Cómo ser Manuel Bartual

Manuel Bartual publica 'El otro Manuel', novela que indaga en el hilo de Twitter con el que revolucionó la red social. Hablamos con él.

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27 de marzo de 2018

Foto: Lupe de la Vallina

Conocí a Manuel Bartual en 2015, cuando era dibujante de cómic y director de cine. Puede que nos hubiésemos visto antes, teníamos conocidos en común y nos movíamos  por los mismos ambientes, pero nos hicimos amigos durante el Festival de Málaga de 2015, donde compitió su primera película titulada Todos tus secretos. A decir verdad, en esa edición se juntaron otros cineastas de talento por un cúmulo de circunstancias. Una fue Zonacine, la sección indie del festival que, pese a su perfil bajo, sigue congregando todos los años una o dos películas relevantes de escaso presupuesto. Y otra, el sello con el que llegaron algunas de esas películas, #LittleSecretFilm, una iniciativa creada por dos de las personas más cinéfilas que conozco, Haizea G. Viana y Pablo Maqueda. Criticado en su día, este modelo de producción cinematográfica –las películas tenían que rodarse en 24 horas, en secreto y estrenarse online gratuitamente– había nacido como una respuesta temporal ante la imposibilidad de hacer cine durante los peores años de la crisis. Con la tecnología, los cortos se habían convertido en largometrajes como prueba del talento y había un pacto tácito de que los nuevos cineastas tenían que montárselo por su cuenta para llamar la atención de la industria. Con cierta épica, me pareció entonces que aquellos días tuvieron algo de fundación de un movimiento, como cuando en el colegio leías que tal o cual generación literaria se había consolidado en el funeral de no sé qué poeta. Me imaginaba que los premios en el festival se traducirían en llamadas de productores o en películas con presupuesto. No fue así.

Cada cual siguió peleando por sacar adelante sus proyectos. Es decir, dedicándole aproximadamente un 6 % de su tiempo a escribir guiones y el 94 % restante a buscar financiación en una industria que, contra lo que pensábamos, cada vez era más homogénea y difícil. Empezó a hacer falta una cosa para que se fijasen en ti: pegar un petardazo. Pero, ¿cómo pegarlo si carecías de los medios y la oportunidad? Ahí es donde entra Manuel Bartual. En El otro Manuel, su novela recién publicada, él se define como un contador de historias pero yo siempre lo he visto más como un inventor. Un inventor que siendo dibujante de comic se inventó una editorial llamada ¡Caramba!, hoy de Astiberri. Un inventor que colaborando en El Jueves montó otra revista, Orgullo y Satisfacción con todos los dibujantes que se rebelaron contra la censura impuesta en aquella. Un inventor de ideas en sus cortos y en su primera película, nueve webcams con las que convertía la falta de presupuesto en un thriller 2.0. De todos nosotros, millennials de refilón, Manuel era sin duda el que menos miedo le tenía a las nuevas formas de comunicación. Por eso, su hilo de Twitter no nos extrañó. Era un invento más.

Ahora bien, una cosa es que no nos extrañase que Bartual hubiese reinventado Twitter con sus vacaciones de verano ganando más de 400.000 seguidores y rematando la jugada con un selfie con Cristina Pedroche minutos antes de las campanadas, y otra distinta es ver su cara pegada en veinte monigotes como si fuera John Malkovich o detenerte ante su cara impresa en una lona gigante de la Fnac. Ha pasado medio año desde que Manuel escribió aquello de “Ando de vacaciones desde hace un par de días, en un hotel cerca de la playa. Iba todo bien hasta que han comenzado a suceder cosas raras” y todavía no nos acostumbramos. Todo sigue teniendo ese aire de irrealidad de cuando José Coronado o la Policía Nacional velaron por su seguridad, Vigalondo o Berto Romero clonaron su perfil, la gente se pintó su cara en los párpados mientras discutía sobre si aquello era o no literatura y mil millones de medios le hicieron trescientas mil entrevistas. A él también le sigue pareciendo extraño y por eso su primera novela (editorial Planeta) es una mirada desde la ciencia-ficción a todo lo que ocurrió. Un Bartual más, esta vez saltando a otro plano de la ficción, como en ese tráiler de promoción en el que duda de que la novela publicada la haya escrito él. Con estos últimos giros hemos perdido la cuenta de los Bartuales que son, así que cuando quedo con él para entrevistarle voy pensando más bien en El padre cosa, de Philip K. Dick. Está el de Todo está bien, también el del Cuento de Navidad, el meme de internet, nuestro amigo, pero también el inventor talentoso de aquel Festival de Málaga, cuando lo único que le separaba del éxito era un poco de atención.

¿Cuándo decides que en la novela vas a contar lo que pasó en verano?

Cuando todo estaba sucediendo. Me di cuenta de que eso podía ser el germen de otra historia. Hay algo que siempre he hecho y que cada vez procuro hacer más y es tratar de adecuar cada historia al medio en el que estoy trabajando. En este caso, sabía que su forma natural era una novela. Esto coincidió con que Planeta se puso en contacto conmigo. Me apetecía ese juego metalingüístico de saltar a otro plano de la ficción. Es decir, no hacer una continuación dentro de ese universo sino preguntarme qué pasa con la persona que escribió esa historia. Esos juegos metalingüísticos me encantan, por ejemplo el cine de Charlie Kaufman.

No la mencionas, pero Cómo ser John Malkovich es claramente un referente.

Estuve a punto de citarla en la novela pero pensé que hablaba ya de demasiadas películas. Claramente, el momento de las caretas es una referencia al cartel de Cómo ser John Malkovich.

Pero tú viviste un momento así. Recuerdo una foto con tu cara pegada en todos los pasajeros de un avión.

Bueno, sí. De hecho, el año pasado fui un disfraz de Halloween, hubo gente que esa noche salió a la calle disfrazada de Manuel Bartual. En verano, mi amiga Carmen Pacheco, la escritora, me dijo: “Es como si hubieses hackeado la realidad y ahora estuviésemos en la dimensión divertida”. Es que todo lo que pasó fue tan extraño que parecía que no era real. De hecho, en la novela esa es una de las reflexiones que hago. Me llego a preguntar si todo ocurrió realmente.

El proyecto de la bruja de Blair es otra referencia cinematográfica junto a El milagro de P. Tinto, Un hombre lobo americano en Londres, El rey de la comedia o La invasión de los ultracuerpos…

Yo soy muy lector, pero he consumido más cine que cualquier otro tipo de ficción. Para mí, las referencias eran importantes para definir al personaje. El personaje soy yo y a la vez no, pero sobre todo es alguien a quien le gusta mucho la ficción. De hecho, la novela se puede interpretar también como una carta de amor a eso mismo, a la ficción. A leerla, verla y escribirla.

En la novela apelas al lector e incluso le dices que se salte un párrafo en un momento dado. ¿Estas tuiterizando la novela?

Fue algo que tuve claro desde el principio, quería romper un poco la novela y trasladar parte de la experiencia del verano en Twitter a un libro. La novela no es interactiva ni puede suceder en directo, pero podía trasladar su espíritu dirigiéndome al lector. He intentado que se sienta tan cerca e implicado en todo lo que cuento como pudo sentirse en aquella otra historia.

Mientras escribías, ¿no echabas de menos que el lector te respondiese como hacía en Twitter?

No, sabía que estaba jugando con las reglas de la novela. Aunque en los hilos de Twitter fue una pasada construir historias al tiempo que recibía feedback. Es verdad que en la historia de verano la intervención del lector fue mínima y bastante controlada, sus comentarios tan solo añadieron algunos detalles a la trama, pero en el Cuento de Navidad, parte de la historia dependía de las decisiones de los lectores, podía ir por un lado o por otro. Había un árbol de posibilidades y en algunas escenas acabamos en una rama, pero estaban todas la ramas escritas y sus vídeos correspondientes grabados. Sabía que la historia de verano era un fenómeno viral irrepetible. Contaba con ello. Lo de Navidad fue un encargo de Twitter y me permitió explorar todos sus recursos con un fin narrativo y responder a la pregunta que me hice sobre si se podía hacer una ficción deliberada en esta red social, si había espacio en ella para plantear un equivalente a una película o serie de televisión.

¿Qué ha sido lo más difícil de escribir la novela? ¿Te ha servido más tu experiencia como guionista o como dibujante de cómic?

Aunque mi cabeza funciona diferente si estoy pensando en una película o en un cómic, realmente me cuesta separar estas facetas. Esta es la primera vez que cuento una historia sin imágenes, y eso ha sido muy estimulante. Pero también es cierto que mis editores me decían al leerla que les parecía una novela muy cinematográfica. Está dividida en 20 capítulos y cada uno, más o menos, equivale a una escena. Evidentemente, vengo de donde vengo y hay cosas que se te van pegando por el camino. Durante mucho tiempo pensé que lo que me gustaba era ser dibujante de comics pero luego me di cuenta de que no, de que lo que me gusta de verdad es contar historias. Escribir esta novela me lo he tomado como un reto más, como cuando me propuse hacer mi primera película. Aunque también es verdad que esta no es la primera novela que escribo. Comencé a escribir una antes, hace cinco o seis años, y menos mal que no la terminé. Entonces cometí el error de querer “ser escritor”, de forzar un estilo que no era mío. En esta otra me siento yo, la leo y me reconozco.

Te defines como contador de historias pero yo siempre te he visto como un inventor.

A mí es que me gusta hacerme preguntas, plantearme por qué las cosas son como son y no de otra manera. Me parece una forma de entender el mundo y de descubrir cosas por el camino. Ya me pasó cuando monté ¡Caramba! con Alba [Diethelm]. Durante los primeros años de ¡Caramba!, la pregunta que estaba buscando responder era: ¿Hay otra manera de remunerar el trabajo del autor? Planteamos un acuerdo con los dibujantes que era inédito en España, ofreciéndole un 50 % de los beneficios. Llegamos a la conclusión de que sí que era posible e incluso muy beneficioso para el autor pero no para el editor, ya que de nuestro porcentaje todavía teníamos que asumir muchos gastos. Pero no me arrepiento de la experiencia y creo que es trasladable a otras cosas que he hecho. Por ejemplo, cuando dirigí Todos tus secretos me planteé si podía hacer una película dividida en nueve pantallas a lo largo de todo su metraje, y construir la historia a partir de esta restricción.

En la novela te planteas, y lo hemos hecho todos los que hemos visto Todos tus secretos, por qué tu hilo en Twitter ha tenido tanto éxito y, sin embargo, tu película no llegó a tanta gente.

Y no tengo la respuesta [se ríe]. Puedo hacer análisis a posteriori pero no lo hice antes del hilo. Conozco bien Twitter pero más allá de cuántos días iba a durar y cómo iba a contarlo no tenía ninguna estrategia para que aquello se convirtiese en un fenómeno viral. Al revés, pensaba que iba a perder seguidores porque pensarían “qué hace este pesado”.

¿Crees que puede tener que ver con que en nuestra sociedad para que algo tenga visibilidad depende del evento?

Sí. Ahora vivimos en una época en la que el evento manda. Nos pasó con Orgullo y Satisfacción, la revista que montamos cuando nos fuimos de El Jueves. Cuando salimos fue un acontecimiento, pero cuando decidimos darle continuidad a la revista fuimos viendo cómo, a lo largo de los meses, las ventas iban bajando. Yo lo entendía perfectamente. Orgullo duró 40 números. 40 números en internet es como si llevases publicando en papel desde 1963. Ya no eres algo nuevo y atractivo. También creo que la sociedad está cada vez más polarizada. Cuando entras a internet a leer opiniones, todo es una obra maestra o una mierda. Creo que además los medios están cogiendo muchos vicios de internet y fomentando esta polarización. Me gustaría que los periodistas fuesen más allá de los números y las cifras. Cuando se habla de algo que “lo peta”, que no hay palabra que odie más, la mayoría se quedan en eso. No hacen un análisis de lo que ha ocurrido o de la obra en sí. No estoy hablando de mí, sino en general. Hay gente haciendo cosas muy interesantes en internet, pero a diferencia del cine, en el que una buena película desconocida puede ser apoyada por la prensa, cuando una obra hecha para internet no llega a mucha gente pero está bien, no hay medios que la visibilicen. En internet, más que en ningún sitio, parece que lo único que manda es el numerito.

Volvemos a Todos tus secretos.

Bueno, yo entiendo que hay unas estructuras creadas y que Todos tus secretos no siguió el camino convencional. Fue una peli muy pequeña que no se estrenó en salas, y siento que, dentro de sus limitaciones, fue bien tratada. Aunque, por poner otro ejemplo, Cuento de Navidad funcionó bien en cifras y creo que hicimos algo verdaderamente nuevo, pero no he visto a ningún medio que se haya parado a analizar lo que se hizo ahí más allá de algún comentario a la sombra del fenómeno viral irrepetible del verano pasado. Cuento de Navidad ha sido la primera ficción profesional en Twitter, con más de 20 personas trabajando en ella entre actores y técnicos, con efectos especiales, vídeos en falso directo, cameos, un bot… pero más allá de los lectores que lo siguieron y fueron comentando, no he visto a nadie que lo analice. Aunque como pasa en ocasiones, fuera sí que despertó curiosidad. Al día siguiente de finalizar, las oficinas de Twitter de otros países ya estaban preguntando a la de España por lo que habíamos hecho. Lo estuvieron siguiendo muy interesados.

¿Qué sensación te genera estar con un pie en el antiguo mundo y en el nuevo?

Somos la última generación que hemos vivido cómo es relacionarse con su entorno y el ocio sin internet y con internet. Nos enfrentamos a internet sin manual de instrucciones. Por un lado, es muy emocionante pero por otro asusta mucho sobre todo por los comportamientos que ves en la gente y en la despreocupación al compartir sus vidas. Tengo la sensación de que en el futuro se verá esta época como cuando ves andar a un niño por primera vez. Yo mismo no sé cuál será mi siguiente paso. Me apetece mucho hacer otra película pero también explorar este nuevo camino de ficciones en redes. Creo que con el tiempo se puede afianzar.

¿Ha cambiado tu forma de usar las redes sociales después de todo lo que ha pasado?

Lo que noto es que me he hecho una cara conocida en Twitter y me llegan comentarios, para bien y para mal, que antes no recibía. Todo lo que publicas se convierte en objeto de escrutinio. Pero tampoco uso Twitter de una manera polémica. Entro a internet a pasármelo bien, a compartir lo que hago y las cosas que me gustan, a diferencia de mucha otra gente que parece estar muy enfadada todo el día.

En la novela visitas un colegio y hablas del peso de la literatura entre la gente joven…

Sí. Es que enganchó a muchos jóvenes. Se ha convertido en un lugar común decir que ya nadie lee, pero no estoy nada de acuerdo. Leemos más que nunca pero de otro modo, en otros canales. Creo que conecté con la gente joven porque les di algo a lo que no estaban acostumbrados. Es gente que lee y ve lo que quiere cuando se le antoja, en sus redes, en YouTube, en Netflix. Lo que les di el verano pasado fue algo que no controlaban de ningún modo, una ficción en la que yo era quien tenía el mando. Algo parecido a cuando nosotros de pequeños veíamos V y si no estabas a la hora que lo emitían en casa te lo perdías.

Tus hilos en Twitter han resultado en esta novela. ¿Cómo se ha materializado tu éxito en el audiovisual?

He recibido propuestas, y algunas muy interesantes, pero de momento no se ha firmado ni concretado nada. El audiovisual es lento e impredecible.

El otro Manuel. Manuel Bartual. Editorial Planeta. 253 págs. Precio: 16,90 euros.

 

 

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