[Goya 2016] Daniel Guzmán: “Yo era un pieza; las películas me cambiaron”

Con motivo de los Premios Goya 2016 recuperamos del archivo CINEMANÍA las entrevistas que realizamos a los nominados a Mejor Dirección Novel.

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05 de febrero de 2016

En los sofás del Ocho y Medio no hay nadie sentado a la hora acordada. Un rato después, una camarera le dice a otra:
–En la terraza está el de La que se avecina.
–¿Quién? ¿El de Aquí no hay quien viva?
–Ése.
Así que mientras las dos se ríen yo salgo a buscar a Daniel Guzmán. Cuando más tarde, sentados solos en el salón del Gatopardo, le cuente la anécdota, asentirá con tranquilidad.
–Por eso me fui al campo. Para escribir me tuve que quitar del medio. No tenía intimidad.
Aquello fue hace nueve años y la película que escribió, su ópera prima, se estrena este mes en el Festival de Málaga. A cambio de nada es la historia de Darío (Miguel Herrán), un chaval de barrio que huye de la separación tortuosa de sus padres. Y de Luismi (Antonio Bachiller), su amigo del alma. Como también lo es de Caralimpia (Felipe García Vélez) y de Antonia [Guzmán, abuela del actor de Velvet y La familia Mata], los personajes con los que Darío se encuentra al escapar de casa. Pero, sobre todo, es la historia de Daniel Guzmán. Un proyecto autobiográfico, catártico y ambicioso que le ha costado esfuerzo y años sacar adelante. Y, claro, dinero.

–La financié a pulmón –sentencia él.

El proceso fue tan duro que a veces, confiesa, se plantea si ha merecido la pena. “Deberían estudiar en las universidades hasta dónde es capaz de llegar la gente para contar historias”, se ríe. Pero luego recuerda cómo a él le transformó la vida ver historias en pantalla grande. “Yo era un pieza, me echaban de todos los colegios, tuve una adolescencia muy callejera y las películas me cambiaron”, cuenta sobre una juventud en la que se inspira la del protagonista de A cambio de nada. Como a Miguel Herrán, el chico que lo interpreta en su primer papel en el cine, a Daniel Guzmán el celuloide le sacó de problemas. “Fue por casualidad –recuerda–. Yo era gafitero y quisieron hacer una película sobre mí y sobre mi amigo Muelle. Lo probé y decidí ser actor por no ir al instituto. Me pagaban por jugar”.

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Si no hubieses tenido una historia que contar, que es la historia de tu vida… ¿crees que hubieses hecho una película?
Yo cuento historias por las historias que he vivido, eso es verdad. Yo cuento Sueños por la historia de amistad que viví con mi colega. Y A cambio de nada, por la separación de mis padres y por la época de adolescencia de un chaval perdido que se busca la vida. He intentado no mirarme al ombligo pero sin ese material no sé si hubiese tenido un motor para contar una historia. Para lo bueno y para lo malo, yo he tenido experiencias, mejores, peores, gratificantes o amargas, que creo que el espectador puede entender como suyas al verlas en una pantalla. Esto que cuento me toca y por eso creo que a la gente que la ha visto le ha parecido auténtica. ¿Sabes a quién le está gustando mucho? A las mujeres que tienen hijos. Yo pensaba que lo de las parejas que se separan haciéndoselo pasar mal a sus hijos era del pasado, del posfranquismo. Pero ahora veo que no, que sucede igual, que los siguen utilizando como arma arrojadiza. Yo paso de ser dogmático ni moralizante, pero si mi peli sirve para que los padres que se divorcian piensen en cómo deberían tratar a sus niños… sí merecería la pena. Yo entiendo a los padres pero no quiero entenderlos, yo prefiero entender al hijo, que es la verdadera víctima. ¿Tú sabes el trauma que es ir a un juicio a testificar en contra de tu padre o de tu madre?

¿A ti te afectó mucho?
Me pilló entre los 14 y los 21 años, me afectó muchísimo. Me busqué la vida en la calle con mis cinco amigos, que eran mi otra familia. A partir de ahí hice de todo. Algunas cosas ahora no las volvería a hacer pero eso ha hecho que no juzgue a nadie por lo que hace. Todo depende de las circunstancias. Por eso me gusta el cine, que te da otros puntos de vista.

“Una de las cosas que quería, que le dije a mi ayudante de dirección, era que teníamos que intentar no parar la vida. Ni motor ni hostias”.

 
Tenías 14 años cuando te propusieron protagonizar Crónicas Urbanas…
Sí. Entonces el grafiti era algo muy prohibido, muy oculto. A mí me encantaba ir solo por ahí y pintarlo todo, era mi vía de escape. Pero cuando me propusieron hacer una película me entró miedo, qué iba a pensar mi madre cuando la viese. Por otro lado, era el primer sueldo que llevaba a casa, era un juego. Además, me permitía no ir al instituto pero con el consentimiento del director. Es que yo no iba nunca a clase, estaba todo el día por ahí haciendo perrerías. De verdad, era indomable, nadie se hacía conmigo. En el barrio era una pesadilla. Cuando he vuelto a rodar allí –en mi casa, en mi instituto…– me he llevado con todo el mundo muy bien.

También rodaste en el metro. Una secuencia que pone los pelos de punta…
Es la huida hacia delante, el túnel. El personaje podría ir como todo el mundo, pero yo no quería que fuese como todo el mundo. Como hacía yo de joven, me ponía en riesgo, quería llamar la atención… Antes era complicado rodar en el metro, pero ahora ya no. Hemos robado muchos planos. Yo quería que todo fuese cámara en mano y rodar. Una de las cosas que quería, que le dije a mi ayudante de dirección, era que teníamos que intentar no parar la vida. Ni motor ni hostias. Tú escondido en un lado y yo en el otro, y a los niños los echamos en medio de Preciados. Y a rodar desde fuera y cuando vayamos dentro, corregimos para la gente que nos mira. Esto va a hacer que mi película tenga la verdad que quiero. Es muy complicado, pero es otra manera de currar.

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¿Te costó mucho encontrar al actor protagonista de la película?
Mucho. Un año y medio. Iba a rodar en verano de 2012 y no lo encontré, me faltaba financiación y me tuve que ir a 2013. En ese año lo busqué. Me costó mucho encontrarlo porque quería una cosa muy concreta. Estaba buscando mi físico y el físico de Luismi, mi colega. Era como buscar una aguja en un pajar. Hemos visto a mil chavales. Yo me iba por los barrios con la moto y llegaba a casa con un estrés y una ansiedad… Los que me gustaban interpretando no tenían la nobleza de este chico en la mirada.

¿Cómo encontraste a Miguel Herrán, el protagonista?
Me lo encontré por la calle. Salía del teatro, me quedé fuera con gente que había ido a ver la función y pasó él con dos amigos. Lo miré y lo tuve clarísimo. Le conté que quería que protagonizase mi película y pensó que le estaba vacilando. No quería. Pasaba del cine. Pero conseguí que me diese su teléfono y al día siguiente le llamé. Vino a la primera prueba y lo hizo fatal. Mi directora de cásting y los productores me decían: “Dani, olvídate”. Faltaba un mes y medio para empezar la preproducción. Pero yo lo tenía claro. Sabía escuchar y sabía mirar. Y cuando miraba, te deshacías. Le hice otra prueba. Peor aún. Y le hice una tercera. Estuvimos ensayando tres meses. Cuando lo vio Tosar me dijo: “Yo no estoy a la altura”.

Con Luismi [Antonio Bachiller] forma buen dúo cómico.
No sé si es bueno que lo diga yo porque lo he escrito, pero creo que la relación entre los amigos está clavada. Era la relación que yo tenía con mi colega. No es una relación pastelera pero todo el rato se están diciendo que se quieren insultándose.

¿Se parece a la relación de los protagonistas de Sueños, tu segundo corto?
Total. Están todo el rato pegándose e insultándose. Pero se están diciendo que se quieren. Son hermanos, se han elegido. Yo tenía claro que el público iba a ser capaz de verlo. En Sueños terminé con una secuencia trágica por un amigo mío que murió. Pero aquí no quería que la película acabase mal. Me parecía que aquí me traicionaría a mí mismo, porque es una película vitalista. Y en la vida me ha pasado. En el mes y medio que estuvo mi amigo en coma vi salir a un cura después de darle la extremaunción y al final se salvó.

¿Qué expectativas tienes del estreno de la película en Málaga?
Sé que es un año complicado porque hay películas muy buenas concursando. Pero, mira, poder llevarme a mi abuela con el motocarro, ya me hace feliz. Que se vea en pantalla grande es el mayor homenaje que le podía hacer.

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¿Por qué decidiste que tu abuela actuase en la película?
Yo ya había hecho Sueños y quería ir un poco más allá. Podría haber hecho una historia de amistad. Con esos personajes tengo para hacer siete películas. Pero no quería quedarme ahí, me parecía lo fácil. Podría haber hecho un Krámpack, un 7 vírgenes, El Bola o Barrio, pero yo no quería eso, ya lo he visto… Quería contar una historia sobre cómo varias personas de diferentes generaciones se pueden ayudar. Lo que yo he aprendido de mi abuela lo quería llevar a la pantalla. Y además me parecía un toque de personalidad y diferencia. Una abuela con un motocarro… Y no había ninguna actriz con 92 años que pudiese hacer lo que hace mi abuela. Yo lo sabía. Sólo tenía que poner la cámara. Sabía que por donde me la iba a llevar habría magia.

¿Y qué dice ella?
Quiere hacer otra película. Le enseñé un primer montaje porque tenía mucho miedo de que no llegásemos al estreno. Es que con 92 años, un día no se despierta. Es así. Hice un pequeño pase en el auditorio del pueblo de mi abuela y cuando acabó se quejó de que salía muy poco. Dijo: “Hay dos o tres cosas que no me has sacado, me tienes que poner un poco más”.

¿Vas a repetir como director?
Sí. Los actores dependemos de un guión, de nuestros compañeros, del montador… Pero en esta película, que además me ha permitido ser muy libre porque la he financiado yo, si me la pego, me la pego yo. Y si acierto, el acierto es mío.

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