‘Dos hombres y un destino’: Newman, Redford y 50 años de un wéstern mítico

El 24 de septiembre de 1969 se estrenó en EE.UU. la película que consagró a Robert Redford como estrella y consolidó aún más en su estatus estelar a Paul Newman.

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24 de septiembre de 2019

Paul Newman hizo de Butch Cassidy un forajido galán y simpático, con alma de líder, carismático y dicharachero, con ideas brillantes (no siempre), cortés y embaucador hasta dónde se lo hubiera propuesto, y no demasiado amigo de recurrir al uso de armas. Un prototipo de granuja y ladrón pero honrado, o todo lo que se pueda ser cuando uno se dedica al oficio de robar bancos y ferrocarriles de la Union Pacific.

Y aunque le encantaba pasar buena parte de su tiempo de ocio entre burdeles y rodeado de chicas alegres, se le intuía secretamente enamorado pero de la “novia” de su inseparable compañero de correrías. Y este era la otra cara de la moneda, The Sundance Kid encarnado por Robert Redford. Un tipo tosco y parco en palabras, que se bastaba con su mirada de complacencia o de pocos amigos, según fuera el caso, y mucho más expeditivo en eso del revólver. Un pistolero de tiro rápido y certero.

De haber existido a finales de los 60 todo esto de Internet con Twitter, Facebook, los trending topics y las redes sociales, la pareja Paul Newman y Robert Redford lo hubieran petado. El primero era la gran estrella hollywoodiense en aquella época y, el segundo, apenas un joven prometedor que había destacado en películas como La jauría humana o Descalzos por el parque. Y además eran rematadamente guapos.

Juntos reinventaron la manida frase de la “química de pareja” o el concepto de “película de colegas” en pantalla con Dos hombres y un destino, que fue el título en castellano que recibió entre nosotros el Butch Cassidy and The Sundance Kid original, directo y sin rodeos, pues el asunto trataba sobre ellos dos.

Mi relación con la mítica película no ha sido precisamente de amor, hasta ahora. La primera vez que la vi, hace años y por televisión, me decepcionó. Digamos que (tirando por la vía facilona) encontré que le faltaba algo más de acción, las escenas de persecución eran cansinas, el final tan comentado me dejó frío y la icónica escena de Butch paseando en bicicleta y haciendo monerías ante Etta (Katharine Ross), al son de la popular canción Raindrops Keep Fallin’ On My Head (Gotas de lluvia cayendo sobre mi cabeza, con música de Burt Bacharach, letra de Hal David y cantada por B.J. Thomas en la película), me pareció cursi y desfasada.

Dos hombres y un destino

¡No debía tener un buen día! Así que quedó olvidada, sepultada en el archivo mental de “películas que debería volver a revisar”. Al contrario de El golpe (The Sting, 1973), la segunda y no menos famosa colaboración Newman y Redford de nuevo dirigidos por el excelente George Roy Hill y que siempre me ha mantenido pegado a la butaca.

Y ese día para darle una segunda oportunidad llegó, hace poco. Se acercaba el cincuenta aniversario de estreno, el 24 de septiembre de 1969 (en España hubo que esperar hasta 1977), y quizá era un buen motivo para recuperarla. Definitivamente, Dos hombres y un destino era mucho más poderosa que yo. Pese a que el tiempo acostumbra a corroer películas que creíamos intocables, al volver a visionarla, y pese a lo mucho que ha llovido desde entonces, la película de George Roy Hill desfiló ante mi como si fuera de nuevo la primera vez y la historia, la puesta en escena de Roy Hill y las interpretaciones eran magistrales. (aunque, eso sí, la escena de la bici y la canción de Bacharach me siguió chirriando).

Pocas veces se ha contado tan bien un relato de unos individuos que se dedican a lo que realmente desean hacer (o lo único que saben hacer), libres de ataduras y hasta las últimas consecuencias. No es de extrañar que durante su estreno, hace medio siglo y con la revolución del Mayo del 69 a flor de piel, fuera considerada un símbolo de libertad o de desafío a las normas establecidas por los intereses de los poderosos. Casualmente, o no, por aquella época los fuera de la ley habían seducido a espectadores y crítica con dos otras grandes películas. Un año antes fue Grupo Salvaje (The Wild Bunch, nombre con el que precisamente se apodó a la banda de Butch Cassidy en la realidad), y dos años atrás Bonnie & Clyde con Faye Dunaway y Warren Beatty.

El destino también quiso que si Robert Redford se hizo con uno de los dos roles protagonistas (ante el aval y la insistencia del propio director, de Newman y su propia esposa, Joanne Woodward) fue gracias a que estrellas ya consolidadas como Marlon Brando, Steve McQueen o el mismo Warren Beatty, quizá temiendo quedar encasillado de por vida en papeles de atracador, rechazaran el papel. Y por momentos, la pareja protagonista también era un terceto perfectamente compenetrado con la presencia del personaje de Katharine Ross, la chica de El graduado, alguien que tampoco pondrá reproches o barreras a su destino ni a su peculiar amistad.

Dos hombres y un destino (1969)

La historia estaba inspirada, en parte, en las hazañas de Butch Cassidy y The Sundance Kid, y en gran parte en lo que puso de sí el modélico libreto de William Goldman (quien todavía le quedaban guiones memorables por crear, como los de Todos los hombres del presidente o la adaptación de La princesa prometida).

Así que Dos hombres y un destino se acercaba más a la visión legendaria y romántica, jugando con suposiciones y alterando lo hechos a su antojo, que al de un documental o una narración ajustada a los hechos. En otras palabras, aquello que ha hecho grande a Hollywood. Mientras que George Roy Hill pocas virguerías estilísticas se permitió, como mucho las primeras escenas, las de presentación de los personajes en blanco y negro, en tono sepia, enlazando con los tiempos del cine mudo; o un intervalo narrado exclusivamente a través de fotos fijas, con los tres protagonistas derrochando el dinero ganado, nada honradamente, en Nueva York antes de emprender viaje a Bolivia.

La película ganaría cuatro premios Oscar, mejor guion original, fotografía, música y canción; y en taquilla solo en Estados Unidos multiplicó por 17 los seis millones de dólares que había costado (ajustados a la inflación, hoy en día habría ingresado casi 636 millones de dólares).

Redford, agradecido de por vida con la película que le lanzaría definitivamente al estrellado, y en la que gestó con Paul Newman una amistad que duraría para siempre, bautizó el festival de cine independiente que apadrina en Salt Lake City, Utah, como “Sundance”. Por mi parte, desde que volví a verla, también una pegadiza melodía se ha apoderado de mí como una maldiciónRaindrops keep falling on my head / But that doesn’t mean / My eyes will soon be turning red / Crying’s not for me / ‘Cause I’m never gonna stop the rain / By complaining / Because I’m free / Nothing’s worrying me! ♫♫♫

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