[Festival de San Sebastián 2016] La toma de la montaña

'La reconquista', la cuarta película de Jonás Trueba, hace un ejercicio de autoafirmación romántica rotundo y desigual como una cordillera.

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22 de septiembre de 2016

En cierto momento de Tres recuerdos de mi juventud (Arnaud Desplechin, 2015), la versión adolescente del protagonista Paul Dédalus (Quentin Dolmaire) le dice a su novia Esther (Lou Roy-Lecollinet), tan magnética como el centro de la Tierra, que ella para él existe con fuerza, “como una montaña”. Que le den a los cursis espirituales: no hay mejor forma de definir la magnitud de un primer amor, juvenil y arrebatado, que lo telúrico e infranqueable.

En La reconquista, cuarta película de Jonás Trueba, asistimos al reencuentro de dos treintañeros que fueron novios en el instituto, Olmo (Francesco Carril) y Manuela (Itsaso Arana), y se ponen al día de sus respectivas vidas una noche de Navidad en Madrid. Su cita una vez pasado el tiempo ella se ha ido a vivir a Buenos Aires, él convive con su nueva pareja, cargada de circunloquios verbales sobre el espacio que ahora (ya) no ocupan (juntos), no tiene nada que ver con las tribulaciones de Mathieu Amalric y Emmanuelle Devos en Comme je me suis disputé… (ma vie sexuelle) (Desplechin, 1996), donde interpretaban a las versiones adultas de los mencionados Paul y Esther, pero es capaz de invocar y sugerir similares cantidades de pasado en común. Tierra bajo los pies. Por algo quedan en las escaleras que suben, en zigzag, desde la calle Segovia a Las Vistillas.

El cine de Trueba, donde todas las canciones suelen sonar a Truffaut, Rohmer, Garrel y Hong sin disimulo ni pudor, ha hecho desde el principio un gran trabajo por convertir la geografía madrileña en territorio emocional difícil de transferir y La reconquista no es una excepción. Tras pasar la noche con Manuela entre bares y clubs clandestinos de baile (!), Olmo vuelve a casa en moto desde La Latina a Comendadoras. Suena Rafael Berrio, inesperado puerto de paso musical (y mejor cameo) en la orografía de esta historia, y la llegada a la relación de pareja asentada con el personaje de Aura Garrido que la actriz capea con talento; muy grandes las tres actuaciones femeninas de la película corre el riesgo de llevar el resto del relato por terrenos tan previsibles y pueriles como las imágenes que empieza a acumular.

Afortunadamente, la propia narración bordea ese camino para no retomarlo (pecado de los dos planos finales), abriendo paso a un flashback donde las versiones adolescentes de Olmo y Manuela tiemblan y viven su romance prepubescente, epistolar y finisecular. Tres palabros a los que les suele ir muy bien la teatralidad frontal de Eugène Green hay mucha, mucha lectura de carta; una en concreto es el macguffin de toda la historia—, pero que Trueba filma con una voluntad de naturalismo genial, captando incluso la incomodidad de sus actores ante la cámara; diría que los mejores menores del cine español desde La leyenda del tiempo (Isaki Lacuesta, 2006).

En ese tercer acto, donde Olmo confiesa que lo suyo no son las emociones fuertes de una montaña rusa sino la estabilidad del suelo bajo los pies, es también donde La reconquista encuentra su equilibrio, frágil y provisional, entre la inmadurez y la lucidez del amor obsesivo. “Nosotros somos mejores que los otros. Nuestro amor vale la pena. El suyo es trivial”, le decía Paul a Esther en un gran momento de Comme je me suis disputé… Como si fuera Olmo escribiendo a Manuela. Y tuvieran 15 años.

P.D.: Si esto ha sido una crónica centrada exclusivamente en La reconquista no es sólo porque sea un tipo de cine español, cargado de fallos y decisiones audaces, al que merezca la pena cuidar. La otra opción era hablar de Snowden, de Oliver Stone, y ahí sí que es mejor callar. No por miedo a la NSA o la CIA, sino a la úlcera biliar.

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