[FICX 2019] ‘Babyteeth’: ortodoncia emocional para millennials

La australiana Shannon Murphy dirige un romance con enfermedad protagonizado por Toby Wallace y Eliza Scanlen donde el amor es la mejor quimioterapia.

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21 de noviembre de 2019

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  • 9 de cada 10 programadores de festivales de cine lo recomiendan: ponga en su programa una película que lleve en su título una metáfora bucodental. Algo ocurre entre el cine, nuestra dentadura, y las familias disfuncionales. O al menos, así pasa con Canino, Thumbsucker o Babyteeth, de la australiana Shannon Murphy.

    Esta nueva entrega del sub-sub-sub-género que me acabo de inventar y que paso a bautizar como “ortodoncia emocional”, se llama Babyteeth (“dientes de leche”), y se titula así en honor a la pieza extra que todavía no se le ha caído a Milla, su protagonista, en metáfora de su ingenua y virginal personalidad. La chica tiene que pasar la fase oral y sacar colmillo. Un cáncer desencadenará ese proceso.

    Lo que nos encontramos aquí no es para nada original. Se trata de la enésima versión edulcorada de La dama de las camelias de Alejandro Dumas (hijo) tal y como la recuperó Robert Evans para el cine comercial en Love Story (1970), la película que le dio al recientemente fallecido director fama, dinero y a una estupendísima mujer como Ali MacGraw. En resumen: chico y chica que se caen de guapos, chica con enfermedad terminal… y un tsunami de lágrimas en la platea.

    De Noviembre dulce a Otoño en Nueva York, el cine comercial lleva repitiendo la estructura año tras año. Ni siquiera es una novedad su adaptación millennial, pues todavía están húmedos los lacrimales después de Yo, él y Raquel (Gómez Rejón, 2015). Babyteeth, sin embargo, aporta interesantes variantes estilísticas a la sobadísima historia.

    En primer lugar, está un casting más que logrado. Él (Toby Wallace, ganador en Venecia a actor revelación), es un veinteañero callejero repudiado por su familia con look trapero a lo Pimp Flaco (tatuajes handopke en la cara, corte de pelo de perro bichón maltés, camiseta sin mangas y eso pluma); ella (Eliza Scanlen) es, como cabía esperar, todo lo contrario: una niña bien de colegio privado, estudiosa del violín, de casa con piscina y padres cultivados. Como es cine, los opuestos se atraen, y el amor se convierte en la mejor quimioterapia para el cáncer de ella.

    La historia se presenta fragmentada, como si de los stories de la cuenta de Instagram de Milla se tratara, consiguiendo plasmar la sensibilidad estética de la generación que retrata. A medida que se desarrolla la enfermedad, comprendemos que la metástasis está en la sociedad que rodea a la virginal criatura, con una madre depresiva, un padre narcisista, un novio adicto…

    El epílogo sentimentaloide, aunque inevitable, es discutible pero, y aquí me perdonarán la confesión íntima, difícilmente puedo hablar mal de una película que tiene en su banda sonora canciones de dos de mis discos favoritos de la historia como son los firmados por Badly Drawn Boy y Vashty Bunyan, que encajan a la perfección con el leitmotiv de los pajarillos exóticos (lo que bien pensado, tampoco tiene mucho mérito, pues su música encaja bien con cualquier cosa).

    Si Babyteeth juega con los géneros sin atisbo de caries, no podemos decir lo mismo de otra película a concurso en Gijón, Saturday Fiction, de Lou Ye. Nos situamos: Shangai 1941, la ciudad es un desmadre de espías, contraespías y trampillas varias. Japoneses, chinos de un signo y otro, franceses… El director quiere rodar el caos con unas escenas iniciales que consiguen confundir al espectador (tal vez demasiado). Parece un niño que hubiera descubierto a Raoul Coutard, el mítico operador de cámara de la Nouvelle Vague, hace dos días, y le hubiera dado Katovit con Red Bull para desayunar.

    Por si fuera poco, al thriller le añade la metaficción: una actriz interpretada por el mito Gong Li llega para interpretar una obra de teatro a las órdenes del que un día fue su amante… Complica en exceso las formas de una historia bastante simple, cuyo principal aliciente es (agárrense que vienen curvas), hacer pasar a Gong Li, orgullo nacional de la República Popular China, ¡por una japonesa! Esto, que a nivel de estereotipos no es ni mucho menos una cuestión menor, es lo más interesante de un filme con algún problema de edición y guion. No es un dolor de muelas, pero tampoco acaba uno con el frescor de un enjuague bucal.

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