Jolgorio en el escaño: 10 comedias políticas que tienes que ver

Revisamos los filmes que nos mostraron el lado divertido de ministerios, hemiciclos y similares.

Por - 03 de abril de 2014

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  • A tres semanas del 26-J en CINEMANIA hemos querido recordar películas que nos llevaron de viaje a despachos presidenciales, gabinetes de comunicación política, oficinas de campaña y otros lugares poco recomendables, pero esta vez con el noble afán de hacernos reír. Ya que tenemos que volver a las urnas, que sea, por lo menos, de buen humor.

    In The Loop (Armando Ianucci, 2009)

    Con su serie The Tick of It, Armando Ianucci y el actor Peter Capaldi se marcaron una antológica puesta en solfa de la política del Reino Unido, en la tradición de shows como Sí, ministro y Un diputado fantástico. Y, si alguien creía que dicho cachondeo iba a reducir su nivel de vitriolo al pasar a la pantalla grande, estaba muy equivocado. Cuando una indiscreción de Simon Foster (Tom Hollander), el último mono del consejo de ministros británico, revela que Downing Street y la Casa Blanca planean una guerrita de nada en Oriente Medio, el filme nos embarca en un viaje por el sórdido mundo de los spin doctors y los gabinetes de comunicación de la mano de Malcolm Tucker (Capaldi), un jefe de prensa que se hubiera merendado con patatas a los protagonistas de El ala Oeste de la Casa Blanca. A destacar la memorable intervención de James Gandolfini como general de muchas estrellas y pocas neuronas.

    La escopeta nacional (Luis García Berlanga, 1978)

    Con el Caudillo recién enterrado, como quien dice, había llegado el momento de satirizar los mecanismos de un régimen tan poco dado al humor como el suyo. Ahora bien, si durante los 40 años de dictadura el Congreso estuvo de adorno, ¿dónde se decidieron sus tejemanejes? El gran Berlanga nos da la respuesta: en cacerías como aquella en la que participa Jaime Canivell (José Sazatornil), fabricante de porteros automáticos cuyas ansias de trepar le pondrán en contacto con un ministro (Antonio Ferrandis) que podría parecerse mucho a Manuel Fraga, así como con el inolvidable Marqués de Leguineche (Luis Escobar) y su extremadamente olvidable hijo Luis José (José Luis López Vázquez). Pese a que en ocasiones su visionado requiera un manual de historia del tardofranquismo, La escopeta nacional resultó tan exitosa que generó dos secuelas: la descacharrante Patrimonio nacional (1981), metida ya de lleno en la Transición, y Nacional III (1982), algo menos efectiva.

    Bananas (Woody Allen, 1971)

    Por cosas de la coyuntura, casi todos los intentos hollywoodienses de abordar el panorama político de Latinoamérica han sido un clamoroso fracaso. Ahora bien, ese “casi todos” abarca una excepción: aún bisoño en las cosas del dirigir, Woody Allen adaptó en este filme su relato ¡Viva Vargas!, en el que registraba las andanzas de unos intrépidos guerrilleros en un país que podría o no podría ser Cuba. Por supuesto, tratándose del genio de Manhattan, lo que nos espera aquí es un festín de cachondeo al más alto nivel a costa de las dictaduras bananeras, de las maquinaciones de la CIA y de esas revoluciones que, prometiendo arreglarlo todo, acaban consiguiendo más bien lo contrario. A lo cual hay que añadir, además, una aparición breve de Sylvester Stallone (otro titán del cine que daba sus primeros pasos) y una oportuna lección sobre cómo curar las picaduras de víbora.

    Su distinguida señoría (Jonathan Lynn, 1992)

    No todas las comedias centradas en la política van a ser ejemplos de refinamiento y sutileza. Y menos aún cuando los impulsa un Eddie Murphy en pleno bache al que aún le quedan unos añitos para vivir el megaéxito de El profesor chiflado. Pese a todo ello, admitamos que Su distinguida señoría se las apaña para responder a una cuestión espinosa: la de los requisitos necesarios para hacerse un nombre en la política. Así, una coincidencia de nombres (el personaje de Murphy, un timador de poca monta, se llama casi igual que un congresista), un evento fortuito (el congresista de marras la espicha en pleno clímax con su secretaria) y grandes dosis de morro son las claves para que nuestro héroe se mude a Washington y comience a forrarse a base de comisiones. Lástima que, en su último tramo, el filme opte por caminos más propios de Frank Capra que de una sátira destrozona.

    Bienvenido Mr. Chance (Hal Ashby, 1979)

    Según nos ha enseñado Su distinguida señoría, triunfar en el foro es algo al alcance de cualquiera, siempre que se eche mano de la astucia y se tiren los escrúpulos a la papelera más cercana. Ahora bien: 13 años antes, el director Ashby (Shampoo, Harold y Maude) y un Peter Sellers en estado de gracia (amén de gravemente enfermo) ofrecieron una versión del tema mucho más radical en este filme, adaptación de una novela de Jerzy Kosinski. Chance Gardner, protagonista de esta fábula, es un señor aquejado de problemas neurológicos (o de unas entendederas tirando a nulas, según se mire) y que se ha pasado la vida encerrado en su casa viendo la tele, pero cuyo impasible continente y falta de complejos le permiten subir como la espuma en Washington. El parecido con políticos reales, vivos o muertos, podría no ser pura coincidencia.

    Operación Canadá (Michael Moore, 1995)

    La cuestionable objetividad y el trazo grueso de sus documentales (Bowling For Columbine, Fahrenheit 9-11, etcétera) no es motivo para negar la capacidad Michael Moore sabe poner el dedo en la llaga cuando quiere. Algo que queda de manifiesto en su único filme de ficción: un presidente de EE UU (Alan Alda) necesita encontrar un enemigo externo por cosas de la popularidad y la reactivación económica. Ahora bien, a falta de una Unión Soviética ya desaparecida, el país de la hoja de arce se convierte en el objetivo de esta segunda Guerra Fría. Justo lo que necesita un sheriff de pueblo (John Candy, en uno de sus últimos papeles) con fobia a la cerveza canadiense para convertir una maniobra de propaganda en toda una señora conflagración. Y todo ello a cuenta de un partido de hockey…

    El dictador (Sacha Baron Cohen, 2012)

    Si uno tiene la desgracia de padecer sus regímenes, los tiranos y los autócratas no son cosa de risa. Ahora bien: vistos desde fuera, esos caudillos aficionados a adjudicarse condecoraciones a sí mismos, cohabitar previo pago con señoritas estupendas (Megan Fox, por ejemplo) y orquestar masacres a las primeras de cambio dan juego para cocinar algunos gags interesantes. Siguiendo esta premisa, el autor de Borat y Bruno se basó en todo un dream team de déspotas internacionales (Kim Jong-Il, Muamar el Gadafi, Idi Amin Dada y el turkmeno Saparmurat Niyazov) para crear la figura del Almirante General Aladeen, líder supremo de la República de Wadiya que viaja a Nueva York por no sabemos qué tontería acerca de unas armas de destrucción masiva. Durante su estancia en la ciudad de la ONU, Aladeen encontrará el amor en los brazos de Anna Faris, y tendrá ciertos desencuentros (homicidas) con su tío Ben Kingsley.

    La cortina de humo (Barry Levinson, 1997)

    Un año antes de que Mike Nichols pusiese en solfa al matrimonio Clinton en Primary Colors (un filme de gran interés, pero que no es propiamente una comedia), Barry Levinson y David Mamet hicieron lo propio de forma más alambicada, sutil y humorística. Porque, cuando el presidente de EE UU es sorprendido pasando a mayores con una girl scout en vísperas de unas elecciones, ¿cuál es la mejor forma de distraer a la opinión pública? Pues sí, lo has adivinado: organizando una falsa guerra. Y contra Albania, nada menos. Para tan delicada operación, la Casa Blanca recurre a un experto en opinión pública (Robert De Niro) y a un productor de Hollywood que, amén de parecerse mucho a Dustin Hoffman, podría tener demasiadas ganas de llevarse un Oscar. ¿Lo más irónico de todo? Poco después del estreno del filme, y recién descubierto su affaire con Monica Lewinsky, Bill Clinton ordenó el bombardeo de una presunta fábrica de armas químicas en Sudán. Menuda coincidencia…

    El presidente y Miss Wade (Rob Reiner, 1995)

    Lectores, ¿no estáis un poco cansados de tanto cinismo y tanta mala baba? Nosotros, a estas alturas, la verdad es que sí. Por eso, y porque en la política también hay sitio para el amor, refrescamos esta lista con una comedia muy romántica: la historia de amor entre Michael Douglas, inquilino del Despacho Oval viudo y con hijita pequeña, y la profesional de los lobbies Annette Bening. Si bien el planteamiento de El presidente y Miss Wade es almibarado con ganas (muchos quisieron ver en él una apología de Bill Clinton y sus asuntillos extramatrimoniales), tanto el buen hacer de sus actores protagonistas como los talentos de Rob Reiner (La princesa prometida) y de Aaron Sorkin, un guionista que sabe tres o cuatro cosas sobre Washington, la convierten en una cinta muy disfrutable. Y en un buen descanso antes de la traca final con la que vamos a terminar la lista.

    Sopa de ganso (Leo McCarey, 1933)

    A estas alturas, empezamos a pensar que la política es una cosa de locos. Menos mal que los hermanos Marx piensan lo mismo: pese a los 81 años que han transcurrido desde el estreno de esta película, ver al mismísimo Groucho asumir el cargo de presidente del gobierno (en la imaginaria, pero plausible, república de Freedonia) sigue siendo un gozo tan grande como su número del espejo con Harpo, los tejemanejes del espía Chico o la expresión absorta que pone Margaret Dumont cada vez que el bigotudo la hace víctima de una de sus bromas. Por supuesto, la gestión de Groucho al frente del país acaba desembocando en una guerra. Pero oye, y lo que te ríes…

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