El cine de Hollywood sigue siendo racista

Poca representatividad, muchos estereotipos y muchas mujeres latinas con el ombligo al aire: la industria fílmica sigue pintando un panorama muy distinto al del público que va a ver sus películas. Por YAGO GARCÍA

10 de noviembre de 2013

Para algunos será la confirmación de un hecho sabido, otros no le darán importancia y los habrá para quienes la noticia resulte una sorpresa. Lo cierto es que los informes sobre la representación de las minorías en el cine de Hollywood no deja muy bien parada a la industria, que digamos. Este verano la asociación GLAAD propinaba un suspenso rotundo a las grandes productoras en lo que a su visión de gays y lesbianas se refiere, mientras que una polémica sobre el presunto machismo de Pacific Rim azuzaba un debate muy interesante. Y ahora es un estudio de la Universidad del Sur de California (USC) el que señala un hecho sangrante: las películas producidas en EE UU siguen siendo un territorio casi exclusivo de personajes blancos.

El análisis, recogido por Flavorwire, parte de una muestra de 500 películas producidas y estrenadas entre 2007 y 2012. Su introducción avisa de que se ha tenido en cuenta sólo a los personajes con diálogo (nada de extras o figuraciones) evaluados en términos de posición social y sexualidad, además de étnicos. Y, como guinda, también se ha tenido en cuenta el perfil racial de los directores. ¿Qué conclusiones ha arrojado la investigación? Pues nada demasiado alentador, como veremos.

Para empezar, los tres autores del informe exponen un dato muy interesante: mientras que el 44% del público que va al cine en EE UU es negro, asiático o latino, el porcentaje de filmes cuyos protagonistas son exclusivamente blancos se alza hasta el 76%. Más concretamente, varones blancos, ya que la representación de varones en la gran pantalla sigue ganando por goleada a la de las féminas sin tener en cuenta el color de la piel. Una desproporción que, insisten los estudiosos, “está muy lejos de lo que refleja el censo del país”. Y eso aunque, insisten, “las historias de época o las ambientadas en determinados lugares” justifican estas diferencias. Un espectador avisado, eso sí, podría rebatir este último argumento: basta recordar filmes como Criadas y señoras o la más reciente El mayordomo, cuyos repartos son en su mayoría afroamericanos precisamente por desarrollarse en los años de la segregación racial.

¿Y los directores? Pues ahí también pinchamos en hueso. “Entre las 500 películas de la muestra, sólo 33 de ellas están dirigidas por negros, y sólo dos de estos cineastas son mujeres”, sentencia un apartado del informe. Entre los cineastas afroamericanos con gancho taquillero, la lista de rigor invoca nombres como los de Allen Hughes (La trama) y su hermano Albert Hughes, Lee Daniels (Precious, El mayordomo) o Denzel Washington, cuando se pone detrás de la cámara. En una de sus raras conclusiones optimistas, los autores señalan que estos directores tienden a mostrar una mayor diversidad racial en sus trabajos, y que por ello pueden [el subrayado es suyo] ser la clave para un cine más diverso”.

Ahora bien, como hemos señalado antes el estudio no sólo quiere reflejar la cuota de personajes según su origen racial, sino también las formas de esa representación. Y eso les lleva a adentrarse en temas de género muy espinosos. Es decir, que un personaje femenino tiene más o menos probabilidades de ser tratado como un imán sexual según su raza. Así, las asiáticas son las mujeres menos propensas a aparecer “desnudas, semidesnudas o con ropa sexy”, una característica asociada sobre todo a las mujeres latinas: evocando un reportaje publicado en esta misma web hace dos años, el informe nos recuerda que un personaje femenino de origen hispano tiene todos los números para aparecer como una bomba sexual con poco diálogo, pero con mucha piel a la vista. Los varones latinos, por otra parte, se llevan la palma a la hora de aparecer a la cabeza de una familia patriarcal, o centrados en sus roles de esposos y padres.

Y, curiosamente, los investigadores entregan otra conclusión: si un personaje femenino no es blanco, tiene más probabilidades de contar con un rol importante, o al menos con unas líneas de diálogo. Un resultado de doble filo, en realidad: el estereotipo de mujer negra o latina asertiva y trabajadora está muy vinculado a situaciones de pobreza, con familias desestructuradas, padres ausentes o irresponsables y educación de poca calidad. En esas condiciones, es a ellas a quienes les toca poner a los hijos o hermanos en vereda, llevar el pan a la mesa y, en general, asumir competencias asociadas tradicionalmente a los hombres. Sin que por ello, esa es otra, sus labores se vean más reconocidas.

Como en otros trabajos similares, el estudio de la USC puede ser cuestionado desde muchos ángulos. Sin ir más lejos, su forma de medir la sexualización de un personaje (a base de fórmulas geométricas y centímetros cuadrados de piel) pueden hacer levantar más de una ceja. Y, desde otro ángulo, se hubieran agradecido otras variables en la investigación tales como el empleo, las tipologías familiares o la orientación sexual de los personajes. Aun así, como insiste su último párrafo: “Todos estos años de campañas por los derechos civiles han servido de muy poco en lo que se refiere a Hollywood”

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