[Goya 2015] Daniel Monzón: “Los narcotraficantes del sur de España se meten en esto con humor”

Con motivo de los Premios Goya 2015 recuperamos del archivo CINEMANÍA las entrevistas que realizamos a los nominados a Mejor Dirección.

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05 de febrero de 2015

El rugido de dos Harley-Davidson se coló por la ventana de la casa. Nerviosos, Daniel Monzón y Jorge Guerricaechevarría miraron de reojo al productor de El Niño, a escasos metros de la mesa frente a la que esperaban sentados. Llevaban un par de semanas viajando por el sur de España documentándose para su nueva película, una aproximación al ecosistema que envuelve el coladero de droga del Estrecho de Gibraltar y, por fin, después de algunos tanteos con gente del lugar, se habían citado con dos ex narcotraficantes que estaban dispuestos a hablar. De pronto, el borboteo gutural de las Harley desapareció y escucharon unos pasos bruscos aproximándose a la puerta. Dos hombres entraron en la sala plagados de tatuajes y músculos y se sentaron alrededor de la mesa. El productor, intentando romper el hielo, agarró un dvd de Celda 211 y presentó a Daniel Monzón como el director de la película. Uno de los dos hombres se levantó de su silla y miró hacia a él:

– ¿Tú has hecho Celda 211?, dijo con su voz de gran cilindrada.

La pregunta había sonado a amenaza. Daniel Monzón señaló a Jorge Guerricaechevarría, su guionista habitual.

–Él también ha hecho la película, contestó.

–Esto… esto… esto es…

El productor y los guionistas se miraron con temor mientras el ex narco señalaba el dvd. Con el puño de su mano derecha golpeó la mesa con tanta fuerza que ésta se defendió con un crujido.

–¡Esto es PURA VERDAD!, gritó, ¡PURA VERDAD!

El hombre levantó sus voluminosos bíceps y les dio un abrazo. Su compañero, a un lado, movía la cabeza afirmativamente.

–Yo lloré con esta película, dijo.

“Aquel hombre sabía de lo que hablaba pues él mismo era ex presidiario –recuerda Daniel Monzón entre risas–. A partir de ahí, estos hombres fueron libros abiertos. Dos narradores geniales que te contaban las cosas más bestias con la mayor naturalidad y con ese humor tan andaluz. De ellos sacamos el tono que respira El Niño”. “Hablaban con absoluta añoraza de su pasado como narcotraficantes. El dinero era un motor pero no era lo fundamental. Entendimos enseguida que lo que les había atraído cuando eran chavales de 18 años era la adrenalina y la rebelión contra la autoridad”, reponde Daniel Monzón a la pregunta que hace cuatro años le hizo embarcarse junto a Jorge Guerricaechevarría en la que sería su quinta película: ¿Qué hace que un chaval se convierta en narcotraficante? “Empezamos buscando en YouTube vídeos de persecuciones de la policía desde patrulleros y helicópteros, pero enseguida reparamos en un vídeo que había colgado un gomero a bordo de una lancha –recuerda Monzón–. El plano tenía una potencia impresionante, con la lancha a toda velocidad sobre las olas, y la peli me entró por los ojos, pero también nos hizo plantearnos qué mueve a un chico como aquél a meterse en el mundo de la droga”.

UN VIAJE HASTA ‘EL NIÑO’

Aquella búsqueda en YouTube fue el comienzo de un proceso de documentación que duró ocho meses y que Monzón recuerda con gran cariño. “Hicimos un intensísimo viaje geográfico y humano, que es lo que yo quería trasladar al espectador. Viajamos hasta Ketama, en Marruecos, sobrevolamos el Estrecho de Gibraltar en helicópteros de la policía aduanera, hablamos con gomeros, con las fuerzas de la ley… En Celda 211 descubrimos que nuestra inspiración podía ser la propia realidad”, explica el director de El Niño, todavía sorprendido por que el cine no haya visitado en más ocasiones ese punto caliente que concentra, además de un flujo constante de droga, dos continentes (África y Europa), tres países en litigio (España, Inglaterra y Marruecos) y barrios deprimidos al lado de urbanizaciones de lujo. “Hay películas de narcotráfico a punta pala –resume Monzón–, pero ninguna tiene esta idiosincrasia. Ésta no es la historia de Tony Montana. No podíamos hacer ni Traffic ni El precio del poder ni Gomorra. Los narcotraficantes del sur de España se meten en esto con humor y siendo muy inconscientes. Teníamos que contar su historia con nuestra cotidianeidad y nuestro humor”.

Esos narcotraficantes con grasia a los que se refiere Monzón, chavales jovenes que dilapidan el dinero que sacan de traficar en coches o fiestas para todo el pueblo, aparecen retratados en el personaje que da título a la película, ‘El Niño’, un conductor de motos de agua que se introduce en el mundo de los gomeros atraído por el dinero rápido y las adrenalíticas carreras sobre el mar. “Me di cuenta enseguida –explica el director– de que los actores que debían encarnar a estos chicos tenían que salir de la calle, reflejar con toda su carga de frescura, inconsciencia y veracidad lo que los auténticos gomeros nos transmitían”.

Así comenzó el exhaustivo proceso de cásting que Eva Leira y Yolanda Serrano desplegaron por Andalucía hasta dar con el novel Jesús Castro, el actor que encarnaría a ‘El Niño’, en un instituto de formación profesional de Vejer de la Frontera. “Mi compañero de pupitre tenía una autorización firmada por su padre para presentarse a un cásting con el director de Celda 211. Eran las dos últimas horas de clase y yo lo vi como una oportunidad para hacer pellas”, recuerda Jesús Castro que, antes de actor había sido peón en la construcción, electricista, churrero y relaciones públicas de una discoteca. “Cuando me tocó entrar a la prueba vi que había muchas niñas y me dio vergüenza así que me di la vuelta –sigue rememorando el día que le cambió la vida–. La chica del cásting me paró en la puerta. Yo me inventé una excusa pero ella no me dejó salir”.

El papel de ‘El Niño’ era suyo. No sólo tenía el desparpajo y la mirada perfecta, sino que derrochaba química con el actor que interpretaría a su compañero de correrías Jesús Carroza (7 vírgenes, Grupo 7…). Con ellos se introduce el espectador en el mundo del contrabando, una cuestión cultural además de delictiva, de manera que Monzón puso especial atención en conseguir que tanto su amistad como su iniciación en el mundo de la droga fuese verosímil y naturalista.

LA OTRA CARA DE LA MONEDA

“A mí me emociona la relación de amistad entre los personajes de Jesús Castro y Jesús Carroza –admite Daniel Monzón–. Hay otra historia de amistad entre los policías que los persiguen pero carace de esa luz y ese aspecto lúdico, es más claustrofóbica y desesperanzada. Son relaciones que provienen de edades y mundos muy distintos y que, sin embargo, están obligados a chocar porque son las dos caras de una misma moneda”.

La otra cara de la moneda a la que se refiere Daniel Monzón son los policías que combaten día a día el narcotráfico en el sur de España y a los que no sólo Monzón y Guerricaechevarría tuvieron acceso, sino también los actores que ponen cara a su peligroso trabajo en El Niño. Empezando por Luis Tosar, el obsesivo piloto de helicóptero que por el día persigue una trama de tráfico de cocaína en Gibraltar y por la noche, lanchas cargadas de hachís en el océano. Y continuando por Bárbara Lennie, su compañera; Eduard Fernández, un viejo amigo y Sergi López, el jefe de la comisaría.

Hace cinco años que Luis Tosar se alzó con un Goya al mejor actor por su papel en Celda 211 y, sin embargo, el intérprete para el que Monzón había escrito un nuevo papel en El Niño tardó algunas versiones de guión en tenerlo claro. “A ver –nos confía Tosar–, me moría de ganas por trabajar con Daniel otra vez y me gustaba la película, pero no me convencía el personaje y yo con esas cosas soy muy honesto”. “Lo que ocurrió –añade Monzón– es que confío mucho en la opinión de Luis así que le di a leer la primera versión del guión en la que estaba todo esbozado. Construimos a su personaje juntos y estoy muy orgulloso de cómo lo interpretó, huyendo del estereotipo”. No fue algo espontáneo sino una decisión calculada de Tosar. “Malamadre’ fue muy gratificante pero era como una garantía de éxito –explica el actor–. Y sin embargo, mi personaje de El Niño es un éxito con respecto a las cosas que yo quiero hacer, papeles más sutiles, trabajar con elementos más pequeños”. Un éxito que también le debe a los agentes de la policía aduanera que los acogieron a él y al resto del reparto en sus oficinas y a bordo de sus helicópteros y lanchas motoras.

“Las secuencias de acción han sido pura adrenalina”, cuenta Daniel Monzón sobre una decisión meditada a cola de todas esas películas en las que la acción se trabaja en la posproducción. “La película tenía ese estilo directo, casi documental, realista, y entendí que las escenas de acción también debían ser así. Quería que llegasen de forma física al espectador, que no fuesen un mero espectáculo de efectos visuales”, cuenta el director que rodó desde una lancha motora a 100 km por hora y hundió un helicóptero en el fondo del mar. El resultado es tan realista como ese retrato del sur de España que Daniel Monzón y Jorge Guerricaechevarría han logrado hacer a través de las manos que transportan la droga y de aquellas que la persiguen. Un retablo de paisajes y personajes tan cercanos e identificables que a más de uno se le escapará un puñetazo sobre la mesa.

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