[Crónica FICXixón 2012] Realidad o fantasía

El realismo del rumano Cristian Mungiu colisiona con los resortes del giallo y el canibalismo sucio de Lucky McKee en la primera jornada del Festival de cine de Gijón. Por PABLO GONZÁLEZ TABOADA

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18 de noviembre de 2012

La polémica que envolvió al Festival de Cine de Gijón el pasado mes de enero adquirió unas dimensiones sorprendentes para lo que parecía ser, según sus nuevos responsables, “un festival local, sin repercusión internacional”. La destitución de Jose Luis Cienfuegos (que terminaría trabajando en el Festival de Sevilla con excelentes resultados) y el cambio de directiva con Nacho Carballo a la cabeza llevó a la gente a las calles y a numerosas personalidades del mundo del cine a firmar un documento mostrando su disconformidad por la forma en que todo esto había ido llevado a cabo. Desde entonces la información que ha ido surgiendo de este “nuevo” festival ha sido escasa, tímida, hasta el punto de que su programación final no se supo hasta apenas una semana antes de que éste se iniciara. Esta 50ª edición, medio siglo de historia, va a mirarse con lupa pero ojeando su programación parece que podemos respirar tranquilos porque no ha cambiado demasiado en términos de selección.

La oferta de este primer día no era excesivamente apetible en la teoría pero en la práctica se ha confirmado como sólida, habiéndose iniciado con buen pie las secciones que más público congregarán en los Cines Centro y el Teatro Jovellanos, lugares donde más se mueve la masa del certámen que en esta edición incluye 18 películas en la Sección Oficial y más de un centenar sumando el resto de propuestas incluyendo secciones nuevas como Animaficx, donde se incluye una docena de trabajos de animación mayoritariamente europea, o Esbilla Asturiana, donde la producción local cobra protagonismo, cumpliéndose así una de las promesas de Nacho Carballo para este año. Pero más allá de objetivos o promesas los festivales ganan cuando demuestran de qué pasta están hechos y son sus películas las que hablan en su nombre.

Y este primer día se ha iniciado fuerte con Dupa dealuri (Beyond the Hills), la última película del rumano Cristian Mungiu ganadora de dos premios en el último Festival de Cannes (mejor guión y un galardón para sus dos protagonistas femeninas). El realizador de la notable 4 meses, 3 semanas y 2 días (2007) cambia el escenario urbano y nos traslada a un monasterio situado en una colina en el que conviven varias monjas con su pastor, realizando tareas cotidianas en una comunidad en la que cada pieza es necesaria para el funcionamiento del grupo. La llegada de una amiga (Alina) del orfanato de nuestra protagonista (Voichita) introduce un elemento extraño y anárquico dentro de este núcleo, dinamitando esta utopía basada en las creencias religiosas. Alina quiere que su amiga se vaya con ella a Alemania, donde tiene un trabajo pactado en un barco, mientras que Voichita deberá lidiar con su amor hacia Jesús y entender si su camino debe seguir ese sendero.

Con un ritmo pausado y una fotografía áspera, en tonos cromáticos apagados, durante sus dilatados 150 minutos descubrimos cómo se vive en esa comunidad y cómo ésta se derrumba con la irrupción del elemento exterior en un retrato que recuerda en cierto modo a las películas de Zhang Yimou sobre “la otra China”, la costumbrista, sirviéndose de ideas de guión (como la entrega de una vela eléctrica que no puede ser usada, al no disponer de tal en el recinto) o de composición (planos muy cerrados en los que los personajes llenan el encuadre de forma muy pictórica) al tiempo que introduce un elemento sobrenatural muy sutil que remite al clásico de Jerzy Kawalerowicz Madre Juana de los Ángeles (1961). No falta como en el resto de la obra de Mungiu el componente crítico (en este caso a la ceguera de los fanáticos religiosos) sin forzar la moraleja, permitiendo que sea el espectador el que rellene los huecos de una historia “basada en hechos reales” y cuyo desarrollo no fuerza las cosas para que podamos dudar de la veracidad de las imágenes. El resultado es una película sólida pero algo alargada, a la que le sobra metraje pero que sabe recompensar al espectador paciente con algunos momentos de muy buen cine.

El resto de la jornada ha estado marcado por dos películas que por temática y objetivos bien habrían podido formar parte del pasado Festival de Sitges. Con Masks, el realizador alemán Andreas Marschall vuelve al circuito siete años después de Tears of Kali reindiendo un homenaje al giallo que, pese a intentarlo, no consigue cristalizar, quedándose como un trabajo irregular e incluso algo torpe salpicado con momentos de interés a lo largo de su metraje. La historia sigue a una aspirante a actriz que tras ser rechazada en una escuela es redirigida por uno de los miembros del jurado a la academia de Matteusz Gdula, un lugar en el que descubrirá que las cosas no son siempre como parecen. Los ecos al giallo están servidos en forma de elementos estéticos (con usos abundantes de filtros de color) o sonoros (un leimotiv electrónico que preside las escenas clave) quedando el resto como un pequeño juguete metaficcional que lamentablemente tarda más en arrancar de lo que debiera. En su primer acto y parte del segundo la película apenas avanza mientras que es llegando al último tercio cuando Marschall decide soltarse de sus cadenas para inducirnos a una pesadilla lúcida.

Tristemente Masks no llega tan lejos como debería porque el surrealismo, pese a parecer fácil, no lo es en absoluto: dominar los resortes de este género es extremadamente complicado y no todos pueden ser David Lynch; lo que queda pues es un intento de, una película que pese a mantenerse narrativamente en una línea muy definida (donde por supuesto no faltan giros sorpresivos e identidades relevadas) y concluir con bastante acierto tropieza cuando intenta ser más de lo que querría y deja sus cartas al descubierto. ¿Sus méritos? Una conseguida ambientación, aciertos en la parte metaficcional y lograr (aunque esto no es verdaderamente positivo) que la bellísima y sufridora Susen Ermich, la protagonista de filme, deje de lucir radiante en algunas secuencas.

Mejor lo hace The Woman de Lucky McKee, un film que efectivamente pasó por Sitges el pasado 2011 y en el que el realizador de May continúa una historia escrita por Jack Ketchum para la película Offspring (2009). Pollyanna McIntosh interpreta a “la mujer” del título, una canibal que vive en estado salvaje hasta que un padre de familia (un pasadísimo de rosca Sean Bridgers) decide capturarla y encadenarla en su sótano con el fin de “civilizarla”.

Efectivamente es justo el menos indicado el que tiene este objetivo, esgrimiéndose así una críica bastante salvaje de la propia naturaleza humana -haciendo parada en la violencia- a través de su unidad familiar, entre cuyos miembros no hay ni uno solo con la cabeza bien amueblada: una mujer sometida, una hija con inseguridades propias de su edad, un adolescente que replica las locuras de su padre y entiende la violencia como algo natural y, en medio de todo, una inocente niña que no sabrá cómo entender lo que sucede a su alrededor más allá de la sonrisa inocente. El elemento sobrenatural de Masks parece no existir en la película de McKee, que a través de una imagen sucia y realista busca impactar al espectador con algunas secuencias sumamente desagradables y que no se corta a la hora de mostrar momentos de violencia física y verbal, integrándola dentro de la normalidad de la familia y la forma en que dentro de ésta se llevan las cosas a las últimas consecuencias. No es para todos los estómagos.

The Woman cierra un primer día en Gijón en el que las emociones humanas están a flor de piel y donde las protagonistas femeninas de las películas proyectadas (la monja rumana de Beyond the Hills -Voichita-, la aspirante a actriz Stella de Masks y las féminas de la familia del cine de McKee) se encuentran sometidas a una figura masculina que representa ese poder. Las dudas, ambiciones y el miedo en tres películas dispares dan pistoletazo de salida a una 50 edición del Festival de Gijón que promete emociones fuertes.