¿Es en serio? ‘Cats’ y otros seis musicales muy, muy locos

¿Gatos con forma humana cantando y bailando alegremente? ¿Por qué no? También ha habido alienígenas transexuales, musicales nudistas o coreografías en las tramas más disparatadas.

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27 de diciembre de 2019

De acuerdo. La idea de que en medio de la acción de una película, por muy cómica, dramática o intimista que sea, sus protagonistas empiecen a cantar y bailar, solos o con la complicidad de otros personajes que pasaban por allí, ya es de por sí bastante desconcertante. Pero el musical es uno de los grandes géneros y el que inició oficialmente el cine sonoro con El cantor de Jazz en 1927. Sus códigos están plenamente reconocidos y aceptados.

Esto no es obstáculo para que algunas propuestas hayan chirriado, al menos al principio, recurriendo a las tramas más impensables que uno pueda imaginarse. Y sí, una cosa son las producciones en Broadway, en el West End Londinense o donde sea, en vivo y en directo arriba en los escenarios, y otra su adaptación al lenguaje cinematográfico. El británico Tom Hooper debe saberlo muy bien. Responsable de la versión musical Los miserables, en 2012, o de Cats, recién llegada a nuestras salas. Lo último en locuras musicales.

Porque es aquí donde nos hemos topado con la extrañeza que ha supuesto trasladar a sus felinos protagonistas con sus rasgos característicos, pelajes y largas colas a la pantalla confiriéndoles un aspecto tan humano (y con el rostro de reconocidos intérpretes como Judy Dench, Jennifer Hudson, Idris Elba, Ian Mckellen, Jason Derulo o la cantante Taylor Swift). Ni siquiera el espectador del siglo XXI, curtido en mil batallas, polémicas e imágenes fuertes ya solo a través de las series, estaba preparado para el Cats de Hooper. Pero antes que él, otros visionarios, osados o mentes de lo más cachondas se atrevieron a darle un nuevo brío al género musical.

‘El fantasma del Paraíso’ (1974)

El concepto. Por supuesto que la novela de Gastón Leroux es propicia a cualquier adaptación musical. Ahí está otra mítica obra de Andrew Lloyd Webber desde su estreno en 1986 en Broadway, pero una década antes la idea también se le ocurrió a Brian De Palma, el cineasta devoto de Hitchcock, con guion original propio y mezclando El fantasma de la ópera con ingredientes de Fausto y El retrato de Dorian Grey. Una versión moderna que nos trasladaría del siglo XIX a mitad de los años setenta, y dejando que sonara el rock and roll. La música y la letra la puso Paul Williams (y que también interpretó a uno de los personajes principales de la película, Swan, el mefistotélico magnate discográfico).

El resultado. Grotesco y desmesurado, pero una genialidad en clave glam-gótico. Uno de los musicales más originales jamás rodados, además de una crítica mirada al mundo de la música, proclive a cualquier tipo de excesos y con productores y cantantes dispuestos a vender su alma al diablo para lograr el éxito. El “fantasma” se llamaba Winslow (William Finley), una figura siniestra pero tirando más a patética y trágica, y una estupenda Jessica Harper encarnó a Phoenix, la chica que le robaba el corazón (y el Swan de Paul Williams robándole todo lo demás a Winslow, sus composiciones incluidas).

El impacto. En su momento fracasó tanto en taquilla como a la hora de convencer a la crítica. Aunque el tiempo le daría la razón a De Palma. Es un título de culto y no son pocos los artistas y grupos que le han rendido homenaje (como Daft Punk), a la película e incluso a su grupo ficticio Juicy Fruits. Para colmo, los fans del filme de De Palma tienen una cita anual en el Phantompalooza que se celebra en la localidad canadiense de Winnipeg desde 2005.

‘The Rocky Horror Picture Show’ (1975)

El concepto. Inspirado en Frankenstein y basándose en un musical de Richard O’Brien. Y, bueno, si un año antes la novela de Mary Shelley ya había generado una obra maestra de la comedia como El jovencito Frankenstein de Mel Brooks, ¿por qué no probar una historia parecida en el cine musical?. Una timorata pareja de enamorados se adentraba en los confines de un castillo habitado por… alienígenas transexuales y sexualmente procaces procedentes de la lejana galaxia de Transilvania.

El resultado. Pasada de vueltas, rocambolesca y cutre… Un momento, ¿cutre? Para nada. Otro delirio genial. El director australiano Jim Sharman con amplísima experiencia en el teatro pero casi nula en el cine (había debutado tres años antes, en su tierra natal, con una película en la que también había extraterrestres, Shirley Thompson versus the Aliens) se atrevió en su segundo largometraje con una adaptación en la que el adjetivo “loco” se le que queda corto. El Doctor Frankenstein se convirtió en el mac doctor con ligueros Frank-N-Furter (Tim Curry), nombre de reminiscencias nazis; y su criatura, el Rocky del título (Peter Hinwood) en un joven rubio, fornido y bello. También supuso el primer gran papel para una jovencísima Susan Sarandon.

El impacto. También pasó totalmente desapercibida pero poco a poco fue convirtiéndose en uno de los mayores títulos de culto de la historia del cine. No hace falta recordar sus pases a medianoche abarrotados de fans cantando y bailando al son de sus canciones. Un mito que todavía perdura, también erigido en su momento en un símbolo de liberación sexual.

‘The First Nudie Musical’ (1976)

El concepto. Visto que en esos años setenta el destape y el erotismo explícito se imponía en muchas películas, y con Emmanuelle (1974) arrasando en los cines, ¿por qué no hacer un musical nudista? La excusa argumental sería la de una compañía dispuesta a montar un musical porno para salvarse de la quiebra. La película contó con un bajo presupuesto, apenas 200.000 dólares, pero tuvo el apoyo de toda una major como Paramunt. Fue codirigida, junto con Mark Haggard, por Bruce Kimmel, también guionista y uno de sus protagonistas.

El resultado. Funcional. Tampoco le hacía falta mucho más que un buen número de coristas ligeras de ropa, o sin ella. Entre ellas destacó su protagonista, Cindy Williams (que sin embargo no apareció desnuda en ninguna escena). Y para darle algo más de empaque contenía parodias y guiños al cine porno, al erotismo suave, a la sexploitation y a los musicales del Hollywood dorado de los años 30. Además, proporcionó algún momento y número coreográfico bastante divertido, como el precisamente titulado The First Nudie Musical o el de los consoladores danzarines (Dancing Dildos). Judit Crist, crítica de New York Post, llegó a calificarla como “¡La Star Wars de los musicales nudistas!”, y en esta frase se basó gran parte de su publicidad en los carteles.

El impacto. Un pequeño título de culto sobre todo en Estados Unidos y el Reino Unido con reediciones especiales en DVD. En muchos países, entre ellos España, ni siquiera llegó a estrenarse. Y para quien desee algo más fuerte, también fechada en 1976, puede disfrutar al son de Alicia en el país de las pornomaravillas.

‘La felicidad de los Katakuri’ (2001)

El concepto. Un remake de  The Quiet family (Choyonghan kajok, 1998), una comedia negrísima influenciada por el giallo y que supuso el debut del director surcoreano Jee-won Kim. Se centraba en las peripecias de una variopinta familia que abría un albergue de montaña, en un lugar por el que nunca pasaba nadie, y en el que sus pocos huéspedes acababan sufriendo fatídicos accidentes. Pero que el remake lo hiciera el iconoclasta y prolífico director japonés Takashi Miike significa que los adjetivos “previsible”, “conformista” o “políticamente correcto” quedaron descartados.

El resultado. Notable. Surrealista y absurda. A la familia protagonista le tocará vivir sucesos como el suicidio de su primer cliente o la muerte repentina de un luchador de sumo mientras practicaba sexo con una colegiala. Y hay de todo un poco, desde escenas en animación bastante salvajes hechas con plastilina (la misma escena de apertura, una visión de la supervivencia resumida en el que unos seres vivos se comen a los otros), e incluso escenas con zombis, aderezado con una buena dosis de escatología y reflexiones puntuales en torno a la insignificancia del ser humano, la importancia de la familia y también del individuo. No queda nada claro lo que Miike intentaba contar (bueno, sí, que le importaba un bledo) en este disparate absoluto y absolutamente disfrutable. Y sí, era un musical, con números de lo más desconcertantes (alguno emulando la naturaleza bucólica de Sonrisas y lágrimas).

El impacto. Entre nosotros no se estrenaría en cines hasta cinco años después, en diciembre de 2006. Su recepción crítica fue muy buena, aunque con el paso del tiempo ha ido quedando algo olvidado.

‘Repo! The Genetic Opera’ (2008)

El concepto. ¿Y si a los morosos en lugar de embargarles bienes y propiedades se le quitaran órganos de su propio cuerpo? Darren Lynn Bousman, guionista y director de algunas de las pelis de Saw, se atrevió a adaptar la ópera gótica rock compuesta por Darren Smith y Terrance Zdunich que a su vez era, naturalmente, otra enorme locura. Ambientada en 2056, el planeta está devastado por una epidemia que provoca fallos en los órganos humanos. La solución la tiene la corporación biotecnológica GeneCon dedicada a los trasplantes. Pero para aquellos no cumplen con los plazos de pago se les envía un Repo Man (recuperador) para recuperar el órgano en cuestión y, de paso, provocando la muerte del infeliz individuo.

El resultado. Irregular. Barroca, ruidosa, caótica, oscura, gore y delirante, pero una rareza de lo más chocante y que además contó en su elenco con Paris Hilton o la cantante soprano Sarah Brightman. ¿Se le puede pedir más?

El impacto. Algo así también lo tenía difícil para triunfar en taquilla y hubiera sido una trilogía en el caso de que hubiera sido un éxito. El recorrido comercial no fue demasiado boyante, aunque también ha ido ganándose su pequeño estatus de obra de culto, organizándose sesiones con fans disfrazados al estilo de The Rocky Horror Picture Show.

‘Ana y el apocalipsis’ (2017)

El concepto. Mientras una parte de los jóvenes del instituto de la pequeña localidad británica de Little Haven piensan en la función de Navidad, otros se concentran por hacer realidad sus sueños de futuro, fuera de aquel insignificante lugar. Pero con lo que no contaban, unos y otros, y tampoco los adultos, es que los villancicos y buenos deseos propios de estas fechas se verían truncados por una epidemia zombi. Es algo así como El club de los cinco y West Side Story mezclado con La noche de los muertos vivientes. Se basó en el corto de 2011 Zombi Musical! de Ryan McHenry (que fallecería prematuramente en 2015), así que de la dirección del largometraje se encargó el también escocés John McPhail.

El resultado. Una producción  modesta y más que correcta. Los “infectados” no dan mucho miedo (aunque al final hay una escena triste, recordándonos algunos de los personajes que han sido zombificados), pero esto de ver a sus protagonistas cantando y bailando mientras intentan escapar o se enfrentan a tanto muerto viviente, y además en medio de un ambiente navideño, tiene su punto. Buenas coreografías y como tema más destacado una canción que nos recuerda que los finales felices de Hollywood no se cumplen. Y buena interpretación también de su protagonista, Ana (Ella Hunt), en una historia que nos recuerda, una vez más, que los peores no son los muertos sino los que están vivos (aquí el gran villano de la función es el despótico e intransigente futuro director del instituto).

El impacto. Pasó con éxito por diversos festivales especializados, pero en los cines solo logró llegar a un número muy limitado de espectadores. Y ahí queda, como un soplo de aire fresco en la temática, zombi o musical.

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