‘El club de los poetas muertos’: Más que un club

Un autor de culto, un guionista de películas infantiles y un histrión ex alcohólico. Tenía que haber sido un absoluto desastre, pero ésa es la magia del cine... y de la poesía.

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22 de julio de 2019

“Que estás aquí/que existe la vida y la identidad,/Que prosigue el poderoso drama,/y que puedes contribuir con un verso”. ¿Os suena el poema? ¡Cómo no! Apple, una de las empresas más poderosas del mundo, nos ha bombardeado con los versos deWalt Whitman durante todo el año para anunciar su nuevo iPad. Pero más os sonaría si hubierais visto el anuncio en su inglés original: el narrador no era otro que Robin Williams, rememorando a su personaje de John Keating en una de las escenas más líricas de El club de los poetas muertos. Sí, esa película de época que cuesta aceptar que nos emocionó cuando éramos adolescentes pero a la que recurren, 25 años después, los grandes gurús de la publicidad para vender la tecnología más puntera del mercado.

Lo cierto es que, en su origen, el proyecto y el encargado de llevarlo a cabo parecían una chifladura más propia del histriónico Robin Williams que otra cosa. Peter Weir venía de tomarse un año sabático tras 15 temporadas de workaholic. Tres lustros en los que se había fraguado una reputación como autor sin concesiones. Entre la decena de largos de su curriculum, sólo uno de ellos había sido un encargo: Único testigo (1985). No parecía, pues, el hombre más indicado para dirigir un proyecto de la productora Touchstone, a las órdenes de la hipercontroladora y todopoderosa Disney. Sin embargo, Weir no podía negarse a escuchar a un amigo. Jeffrey Katzenberg ya le había convencido para rodar Único testigo en su época de Paramount, y quería contar con él en su nuevo flamante puesto al mando de Disney. Katzenberg, que acabaría montando con Spielberg DreamWorks, sospechaba que Weir no podría rechazar el proyecto. “Lo que me atrajo fue el tema de enfrentarse a la autoridad, porque durante mi niñez, y también ya de mayor, quise rebelarme y dar mi opinión, pero no lo hice, y me arrepentí siempre”. La implicación de Weir con su propia vida quedó evidenciada cuando cambió el tiempo de la acción: de los años de Kennedy a los años pre Kennedy (concretamente 1959). Esa rebeldía frente a la opresión institucionalizada le obsesionaba desde sus primeros trabajos, comoHomesdale (1971). Ambientes claustrofóbicos, densos, en los que los héroes intentan desembarazarse de unos poderes tan castradores como los de la Academia Welton en la que sucede la acción.

INVIERNO EN VERANO

El guion de Tom Schulman, que ganó el Oscar, recogía sus experiencias personales, bastante más verosímiles que las de su otro trabajo de aquel año, Cariño, he encogido a los niños. El único cambio sustancial que exigió Weir fue que el profesor Keating no muriera de leucemia, pero por lo demás, el director estaba encantado, especialmente con una escena que le volvía completamente loco: “La idea de los muchachos refugiándose en una cueva en el bosque, y la cueva en sí misma”. Ni hecho a propósito. Esa obsesión por las fuerzas telúricas que simbolizan las cavidades rocosas, la atmósfera fantasmagórica y chamánica figuraba ya en Picnic en Hanging Rock o en La última ola (1977), sus primeros trabajos. En el fondo, ese petulante Nuwanda y sus pinturas de guerra se asemejan mucho a los aborígenes protagonistas de las primeras películas de Weir.

Con todo, para Disney se trataba de un proyecto inusualmente arriesgado. Se acababan los 80, la década prodigiosa para las películas de instituto: ésa que anticipara John Landis en 1978 con Desmadre a la americana y sus sucedáneos tipo Porky’s La revancha de los novatos; los fabulosos años de John Hughes (La chica de rosa, El club de los cinco), comedias que se diferenciaban en la exhibición de más o menos pezones, pero que compartían una misma ingenuidad y candor por la adolescencia. Sí, puede que Molly Ringwald fuera huérfana en La chica de rosa, pero ninguno de sus compañeros de pupitre se suicidaba en la penúltima escena. Además, se estrenaría en verano, a pesar de estar ambientada en invierno contraviniendo toda lógica. De nuevo, fue la obstinación de Katzenberg, según reconocía Weir a Los Angeles Times: “Sabía lo que el público quería, sabía que estaba aburrido de las típicas películas veraniegas. Ese año se iba a producir el mayor número de secuelas nunca vistas”. Por citar unas cuantas: el tercer Indy, Los cazafantasmas 2, Arma letal 2, Regreso al futuro 2… “Me dijo que tal vez deberíamos hacer lo que nadie había hecho nunca. Mucha gente no estaba de acuerdo con él y yo tampoco estaba muy seguro, pero Jeff me miró y me dijo: ‘nunca he visto una película de verano. Sólo he visto buenas y malas películas”. A Katzenberg, pues, se la traía al pairo que una película estrenada en el tórrido junio ocurriera en un internado cubierto por la nieve. Le importaba bastante más el clima social y político: a principios de ese mismo año, Reagan pasaba el testigo a su vicepresidente, papá Bush. 12 años de republicanismo eran demasiados para alguien de convicciones demócratas como Katzenberg, que vivió el sueño hippie. Quería que los jóvenes se rebelaran como lo hizo su generación. Pero necesitaban a un líder que alzara la voz… para declamar poesía.

El club de los poetas muertos

“Con gente alrededor, Robin [Williams] montaba el espectáculo, pero enseguida se dio cuenta de que no era eso lo que yo quería de él”. Peter Weir, director.

OH, CAPITÁN, ¿PUEDE PARAR?

Lo cierto es que durante la preproducción, el nombre que Weir tenía en la cabeza para interpretar a John Keating era el de Gérard Depardieu. A Williams se le consideraba demasiado anclado en la comedia, demasiado caricato, demasiado explosivo. Pero a fin de cuentas él sería el “Oh, capitán, mi capitán” de Walt Whitman. En la promoción de la película, la pregunta a Weir siempre era la misma: “¿Fue muy difícil controlar a Robin Williams durante el rodaje?”. Y Weir, siempre caballeroso, contestaba: “Cuando había mucha gente alrededor, se soltaba y montaba el espectáculo, pero enseguida se dio cuenta de que no era eso lo que quería de él. El personaje estaba tan bien escrito que no requería improvisaciones. Lo cual no significa que no hubiera comedia. No estábamos rodando Hamlet. Hemos intentado explorar cuál es el límite de lo cómico para Williams a través de arqueamientos de ceja, maneras de caminar, sutilezas interpretativas”.

Contar con Williams en un papel tan diferente a lo que nos tenía acostumbrados concentró el interés de los medios y supuso un alivio para sus jóvenes discípulos, que evitaron la sobre exposición, la fama fácil y el efecto DiCaprio/Titanic. El club de los poetas muertos fue especialmente importante para toda una generación de jóvenes actores, hoy mundialmente conocidos comoEthan Hawke o Robert Sean Leonard. No fue su primera película, pero sí su salto a la fama. Fueron elegidos entre 1.000 candidatos y el trato, como reconoce Leonard, que encarnaría al trágico Neil, fue exquisito: “Nos reunió y nos dijo: ‘Yo soy un director maravilloso y Tom (Schulman) es un guionista fabuloso, pero ninguno de los dos tiene 17 años’. Y nos animó a improvisar. Ha sido, y probablemente será, la experiencia profesional más emocionante de mi carrera. Se me humedecen los ojos cuando la recuerdo. Todavía no soy capaz de verla, es demasiado doloroso. Es como si te vieras a ti mismo pidiéndole salir a una chica cuando tenías 16 años”.

LA VOZ DE SU GENERACIÓN

Weir tuvo un tacto especial para conseguir que los jóvenes dieran lo mejor de sí en pantalla. Durante la preparación del papel intercalaban los ensayos con partidillos de fútbol, les prohibió hablar con su vocabulario natural (debían utilizar constantemente el lenguaje cincuentero y anacrónico de los personajes) y les impidió ver las imágenes del rodaje para evitar una malsana competencia entre ellos. Más que un rodaje, fue una epifanía colectiva. Hawke, que encarnó al tímido Todd, se involucró tanto en la filosofía del Carpe Diem defendida por el profesor Keating que llamó a sus padres una vez acabado el rodaje: “Les dije que dejaba la escuela, que quería dedicarme a la interpretación. Me contestaron que quién creía que era, que si acaso me pensaba que era Clint Eastwood”. No llegó a tanto, pero no le fue mal…

Hoy, El club de los poetas muertos es parodiado en Padre de familia, Los Simpson o Cómo conocí a vuestra madre. Y, por más años que pasen y los tatuajes y camisetas sin mangas hayan sustituido en los colegios a los jerseys de pico y los polos, en el fondo su visión es obligada para cualquiera que atraviese ese momento tan volcánico en la vida de cualquier persona que es la adolescencia. Ese instante en el que uno debe decidir cuál será su verso. Es, en definitiva, el poder de la poesía, se escriba en una cuartilla o en una tablet de última generación.

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