad maniaco-depresiva que se le diagnosticaría más adelante y que acabaría con su suicidio.

Tras la muerte de su marido, Katharine Graham aterrizó en el Post sin más pretensiones que las de hacer de puente entre su marido y sus hijos. “Es difícil describir hasta qué punto era una ignorante. No conocía la sustancia del mundo periodístico o empresarial, ni su forma de funcionamiento: pese a la trayectoria de mi padre, yo nunca había aprendido nada de gestión de empresas ni contabilidad. No sabía leer un balance. Me sentía totalmente confusa ante las discusiones sobre aspectos financieros”, contaba en Una historia personal de una época en la que “no era nada consciente de lo extraordinario de mi situación ni de las dificultades que afrontaban las mujeres. Pensaba que mis problemas se debían, por completo, al hecho de ser nueva e inexperta, y no al mero hecho de ser mujer”.

Así, precisamente, es como la presenta Spielberg en Los archivos del Pentágono, interpretada por Meryl Streep como una mujer indecisa, insegura y torpe que no sabe enfrentarse a esas salas de reuniones abarrotadas de hombres en las que el Post sale a bolsa por primera vez. Pese a esa pobre opinión de sí misma, Katharine Graham tardó poco en demostrar su buen hacer como editora y su valentía, no solo en el episodio de los papeles del Pentágono sino en el futuro caso Watergate. Ambos casos convirtieron al Washington Post en un periódico nacional que, no solo había hecho dimitir a Nixon, sino que había empezado a competir en la liga del New York Times. Cierto. En Todos los hombres del presidente, la única mención a Katharine Graham era a sus tetas, un olvido imperdonable que la editora del Post resolvió escribiendo Una historia personal, libro con el que ganaría el premio Pulitzer. Su vida y carrera, un ejemplo para cualquier mujer del mundo, están al alcance de cualquiera en estas deliciosas memorias.

Una historia personal está editado en España por Libros del K.O.

 

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