Esa es la historia hollywoodiense que recrea ‘Mank’ (y que tanto fascina a David Fincher)

Escrita por Jack Fincher, padre de director, la película de Netflix se centra en la historia de Herman J. Mankiewicz y la realización de 'Ciudadano Kane'.

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06 de septiembre de 2020

Desde que Perdida fuera estrenada en 2014, David Fincher ha estado apartado del cine. Algo que para sus fans ha supuesto una agonía de seis años, durante los cuales uno de los grandes cineastas contemporáneos ha ido evaluando proyectos con toda la tranquilidad del mundo: estuvo tanteando hacerse cargo de una secuela de Guerra Mundial Z (que, por condicionamiento, de repente nos apetecía a todos) y, sobre todo, se involucró en Mindhunter.

Encargándose del piloto y ejerciendo desde entonces de productor ejecutivo, esta serie terminó siendo cancelada de forma indefinida por Netflix, pero durante el tiempo que duró pudo tamizar la ansiedad que la cinefilia sentía hacia un próximo proyecto firmado por Fincher que se retrasaba y se retrasaba… hasta que la misma plataforma de streaming anunció que se haría cargo de su nueva película. Su título era Mank.

Y, al parecer, se trataba de un film muy personal para el director de Seven. De hecho, el guion había sido escrito por su padre Jack poco antes de su fallecimiento en 2003, y en la actualidad parecía ajustarse a los deseos de Fincher por bucear tanto en la historia norteamericana reciente (Zodiac, La red social o la propia Mindhunter) como en las mentes masculinas y atormentadas que la espolearon (fuera Mark Zuckerberg, Charles Manson o… bueno, el Asesino del Zodíaco).

El caso es que Mank supone un film, sobre el papel, muy diferente a estos títulos. Se ambienta en el Hollywood de los años 30, y tiene como objetivo indagar en la gestación de Ciudadano Kane, considerada largamente una de las mejores películas de la historia del cine. Toma el punto de vista para ello de su guionista, Herman J. Mankiewicz. A partir de este enfoque se puede empezar a apreciar, sin embargo, que esto no va a ser una carta de amor al cine, o al Hollywood clásico, o a lo que sea.

En cambio, va a ser una historia de ambición, traiciones y egos rotos. Va a ser, en definitiva, una película de Fincher, de cuyos detalles (y si no temes los spoilers históricos) puedes enterarte a continuación.

Un director, un guionista, un actor, un solo hombre

Empecemos por lo básico. Orson Welles (que es interpretado por Tom Burke en Mank) estrenó Ciudadano Kane en 1941, fruto de un acuerdo enormemente jugoso contraído por RKO Pictures según el cual podía producir, dirigir, escribir y protagonizar dos películas. El estudio tenía que aprobar la historia y diseñar un presupuesto al que ajustarse, pero más allá de eso Welles contaba con plena libertad para hacer el film que quisiera y, en lo que era toda una revolución para la época, tener derecho al montaje final.

¿Qué había motivado a George Schaefer, dirigente de la RKO, a hacerle una propuesta así? La creencia de que Welles era algo parecido a un niño prodigio, lo que su carrera reciente avalaba. Interesado inicialmente en el teatro y obsesionado por Shakespeare, Welles había fundado en 1937 la compañía Mercury Theatre, con el fin de representar obras independientes en Nueva York. El repertorio incluía tanto adaptaciones del bardo como obras de todo tipo (incluyendo ficciones pornográficas) a ser grabadas y retransmitidas por la radio si se daba la oportunidad.

Welles fundó el Mercury Theatre en compañía del productor John Houseman (encarnado en el film de Fincher por Sam Troughton), y ambos seleccionaron un equipo de talentos donde encontrábamos a Joseph Cotten o Agnes Moorehead, quienes protagonizarían en el futuro tanto Ciudadano Kane como el siguiente trabajo de Welles como director, El cuarto mandamiento (1942). El Mercury Theatre fue ganando progresivamente notoriedad en el circuito cultural neoyorquino, pero todo cambió el 30 de octubre de 1938.

Ese día, dentro del espacio The Mercury Theatre on the Air, Welles adaptó para las ondas La guerra de los mundos de H. G. Welles, realizando una performance tan convincente que miles de estadounidenses creyeron que efectivamente el país estaba siendo invadido por alienígenas. Con una repercusión mediática de antología, Hollywood no tardó en interesarse por ese veinteañero insolente, siendo Schaefer quien le convenció de asociarse con RKO.

Welles era un talento inquieto y burbujeante, que no obstante atravesó numerosas dudas antes de dar con el primero de los dos proyectos que le ofrecía el estudio. Inicialmente planeó una adaptación de El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad, pero lo experimental de su planteamiento (optando continuamente por planos subjetivos, sin que el protagonista estuviera presente en pantalla), condujo a que todo quedara en nada.

Las dudas de Welles motivaron rumores malintencionados sobre cómo en los platós de RKO se hacían apuestas por si el acuerdo podía expirar sin que la joven promesa hubiera hecho una sola película. Welles, no obstante, consiguió alternar esta crisis de inspiración (que palió viendo La diligencia de John Ford más de treinta veces, según contó después) con la gestión del éxito del Mercury Theatre, contratando en 1940 a un prestigioso guionista llamado Herman J. Mankiewicz para trabajar en el espacio The Campbell Playhouse.

Conozcan a Mank

A finales de los años 30, el guionista apodado como “Mank” era uno de los personajes más célebres de Hollywood. Hijo de judíos germanos y hermano mayor de Joseph L. Mankiewicz (que no empezaría a dirigir clásicos indiscutibles del cine hasta mediados de la década siguiente, y que tiene los rasgos de Tom Pelphrey en la producción de Netflix), Herman había iniciado su carrera como periodista, en medios como Vanity Fair, The Saturday Evening Post o el New Yorker, donde ejerció de crítico teatral.

En 1927, sin embargo, la carrera de Mank dio un vuelvo al ser puesto al frente de la división de guiones de Paramount Pictures, encargado de decidir qué historias merecían verse en pantalla y escribiendo ocasionalmente algunas de estas. Muchas veces ni siquiera llegaba a estar acreditado; simplemente ejercía de script doctor, y desempeñaba funciones tan vitales como resolver que la parte de Kansas en El mago de Oz (1939) debía tener mucho más peso que en la novela original de L. Frank Baum.

Mank sentía una afinidad especial por la comedia (despreciaba, de hecho, tanto los westerns como los dramas cursis), y ejerció de productor en varias películas de los hermanos Marx como Pistoleros de agua dulcePlumas de caballo, de 1931 y 1932. Su sentido del humor corrosivo le convirtió en alguien muy querido dentro de la industria, sin que hubiera una fiesta a la que dejara de ir o comentario sarcástico que eludiera lanzar.

Mank también era alcohólico, y en su época de mayor notoriedad encontró un compañero de juergas perfecto en Charles Lederer (Joseph Cross en la versión fílmica de la historia). Lederer no era solo un guionista talentoso con un similar gusto por la comedia (escribiendo Luna nueva, Los caballeros las prefieren rubias o adaptando El enigma de otro mundo que dirigiría Howard Hawks y remakearía John Carpenter); también era alguien muy bien relacionado en la noche hollywoodiense gracias a su tía.

Esta era Marion Davies, amante de William Randolph Hearst e interpretada por Amanda Seyfriend en Mank. Hearst, por su parte, era un magnate de la comunicación increíblemente poderoso (muy apropiado que Charles Dance, nuestro Tywin Lannister, lo vaya a encarnar en el film de Fincher), que acostumbraba a celebrar grandes fiestas en su castillo de San Simeón, California. A estas eran invitadas las grandes luminarias de la vida angelina, y Lederer consiguió que Mank acabara recibiendo invitación.

Mank y Lederer poseían un sentido del humor muy afín y pronto tomaron la costumbre de ridiculizar a Hearst en cuanto tuvieran ocasión, poniendo en solfa (y a sus espaldas) la tremenda megalomanía que le caracterizaba. De hecho, cuando Mank fue expulsado de San Simeón no se debió a un chiste hecho a destiempo: simplemente, su alcoholismo era excesivo incluso para los estándares de eventos así, y se le prohibió la entrada a la mansión para los restos.

Por entonces Mank llevaba tiempo dándole vueltas a un guion titulado The Tree Will Grow, basado en la vida del famoso criminal John Dillinger que había muerto en 1934. El enfoque que Mank quería darle a la historia era bastante novedoso, al consistir en una biografía contada a través de terceras personas cuyos episodios podían incluso repetirse o matizarse según fuera el emisor de la información. Una estructura a base de flashbacks enormemente compleja, y muy alejada de lo que el guionista solía escribir.

En 1938, Mank y Welles se conocieron en Nueva York e hicieron buenas migas, hasta el punto que un año después el futuro director acudió a verle al hospital tras sufrir un accidente de tráfico. Welles, consciente del inmenso talento de su nuevo amigo, eventualmente le habló del contrato con RKO que tanta ansiedad le causaba.

Llegan las complicaciones

Welles y Mank se pusieron de inmediato a trabajar en un pitch para RKO, y pusieron en común la idea de que su película se centrara en la vida de un hombre poderoso. La secuencia March of Time que sucede al inicio de Ciudadano Kane fue, de hecho, lo primero que les vino a la cabeza, y Welles sintonizó con la idea extraída de The Tree Will Grow de contar la historia a través de varios fragmentos donde primara las subjetividad. En 1940 empezaron los desacuerdos, al tiempo que la confusión a la hora de saber qué ocurrió de verdad.

Podemos abrigar más o menos la certeza de que Mank fue el responsable de que Ciudadano Kane se basara con su Charles Foster Kane en William Randolph Hearst y su Xanadú fuera San Simeón; al fin y al cabo, por motivos biográficos y por cercanía a Marion Davies (máxima inspiración del personaje que encarnaría Dorothy Comingore en el clásico de 1941) era lo lógico. A partir de ahí se desató el caos, naciendo un progresivo distanciamiento entre ambos que únicamente empeoró cuando la prensa entró en conocimiento del proyecto.

Según distintas fuentes, Hearst y Davies se enteraron de la película por culpa de Lederer, a quien Mank le había hablado de la idea, lo que condujo a una campaña para hundir el film que se prolongaría hasta tiempo después de su estreno. En su preproducción, Welles resolvió enviar a Mank al rancho North Verde en Victorville, California para alejarle de la presión mediática mientras terminaba de escribir el guion. A su vez, desde Beverly Hills, Wells seguiría trabajando en él.

Mank no estaría solo en Victorville: le acompañarían su secretaria Rita Alexander (interpretada por Lilly Collins) y Charles Houseman, a quien Welles había enviado para “ayudar” al guionista, aunque su misión en realidad era vigilar que escribiera. El alcoholismo de Mank le había convertido en alguien totalmente imprevisible, susceptible tanto a los cambios de humor como a los arrebatos de genialidad. Mank, Alexander y Houseman trabajaron durante 12 semanas.

La versión oficial establece que el guion final de Ciudadano Kane nació a partir de la unión de lo escrito por Mank en Victorville y por Welles en Beverly Hills, pero los sucesos posteriores emborronan cualquier posibilidad de dar con una verdad unívoca, a espera de ver lo que hace David Fincher. Lo importante es que al poco de que Ciudadano Kane empezara su rodaje (para entonces, convertido en una película de la que todo Hollywood había oído hablar), la amistad de Mankiewicz y Welles estaba totalmente rota.

Y no faltaron motivos para ello. Para empezar, por culpa de RKO: a medida que el proyecto se desarrollaba, el estudio empezó a anunciarlo como una película “producida, dirigida, escrita y protagonizada por una única persona”, Orson Welles. A efectos publicitarios el caso era lo suficientemente llamativo como para maquillar la verdad, y todo empeoró cuando en un reportaje de Louella Parsons, periodista relacionada con Hearst, Welles revelaba que el guion era obra exclusivamente suya.

Hay que insistir llegados a este punto que dista de haber una versión definitiva de la historia, pero lo que está fuera de dudas es la ira de Mank, que según algunos estudiosos señalarían después acabó acudiendo al Screen Writers Guild para reclamar la autoría del libreto. Como resultado de esta gestión, el guion de Ciudadano Kane quedó firmado definitivamente por Herman J. Mankiewicz y Orson Welles en conjunto aun cuando, según Mank, Welles no hubiera “escrito ni una sola línea”.

El resto es historia. La campaña de Hearst contra Ciudadano Kane ganó virulencia gracias al papel desempeñado por Parsons (argumentando que Welles le había engañado sobre los referentes que manejaba el film), y cuando la película fue nominada a nueve premios de la Academia nadie pensaba que fuera a ganar alguno: el magnate había puesto a todo Hollywood en contra de la película, y ni Herman ni Welles se molestaron en asistir a la ceremonia.

Sin embargo, el único Oscar que obtuvo Ciudadano Kane fue precisamente el correspondiente a su guion, atribuido ex-aequo a Welles y Mankiewicz.

Una historia a la que volver

No resulta difícil entender qué le atrae tanto a Fincher de la historia referida. Más allá del glamour del Hollywood clásico, la enemistad de Welles y Mankiewicz remite al esencial duelo tradición-modernidad (siendo Mank absorbido por los vientos del cambio para fallecer de un cáncer renal en 1953) e incluso a egoísmos capaces de destruir relaciones y carreras, como el mismo Fincher retrató junto a Aaron Sorkin en La red social.

Más allá de lo seductor que sea este argumento, también se da el caso de que la autoría de Ciudadano Kane ha dado de qué hablar durante décadas, paralelamente a que su estatus como hito cinematográfico creciera (a su estreno en 1941 las presiones de Hearst lograron que fuera un fracaso de taquilla). Fue en 1971, sin embargo, cuando el debate ganó intensidad, gracias al artículo que la influyente crítica de cine Pauline Kael publicó en el New Yorker.

Su título era Raising Kane, y aunque el gran propósito del mismo era reivindicar la figura semiolvidada de Herman J. Mankiewicz (en tanto a su labor como productor y guionista en los años 30), Kael no dudaba en suscribir la teoría de que él era el único guionista de Ciudadano Kane, sin que Welles hubiera tomado parte efectiva en el libreto. Las fuentes principales del artículo eran la secretaria Rita Alexander y Charles Houseman, que durante la estancia en Victorville parecía haber redirigido sus lealtades de Wells a Mank.

El artículo causó un gran revuelo en la prensa de la época y sobre todo enfureció a Peter Bogdanovich, gran amigo de Welles. El director de La última película escribió en 1972, de hecho, un artículo en respuesta al de Kael titulado The Kane Mutiny y publicado por Esquire, donde aparte de defender la vinculación de Welles al guion negaba otras afirmaciones sostenidas por la escritora (como el hecho de que Lederer había sido el culpable de que Hearst descubriera Ciudadano Kane).

En 1978 Robert Carringer escribió otro ensayo, The Scripts of Citizen Kane, donde ofrecía la conclusión de que efectivamente nos hallábamos ante un escenario de doble autoría: Mank había contribuido con la idea, la estructura y la documentación sobre Hearst (el término “Rosebud” era el nombre bien de una bicicleta en la que solía montar de niño o un apodo para el clítoris de Marion Davies, según a quién le preguntaras), pero Welles también había trabajado los diálogos y los principales elementos de la historia.

Por el momento es la versión definitiva que tenemos del caso, y aquella por la que se guió el telefilm RKO 281: La batalla por Ciudadano Kane, dirigido por Benjamin Ross en 1999 con Liev Schreiber y John Malkovich en los papeles de Orson Welles y Herman J. Mankiewicz. Y es la versión con la que nos quedaremos preventivamente, antes de que Fincher revitalice a buen seguro el debate con Mank.

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