[Sitges 2016] Día 2: De brujas del amor, atracos en Texas y monstruos de toda la vida

Thrillers trepidantes, un kaiju eiga canónico y alguna que otra poción de amor para el segundo día de festival.

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09 de octubre de 2016

Pisamos el acelerador en nuestra segunda jornada de festival, que incluye thrillers trepidantes, un kaiju eiga canónico y alguna que otra poción de amor.

The Love Witch

Anna Biller está obsesionada con el cine de explotación erótica de los sesenta y setenta. Su primera película, Viva, era una celebración de la serie B -o menos- de la época, con la historia de una inocente fémina que, cual Justine de los suburbios, se ve sumergida en un delirante submundo de pasión desbordada y frenesí carnal. The Love Witch llega una década después subiendo la apuesta: la referencia sigue siendo el cine de explotación de tintes eróticos y psicodélicos de los sesenta, pero se le suma la moda satanista de la época y las películas de bajísimo presupuesto que contaban cómo inocentes amas de casa americanas caían en la tentación de los filtros de amor y los rituales en el sótano. Hablamos, por supuesto, de películas más conocidas como La semilla del diablo o Satán, Mon Amour, pero también de disparates satánicos que Biller demuestra conocer bien como El rastro, Blood Orgy of the She-Devils o La estación de la bruja.

Con un trabajo de ambientación exquisito mucho más meticuloso que el de Viva (Biller se encarga también de diseño de vestuario y escenarios), The Love Witch lleva a cabo un homenaje inteligentísimo a la época, apoyado también en la forma de rodar y los recursos propios aquellos días de montaje, fotografía, efectos y estructura de guión. Pero The Love Witch es mucho más que un logradísimo facsímil: su historia de una bruja desesperada por encontrar a su hombre ideal permite poner en solfa los roles masculinos y femeninos en el juego de la seducción, en un complejo y divertísimo discurso sobre las ideas preconcebidas sobre el amor que se permite reivindicar todo tipo de formas de feminismo pop y antidogmático, desde Russ Meyer a las teorías de la wicca.

Comanchería

Dos hermanos (Chris Pine y Ben Foster) inician una serie de atracos-relámpago a bancos de Texas con el fin de conseguir dinero suficiente para pagar una tramposa hipoteca bancaria que puede dejarles sin la granja de sus padres. En persecución contada en los impasses entre volantazos al cadencioso ritmo de una espléndida y apropiadísima banda sonora de Nick Cave y Warren Ellis, tras su pista van un par de rangers, el inminente jubilado Jeff Bridges y su compañero Gil Birmingham, mitad indio y mitad mexicano. Así arranca este thriller polvoriento de David Mackenzie, un director experimentado pero cuyo trabajo no ha llegado nunca a despegar del todo, pese a películas tan interesantes como Convicto, Obsesión o Perfect Sense. Lo que viene después es un par de hermanos de caracteres diametralmente opuestos dándose cuenta de que, por mucho que se esfuercen, están condenados a ser miserables eternamente, del mismo modo que los rangers que les persiguen hacen que el espectador se percate, en paralelo, de que el auténtico villano de esta historia es el banco que los puso contra las cuerdas.

Rodada con un nervio impresionante (las breves huidas a toda velocidad de los atracos son tan económicas como impactantes), lo que realmente distingue a Hell or High Water de otros westerns disfrazados de thrillers fronterizos es el mimo con el que Taylor Sheridan, guionista de Sicario, define a sus personajes, llenos de claroscuros y cortados con diálogos afiladísimos y llenos de humor. Las diatribas que el ranger Bridges, borracho y en la habitación de un motel, le lanza a su compañero mientras escuchan a un telepredicador son tan incorrectas como divertidas, y personajes como los de la camarera que se niega a soltar la generosa propina que ha recibido gracias al dinero robado son a la vez la cara luminosa y melancólica de esta soberbia película de atracos.

The Girl with All the Gifts

Ni un día en Sitges sin su película de zombies, en este caso de la variante infectados. Nada mejor que el día de la ya clásica Zombie Walk por las calles de la ciudad para esta adaptación de una novela de éxito en Gran Bretaña que ha escrito el propio autor de la misma, M.R. Carey. Se encarga de comandar la película el escocés Colm McCarthy, que acierta con un tono inicial enigmático y que da pocas explicaciones: un grupo de niños retenidos en una base militar son conducidos, como parte de una rutina diaria, a un simulacro de clase escolar a la que llegan en sillas de ruedas y completamente inmovilizados. Pronto descubrimos que la prtagonista, Melanie, y el resto de los chicos son infectados, pero peculiares: de una segunda generación.

Como sabe todo espectador de El día de los muertos, las bases secretas y valladas para mantener a los caníbales a raya, donde conviven científicos con sed de sangre y militares de gatillo fácil, no suelen tener finales felices. Por supuesto, en The girl with all the gifts, el caos estalla, y ahí es cuando empezamos a saber más sobre esos dones de Melanie del título y también cuando el interés decae parcialmente. Una inesperada Glenn Close hace de científica con ganas de hacer pedazos a los infectados, y suyos son los mejores parlamentos de la película, los que explican la cronología de la infección. Una infección que interesa más cuanto menos se sabe ella. De tono esperanzado pero con ocasionales y muy bienvenidos arrebatos de violencia infantil, The girl with all the gifts no aporta gran cosa al canon infectado, pero como viaje momentáneo a una visión británica del post-apocalipsis, se sostiene dignamente.

Shin Godzilla

Después del interesante (a ver, es un lagarto atómico que destroza ciudades con la cola, es interesante por definición) pero insuficiente remake norteamericano, sus genuinos creadores recuperan al Dios de los Monstruos para demostrar, con una producción divertidísima y que ha arrasado en la taquilla japonesa, que nada como un par de japoneses tronados para hacer una buena película de Godzilla. Se trata de Hideaki Anno y Shinji Higuchi, respectivamente creador de Neon Genesis: Evangelion y adaptador al cine de Attack of the Titans, así que ambos saben un par de cosas sobre devastadoras criaturas gigantes.

Anno y Higuchi adoptan una peculiar postura pseudo-documental que les hace reflejar con todo detalle qué pasaría en las entrañas de Japón si un lagarto radioactivo gigante surgiera del mar: se desataría el caos burocrático. Funcionarios y militares incapaces de actuar, gabinetes de crisis inútiles, primeros ministros al borde de un ataque de nervios y, sobre todo, molestas injerencias extranjeras. Shin Godzilla está cargada de un peculiar nacionalismo japonés que pone en solfa, cómo no, a los norteamericanos. Hiroshima y Nagasaki se mencionan abiertamente, por supuesto, pero también se trata entre líneas la crisis de Fukushima. Desde su nacimiento, Godzilla ha sido una criatura cargada de significantes y esta encarnación, de acabado CGI pero de espíritu disfraz-de-goma, no iba a ser menos.

Lo importante es que como película meramente de Godzilla, este Godzilla: Año cero funciona perfectamente: la escala de la destrucción es monumental, y en algún momento alcanza la categoría de pornografía para fans del kaiju eiga. Shin Godzilla rebosa conocimiento de causa y guiños a los clásicos de la saga, convirtiéndose en una reformulación autoconsciente y muy segura del poder evocador del mito.

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