‘La desaparición de Madeleine McCann’: mucho morbo y pocos datos en Netflix

Así es el documental sobre la desaparición de Madeleine McCann, el guilty pleasure sobre el caso que deleitó al público adicto al drama-circo ajeno.

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27 de marzo de 2019

El género de los documentales sobre casos criminales reales (true crime) está de moda. Y, como cabe esperar, Netflix intenta sacar tajada de ello. De hecho, los responsables de la plataforma quedaron tan encantados con la buena acogida de Making a Murderer (2015) que decidieron encargar hace un par de años la realización de un documental sobre el caso de la niña británica Madeleine McCann. Ahora, acaba de incorporar a su catálogo —después de posponer varias veces su fecha de estreno— la miniserie La desaparición de Madeleine McCann, compuesta por ocho capítulos de una hora de duración en la que se hace un repaso a los detalles de la desaparición más mediática de la historia de Reino Unido.

Emma Cooper —productora ejecutiva de la docuserie— y Chris Smith —el director— lograron entrevistar a 40 personas diferentes, incluyendo periodistas que cubrieron el caso, investigadores de varios países y (unos pocos) amigos de la familia McCann —como el millonario empresario Brian Kennedy, que ayudó a financiar la búsqueda inicial de Madeleine—. “Era hora de examinar el caso. De cerca y de forma forense, de una manera que nunca se había presentado”, comentaba en una entrevista Cooper.

Sin embargo, la ostentosa propuesta —se dice que cada capítulo ha contado con un presupuesto de más de un millón de euros— no logró convencer a los padres de la niña desaparecida, Kate y Gerry McCann. Es más, el matrimonio declinó enseguida la propuesta de entrevista e intentó también convencer a sus más allegados para que no dieran su testimonio —algo que hizo que los productores se llegasen a plantear abandonar el proyecto—. “No vimos, y no vemos, cómo este programa ayudará a la búsqueda de Madeleine y, dado que existe una investigación policial activa, podría obstaculizarla”, señaló la pareja en un breve comunicado que colgaron en su web.

El primer episodio ofrece una detallada crónica de lo sucedido aquella noche del 3 de mayo de 2007. Ese día, Gerry y Kate McCann dejaron a sus tres hijos —la niña, de cuatro años, y sus dos hermanos mellizos, de dos— dormidos en el piso que habían alquilado en el Ocean Club Resort de Praia da Luz, en el Algarve portugués, y estuvieron tapeando con unos amigos en el bar de la urbanización. Cuando Kate volvió a casa, descubrió que Madeleine había desaparecido de su habitación. Su cama estaba vacía y la ventana del cuarto, abierta. Sesenta empleados y huéspedes estuvieron buscándola, sin éxito, hasta las cuatro de la madrugada.

La policía portuguesa se puso manos a la obra, desplegando doscientos agentes y poniendo a rastrear la zona al equipo de perros especialistas. A partir de entonces, miles de policías y decenas de voluntarios se unieron a la operación. Se amplió el radio de búsqueda de Madeleine y se vigilaron las fronteras, pero no se dio con ella. Después, comenzó a participar en la investigación Scotland Yard, la Policía Metropolitana de Londres.

En los años que siguieron, las pistas falsas sobre el paradero de Maddie, las contradicciones en las declaraciones de los padres y los intentos de extorsión al matrimonio presidieron el caso. Y la imagen del primer plano del rostro de la niña, con esa marca de nacimiento en su ojo derecho, empezó a dar la vuelta al mundo, convirtiéndose, de algún modo, en el arma perfecta para conmover a un público adicto al drama-circo ajeno (y a los juicios paralelos mediáticos).

Entre otras cosas, la serie analiza las razones que pudieron convertir la desaparición de Maddie en un fenómeno mediático —dado que son miles los menores que desaparecen a diario en todo el planeta—. A estas alturas ya pocos ponen en duda que su caso encarna el paradigma del llamado ‘síndrome de la mujer blanca desaparecida’: una niña blanca, de rostro angelical e hija de padres de clase media (con cuyo sufrimiento muchos parecen empatizar más fácilmente).

La cobertura mediática ha sido (y sigue siendo) grotesca. Los noticieros de las principales cadenas de televisión se nutrieron de datos sin contrastar, indicios, informaciones judiciales y filtraciones a la prensa. Por eso, desde el principio, hubo bastante tensión entre los medios de comunicación que cubrían el caso y la policía que conducía la investigación oficial.

La docuserie cuenta con el testimonio de dos de los sospechosos iniciales, Robert Murat y Sergey Malinka, que recuerdan también la forma en que muchos medios vulneraron de forma despiadada su derecho a la presunción de inocencia. Y el del inspector local Gonçalo Amaral, que fue apartado de la investigación después de criticar duramente a la policía británica, aseguró que la niña estaba muerta y acusó a la policía de ayudar a los McCann a ocultar información.

En un momento dado, los padres pasaron de denunciantes a sospechosos, después de que la Fiscalía lusa les declarase presuntos implicados en la desaparición de la niña al encontrarse restos de sangre de Maddie en el maletero del coche que el matrimonio alquiló varios días después de que a la niña se la tragara la tierra. Sin embargo, la pareja, que en ese momento decidió regresar a su domicilio en Rothley (Inglaterra) porque sabían que esa jugada sería más ventajosa para ellos desde el punto de vista legal, fue exonerada en julio de 2008 por falta de pruebas y obtuvo una indemnización de más de 600 mil euros. Además, cuatro diarios británicos del grupo Express se vieron obligados a pedir disculpas al matrimonio en sus portadas por declaraciones difamatorias.

Los McCann crearon una campaña internacional para la búsqueda de su hija, catalogada como Operación Grange, y abrieron una página web para recaudar dinero que permita seguir investigando el asunto. De momento, la investigación continúa en activo y el Gobierno británico ha gastado hasta ahora casi doce millones de libras en la búsqueda de Madeleine.

La desaparición de Madeleine McCann, revestido de seriedad con la presencia de médicos e investigadores, rezuma en realidad bastante morbo y aporta pocos datos nuevos. Resulta notable desde el punto de vista formal, sí, pero seguramente decepcione al que se acerque a verlo con el deseo de encontrar nuevas pruebas o de saber algo más sobre lo que pasó realmente con Maddie, que en mayo cumpliría dieciséis años.

Eso sí, no escatima tiempo para repasar las mil y una teorías sobre su paradero. Que si la niña murió accidentalmente después de que sus padres le suministraran una sobredosis de somníferos. Que si en realidad fue raptada y asesinada por un pedófilo local. Que si se cayó accidentalmente por las escaleras que dan al patio trasero del apartamento de los McCann en Portugal. O que ese día fue robada por una red de traficantes de niños.

¿Es este docudrama un guilty pleasure de fácil consumo (aunque le sobren un par de horas)? Seguramente sí. ¿Sirve como combustible para avivar la hoguera de la telebasura informativa? Seguramente también.