La deuda de Hollywood con los enfermos de sida

¿Basta con el éxito de películas como 'Dallas Buyers Club' para compensar por tres décadas de desinformación y olvido?

14 de marzo de 2014

En su discurso tras recibir el Oscar como Actor Principal, Matthew McConaughey les dio las gracias por el triunfo a sí mismo y a Dios. Sobre lo primero nada hay que añadir: si el actor texano se llevó el ‘hombrecito’ dorado, el Globo de Oro y el premio del Sindicato de Actores (al igual, no lo olvidemos, que su compañero Jared Leto) fue gracias a un trabajo excepcional. Lo segundo debemos fiarlo a las creencias de cada uno. Pero cabría también añadir un tercer componente a la ecuación: además de por las interpretaciones de McConaughey y de Leto, y por su propia calidad como película, Dallas Buyers Club se ha convertido en una favorita de la crítica y el público en EE UU gracias a una perspectiva novedosa (inédita, casi) en un tema muy áspero: el estallido, a mediados de los 80, de la pandemia del sida.

Pongámonos un poco en contexto: en 1986, cuando a Ron Woodroof (el personaje interpretado por McConaughey) se le diagnosticó el síndrome de inmunodeficiencia adquirida, este problema sanitario era aún muy desconocido, muy mortífero y, sobre todo, muy asociado a estigmas sociales como la homosexualidad o el consumo parenteral de heroína. Algo contra lo que Woodroof reaccionó buscando sustancias que alargaran su esperanza de vida, primero, y después distribuyendo esos productos entre otros enfermos. Todo ello haciendo caso omiso de las normativas de la FDA (organismo estadounidense que controla la comida y los medicamentos) y esquivando los intereses de las grandes compañías del sector. Todo lo cual le confiere un perfil de héroe americano, dispuesto a enfrentarse a la sociedad y convertirse en forajido por una causa justa. “Dallas Buyers Club me recuerda más a El síndrome de China o Erin Brockovich que a Philadelphia”, explica Rubén Romero Santos, profesor universitario y colaborador de CINEMANÍA. A juicio de este experto, quien no considera al filme de Jean-Marc Vallée “una película políticamente correcta”, lo más interesante de la cinta es que “precisamente ahora, plantee la lucha del individuo contra las todopoderosas empresas farmacéuticas”.

Juan Sardá, crítico de El Cultural, coincide con esta apreciación. De hecho, él también relaciona a la película con Erin Brockovich debido a su enfoque individualista: “Una película europea habría narrado la historia de una asociación o un colectivo”, nos dice, “pero a Hollywood le interesa más la lucha del individuo contra la sociedad”. Ahora bien: cabe preguntarse si Dallas Buyers Club nos ofrecería esa clase de relato si su protagonista fuese gay. Porque, si bien los testimonios sobre el auténtico Ron Woodroof apuntan a que este era bisexual y no tenía reparos en relacionarse con personas LGBT, Jean-Marc Vallée y sus guionistas le retratan como un homófobo convencido cuyo calvario personal conlleva una apertura de miras. El punto de vista de Romero Santos sobre el tema es tajante: “Es evidente que no: la opinión pública es mayoritariamente conservadora”, afirma, para después hacer hincapié en dos casos que marcaron la percepción del sida por parte del público: “Cuando se supo la casa de la muerte de Rock Hudson se consideró que era algo de gays y que, por lo tanto, los heteros estaban fuera de peligro; eso cambió con Magic Johnson”.

Consultado a este respecto, Juan Sardá opta por matizar: según este crítico, el enfoque de Dallas Buyers Club “trata de dar la imagen del sida como un problema no exclusivamente heterosexual”, amén de acentuar su carácter de “historia genuinamente americana”. De la misma manera, según Sardá, el protagonista de Dallas Buyers Club refleja en su evolución la deriva de la opinión pública sobre un problema percibido, al principio, como un “cáncer gay”: “Al principio, sus actitudes sobre la enfermedad son las del gobierno de Ronald Reagan, pero después van cambiando”, comenta. Y remacha: “Dar una visión positiva de la sociedad estadounidense es algo que Hollywood hace muchas veces”. De esta manera, el filme provee a sus espectadores con una perspectiva hasta cierto punto optimista enmarcada en una clásica historia de superación. Y, al revés que otros filmes producidos durante el auge de la pandemia (la propia Philadelphia, así como En el filo de la duda o Compañeros inseparables) pinta a los personajes seropositivos como luchadores, en lugar de como víctimas de la sociedad.

El peso del estigma

Ahora bien: si, como apunta Juan Sardá, “Hollywood conoce el sida muy de cerca, porque el porcentaje de homosexuales es muy grande en sus filas, así como el de heterosexuales que realizan prácticas de riesgo”, ¿cómo es que este cambio de actitud ha tardado tanto en llegar a una película de consumo generalista? ¿Es el éxito de Dallas Buyers Club el pago de una deuda que la industria del cine tiene para con los 35 millones de personas seropositivas que (según la estimación de la ONU) viven hoy en día en el mundo?

Jorge Garrido, de la asociación Apoyo Positivo, no ha visto Dallas Buyers Club. Pero sí tiene una respuesta para esta pregunta: “En Philadelphia o Kids el sida se asocia a comportamientos furtivos y a prácticas de riesgo”, nos recuerda, “mientras que una película con un protagonista gay queda encasillada en el relato de la discriminación, o como cine para minorías”. Garrido conocía desde hacía tiempo la historia de Ron Woodroof y el Club de Compras de Dallas (“Su independencia”, señala, “es característica del movimiento ciudadano contra el sida”), y recuerda que esta forma de encasillar la pandemia como exclusiva de una opción sexual o un estilo de vida se cobró su precio hace tres décadas: “La estigmatización llevó a gestiones de salud pública nefasta, y a la expansión sin control de una enfermedad que había aparecido de forma muy brusca”, dice, “algo contra lo que los colectivos de afectados tuvieron que luchar muchísimo”. Y que, resume Garrido, llevó a la presente situación, en la que el sida es “un fracaso social y un éxito sanitario”.

“En los primeros años del síndrome se dieron mucho este tipo de casos: ante la evidencia de que no se va a sobrevivir, un enfermo puede aceptar que se le administre lo que sea, incluso medicamentos que no están probados”. Son palabras de Miguel Luis Tomás, vocal de la coordinadora Cesida, quien también habla con nosotros acerca del tratamiento del sida por parte de Hollywood. Además de recordar como ejemplo valioso Ángeles en América, la miniserie con guión de Tony Kushner (Lincoln), Tomás apunta que la búsqueda del dramatismo en un filme sobre el síndrome es “tal vez perjudicial, pero entendible desde el punto de vista comercial”. Según el vocal de Cesida, “tal y como están las cosas ahora, la realidad sobre el VIH no vende: lo que venden son las historias de discriminación sobre el toxicómano, el gay…”.

Porque esa es otra: actualmente, si un infectado por el VIH tiene la suerte de vivir en un país del primer mundo (y, en la mayoría de los casos, tiene una cuenta corriente saneada), la aparición del sida como tal puede frenarse gracias a esos medicamentos que el protagonista de Dallas Buyers Club distribuyó en su día de forma pirata. Pero, desde una perspectiva global, el síndrome sigue siendo una tragedia en zonas como el África subsahariana, donde causó un millón y medio de muertes en 2013 (datos de la ONU). Sabemos que Hollywood no suele tocar los problemas del Tercer Mundo salvo en casos muy concretos, pero ¿ven posible nuestros expertos que su cine nos muestre alguna vez a un seropositivo de EE UU haciendo una vida ‘normal’? Jorge Garrido no lo tiene nada claro: “En todos estos años no se ha avanzado tanto como en el aspecto médico”, nos dice. “Problemas básicos en la cuestión del sida, como la discriminación, la homofobia o el clima de odio hacia el diferente siguen ahí, y hasta que la sociedad no cambie no cambiarán los proyectos artísticos”.

A Juan Sardá, por su parte, le preocupa algo similar pero no idéntico: “Por una cuestión meramente estadística, podemos decir que el sida ha afectado a más gays que a heterosexuales”, dice, “así que da rabia que tengan que recurrir a un héroe hetero para buscar la identificación del público”. Lo cual, puntualiza el crítico, “no está mal, pero tiene una intención muy pedagógica”. En el caso de Rubén Romero Santos se nota el afán de poner los puntos sobre las íes: “Si Hollywood trató el sida tarde y mal fue, primero, por desconocimiento y, segundo, por su condición de enfermedad de transmisión sexual. El sexo es el gran tabú de Hollywood. Si el virus se transmitiera a través de la pólvora, seguro que habría aparecido antes en pantalla”.

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