Cuando unos muslos era lo más erótico que podía verse en una pantalla

'Arroz amargo' se estrenó hace 70 años, el 30 de septiembre en Milán, e hizo de Silvana Mangano uno de los símbolos eróticos más perdurables que ha dado el cine.

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30 de septiembre de 2019

Un jersey, pantalones cortos, botas de agua y unas gastadas medias negras que cubrían por encima de la rodilla. Hundida, o a punto para meterse, entre las aguas de las plantaciones de arroz, a Silvana Mangano no le hizo falta más para convertirse en uno de los mayores mitos eróticos del cine clásico, y con tan solo 19 años.

Era más que suficiente, y además en blanco y negro, con dejar sus muslos al descubierto. Claro que la exuberancia de sus pechos también ayudó, y mucho. No por casualidad esa imagen, turgente, fue utilizada con descaro en los mismos carteles promocionales de la película. Pero estos se mostraron, en la película y en los pósters, convenientemente tapados

El italiano Giuseppe de Santis revolucionó al personal y el neorrealismo italiano con Arroz amargo (Riso amaro) hace 70 años, y lo hizo plasmando un erotismo hiperrealista de campesinas trabajando de sol a sol, o incluso bajo la lluvia, también mostrándolas en sus horas nocturnas o de descanso en camisón. Y de entre ellas sobresalió la figura de una maggiorata exuberante, mundana, carnal y fría, melancólica, la de Silvana. El personaje de la Mangano llevaba también su nombre, así que más realismo imposible.

Ejemplos de maggioratas fueron Sofia Loren, Gina Lollobrigida o gran parte de las actrices de Fellini. De la misma manera con The Outlaw, un mediocre wéstern norteamericano de Howard Hughes de 1943, Jane Russell había provocado y pervertido a los espectadores gracias a las generosas dimensiones de sus senos, realzados por un sostén diseñado para la ocasión. Y si el territorio en el que los atributos de la Mangano lucían mejor era entre arrozales, el escenario idóneo para exhibir los méritos de Russell en su esplendor era en un pajar.

Silvana Mangano y Jane Russell

Arroz amargo se había presentado en Cannes (que tuvo lugar en septiembre), y fue estrenándose progresivamente en distintas ciudades italianas. Milán fue la primera, el 30 de septiembre de 1949.

De Santis retrató las duras condiciones labores de las trabajadoras temporales, remuneradas no con liras, la moneda oficial italiana hasta la entrada en vigor del euro, sino con kilos de arroz, y desplegó su ideario simpatizante con el marxismo. La media hora inicial, y sin exagerar, es soberbia en el retrato de los personajes y en la narrativa cinematográfica, con momentos absolutamente memorables como las escenas en las que las mujeres, a las que no se les permite hablar mientras trabajan, recurren a las canciones para comunicarse entre ellas o lanzarse mensajes, a veces en forma de dardos envenenados.

El resto, decantándose por la trama de pasiones a cuatro bandas y el robo de un collar (la excusa argumental para iniciar y engarzar la historia) escoge la vía más popular, más convencional pero efectiva. Silvana se muestra tan cercana como distante, de una sensualidad a flor de piel capaz de convencer a hombres y mujeres. Para acabar de animar sus escenas tampoco faltaban algunos bailes. Pero su principal problema es que sentía una irremisible atracción hacia los chicos malos. Y estos se le aparecerán en la figura del ladronzuelo Walter, egoísta, dominante y definitivamente tóxico, que interpretó Vittorio Gassman, un gañán con una habilidad especial para usar y abusar de las féminas a su antojo.

Walter conseguía que Silvana pasara del chico bueno y cabal, Marco, el militar que encarnaba Raf Vallone y al que Giuseppe de Santis dedicaba en su escena de presentación un primer plano con la camisa entreabierta, mostrando  masculinidad. Varón de pelo en pecho por lo de compensar la sexualidad entre distintos géneros que emanaba de sus personajes. También podíamos verlo acto seguido arreglándose el pelo con la misma coquetería de la que hubiera hecho una dama cuando la maleta de una de las chicas le caía encima de la cabeza.

Arroz amargo

Pero era sobre todo una película de mujeres. La gran amiga, y rival, de Silvana era el personaje de Francesca (Doris Dowling), la muchacha que ya había caído en las redes de Walter y que ahora, intentando librarse de él y encararse por el buen camino, era la que se sentía cautivada por el personaje de Vallone.

Aunque lo que más perduró fue el modo en que Silvana, bailarina y Miss Roma antes de lanzarse como actriz, demostró que un muslamen era lo más sexual que podía enseñarse por entonces en pantalla. Basta recordar el revuelo que causó el striptease de Rita Hayworth en Gilda, de 1946, pese a quitarse tan solo un guante al son de Put the Blame on Mame, o que la misma Silvana Mangano intentara repetir semejante impacto erótico, el de Hayworth y el de ella misma, al ritmo del “Negro zumbón” (el bayón de Ana) dos años después, en 1951, con Ana. La escena la ejecutó al compás de acordes caribeños, compuestos por un italiano, sin guantes pero tampoco sin quitarse ni una sola pieza del vestuario.

En una época en que Internet no era ni un embrión de proyecto o las modas actuales con shorts, faldas, escotes o las transparencias más atrevidas no eran ni una remota posibilidad, Mangano, Russell, Hayworth, Loren o Lollobrigida aún merecen ostentar su condición de pioneras y de lo mucho que se puede lograr mostrando más bien poco, o dejando que fuera la imaginación (mucha y calenturienta) la que trabajara.