[Gijón 2017] Olvida el mundo de mañana

Don Hertzfeldt con su continuación de 'World of Tomorrow' y Harry Dean Stanton con su voz para rancheras nos llenan el corazón.

Por - 22 de noviembre de 2017

¿De qué se habla hoy en Gijón? Lo tierno y emocionante que es el homenaje de Lucky a la figura y leyenda de Harry Dean Stanton. El actor John Carroll Lynch (Zodiac, American Horror Story) ha debutado en la dirección con un guion escrito por actores e inspirado en la personalidad, anécdotas y particularidades del intérprete, fallecido el pasado mes de septiembre. La historia, una tranquila reflexión sobre la muerte y lo que nos llevamos de la vida, lo rodea de un elenco de secundarios todoterreno que, si bien no los vamos a poner a la altura del faro moral de Twin Peaks (también sale David Lynch, por cierto) contribuyen a convertir Lucky en una celebración del oficio de lo que en Hollywood se llama “character actor” y, en el caso de Stanton, diríamos que “nuestro actor favorito”. 200 títulos en IMDb, solamente dos papeles protagonistas: Paris, Texas (1984) y Lucky, donde se marca una interpretación a cappella de la ranchera Volver volver de esas que llenan el corazón. Como las que cierto grupúsculo de crítica e industria se marca en el nuevo reducto karaokil del festival; no es el Cantares, pero tienen suficiente alcohol para sanar las heridas.

¿Qué hemos visto? El gran acontecimiento visual de esta edición del FICX ha sido poder disfrutar en pantalla grande del apabullante viaje interdimensional de World of Tomorrow Episode Two: The Burden of Other People’s Thoughts. Un corto que por sí solo justifica ir a un festival. En 2015, el animador californiano Don Hertzfeldt nos dejó sin aliento con la hondura y capacidad inventiva de World of Tomorrow, una pequeña pieza de animación digital que, en teoría, simplemente había nacido como ejercicio de aprendizaje en el manejo de una herramienta que era nueva para el autor, habituado a la animación tradicional. Lo hizo partiendo de bocetos inconexos y breves grabaciones de diálogos en voz alta de su sobrina pequeña jugando sola. El resultado es quizás el mejor relato de ciencia-ficción de la década, un tripi astral de luces y colores y el relato de transmisión de cariño y conocimiento entre madres e hijas (o un clon y la versión infantil de su original) más conmovedor que se puede conseguir con personajes de apenas una docena de líneas.

Pues bien, la secuela que propone Hertzfeldt en The Burden of Other People’s Thoughts retoma al personaje infantil de Emily Prime y propone un viaje complementario al que realizaba en el primer corto hacia otros confines del tiempo y el universo. Pegando un repaso muy serio al viaje al interior de las emociones que planteó Pixar en Del revés (Inside Out), en World of Tomorrow Episode Two nos introducimos en la mente de la pequeña Emily, pero también de una copia de seguridad defectuosa e incompleta de un clon de tercera generación de sí misma que acude desde el futuro en busca de ayuda, consuelo ante el tormento que le producen todos los recuerdos inexistentes acumulados en su interior. Intenta procesar las implicaciones de esa frase en menos de 1 segundo, porque los 22 minutos del corto están repletos de conceptos así en sucesión vertiginosa, enmarcados en mundos de abstracción y nebulosas digitales que expanden la paleta cromática de World of Tomorrow hasta límites cósmicos. Otro ejemplo: un manglar mental que oculta destellos de esperanza porque su propietaria los enterró allí “cuando era demasiado doloroso aferrarse a ellos”.

Desde el mismo subtítulo, todo en esta secuela, más alambicada y compleja que su origen, puede parecer pesimista. Al fin y al cabo, lo primero que anuncia la visitante temporal es la destrucción de la Tierra. Pero el existencialismo de Hertzfeldt no lleva a la depresión, sino a la voz de nuestros niños interiores; ese ser Prime del que cada uno somos una adulta copia ajada. A vivir el momento presente con la audacia de una niña pequeña con coletas que dibuja un pato, sin la carga de los pensamientos de los demás ni del mundo de mañana.

Una versión mucho más nihilista y destructiva de esta idea podemos encontrarla entre las imágenes dislocadas de Quiero lo eterno, el nuevo trabajo cinematográfico de Miguel Ángel Blanca, conocido por su faceta musical con el grupo Manos de Topo. El de Sabadell, que además de ser capaz de cantar con el timbre de voz más irritante del pop español también dirige películas tan absorbentes como La extranjera (2015), conoció a un grupo de adolescentes de Barcelona con familias pudientes y comportamiento agresivamente incoherente de los que quedó tan fascinado que decidió hacer una película con ellos.

Se puede cuestionar sobremanera el poder de fascinación real de ver a unos chavales comportándose de manera arbitraria, haciéndose tatuajes amateur, deambulando e incluso quemando viva a una persona (tranquilidad: no es un documental, sino una pesadilla ficcionada), pero el ensamblaje impresionista de las distintas secuencias grabadas por Blanca con la colaboración e improvisación de sus sujetos de estudio consigue transmitir la seducción del caos. Imágenes destartaladas, pantallas de móvil reencuadrando por doquier, banda sonora opresiva y un cerro de noche. Con esos elementos, como para preocuparse por el no future.

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