‘Klaus’: las claves de un nuevo clásico navideño

Un milagro navideño: cómo Sergio Pablos apostó por la animación tradicional en pleno reinado del 3D y triunfó en el mundo entero.

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07 de febrero de 2020

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  • A estas alturas es complicado no haber oído hablar de Klaus. El largometraje dirigido por Sergio Pablos y producido enteramente en su estudio madrileño, SPA, es una genuina delicia cuidadosamente elaborada en animación tradicional y guiada por una loable sinceridad temática y narrativa.

    Ahora, tras arrasar en los BAFTA y los Annie y sonar como seria favorita a los Oscar, vale la pena recordar que el proyecto se vio obligado a pasar décadas gestándose antes de que Netflix, queriendo dar el pistoletazo de salida a sus producciones originales animadas, considerara que merecía la pena apostar por Pablos.

    Y no es que no supiéramos de la existencia del proyecto. Un test de animación demostrando las proezas visuales y técnicas del equipo de Pablos corrió por internet durante años como un secreto a voces, creando expectativas entre los fans del medio animado y provocando que cruzaran colectivamente los dedos con la esperanza de que lograra llegar a ser producida.

    Pero se vieron, una y otra vez, con el mismo dilema: querían animarla en 2D en una etapa en la que ya nadie confiaba en ello.

    Pablos, ya acostumbrado a ese rechazo de la industria en pleno reinado del 3D, lo había anticipado, razón por la que el revolucionario proceso de animación que planteó reunía los mejores aspectos de ambos mundos.

    “Nos planteamos donde estaría el 2D ahora mismo, como habría evolucionado, si no hubiera dejado de producirse por los grandes estudios hace décadas”, comentaba Pablos en el panel del festival de Annecy al que asistimos este verano. “La respuesta estaba clara: no podíamos simplemente recrear lo que se estaba haciendo a principios de milenio. Teníamos que llevarlo más allá.”

    Este, sin embargo, no fue el único factor clave en el éxito de crítica y público que terminó siendo el proyecto tras ser finalmente acogido por Netflix. Se habla mucho, y con razón, de su fascinante desarrollo de producción; pero el alma de la película reside en su genuina honestidad y en su forma de recurrir a ella para hablarle a su público, infantil o no, sin un ápice de condescendencia.

    “Al principio, yo mismo rechazaba mi propia idea porque me parecía demasiado ñoña”, comentaba Pablos en Annecy. “Pero como todas las buenas ideas, no dejaba de volver a mí.”

    Junto a su equipo, Pablos logra un balance casi perfecto en Klaus: una película que resulta a la vez hilarante sin caer nunca en el cinismo y conmovedora sin caer nunca en lo azucarado.

    Es precisamente este tono lo que logra empezar a establecerla en el panteón de clásicos fílmicos navideños, concediéndonos una hora y media de deleite fácilmente comparable a obras como la Cuento de Navidad de los Teleñecos de Brian Henson. Obras que, ante todo, anteponen y priorizan su aprecio por un mundo en el que merece la pena apostar por los demás.

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