Cómo cagarse en Godard y otros cuentos, por Pedro Vallín

Hollywood, de derechas y el cine de autor, de izquierdas ¿Y si es al revés? Con ‘¡Me cago en Godard!’ Pedro Vallín ha escrito el ensayo definitivo para incendiar las sobremesas.

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14 de diciembre de 2019

“Tengo unas ideas muy claras acerca del rol que mitos y cuentos de hadas juegan en la preparación que la gente joven recibe acerca de cómo se supone que han de comportarse en sociedad”, dice George Lucas. 

Antes de hacer Star Wars entendí que no había un cuento de hadas contemporáneo y que mengua el número de padres que se sientan con sus hijos y les explican estos cuentos. Los mitos, la religión… Todo eso estaba diseñado para enseñar la manera correcta de vivir y darnos un ancla moral”. 

“Si no fuera cineasta, creo que sería juguetero. Me encanta hacer felices a los niños. Alguien tiene que hacerlo. La infancia es muy larga y creo que los críos necesitan todas las oportunidades posibles para hacerla soportable, porque es eterna. Darles algo, especialmente una vida de fantasía, es importante. Si no cuidamos de nuestros hijos, si nos limitamos a ignorarlos y dejar que sufran, no seremos mucho una civilización”. 

Hoy, unos cuarenta años después de que George Lucas pronunciara estas palabras, resulta que estamos en uno de los mejores momentos posibles en cuanto a la producción de ficción cinematográfica. Puede que no haya habido otra época mejor: ni los 20, ni los 50, ni el Nuevo Hollywood… Las salas de cine están repletas de cuentos, de narraciones que tienen que ver con mitos, con elegidos, con empoderamientos y con batallas justas. 

Y la batalla que emprende Pedro Vallín en ¡Me cago en Godard! es de las justas. 

RELATOS Y CUENTOS

En una primera parte del libro dedicada a la hipótesis, la que se podría resumir en que el cine de Hollywood es progresista y el de autor es ensimismado, el periodista analiza la diferencia histórica entre el relato y la novela, lo que le lleva a plasmar tesis de una audacia liberadora tanto para el lector como para el voraz consumidor de cultura pop. Citando a Walter Benjamin que resume el oficio de narrador diciendo que “entre aquellos que han puesto historias por escrito, los grandes son quienes en su relato se separan lo menos posible de lo que tantos otros les contaron antes”, Vallín cierra una de sus ideas alabando esta hermosa cita como la “refutación de la innovación en favor de la memoria y del sentido colectivo del mundo”. 

Justo eso, el sentido colectivo del mundo, es de lo que hablaba Lucas cuando empujaba a los padres a contar más cuentos o, al menos, a llevar a sus hijos al cine a ver Star Wars, la única religión, por cierto, que profesa Vallín. Este tipo de historias, que son Star Wars, El señor de los anillos, Regreso al futuro, Bichos: Una aventura en miniatura o Río Bravo nos acercan al resto de seres humanos, nos animan a luchar por un mundo justo hecho en sociedad, nos elevan como seres humanos y nos hacen mirar hacia delante. Hoy estamos en la época dorada de los cuentos, acaba de salir el trailer de Wonder Woman 1984, ¿y quién osaría tachar algo así como un instrumento del imperialismo americano? 

Pues los hay, aún hay voces que se levantan contra una supuesta ideología reaccionaria en las películas de superhéroes o en las superproducciones de Hollywood. Y contra estas voces escribe Vallín su libro, que pretende que en todo caso miremos la última película de Wonder Woman como lo que es, una increíble aventura en plena Guerra Fría en la que una superheroína poderosísima lucha contra una villana muy chunga que quiere doblegar el mundo. Los valores de Wonder Woman son los valores de las mujeres actuales y además se le añade al cóctel esa inocencia que hacen de este personaje una influencia maravillosa para todos los públicos y que probablemente, como ocurre con los relatos, los cuentos y la mitología, perdure durante muchos años en el imaginario de los espectadores.  

Y además en ¡Me cago en Godard!, por mucho que nos guste el improperio de su título, alabar una cosa no significa cagarse en la otra. Por ejemplo, Elle, de Paul Verhoeven, que es cine de autor (un autor que también ha probado varias veces las mieles de la superproducción, por cierto),  es una película adulta muy dura y con un sentido del humor muy negro, más cerca de la novela que del relato, y que tiene un personaje femenino, Michèle, que es de los más estimulantes de los últimos años. De hecho, Michèle ejerce de ejemplo perfecto en el arquetipo de mujer fatal con dosis de psicópata. Y aún así esta empresaria de éxito que busca venganza tras ser violada en su propia casa por un intruso podría convivir perfectamente con Diana Prince en cualquier argumento que defienda la libertad, el feminismo, la valentía y la belleza como arte. 

De eso también trata el libro de Vallín en uno de sus pasajes. De la cruzada para entender la obra de Andy Warhol como exaltación de la belleza de todo lo que nos rodea.

COPIA DE UNA COPIA 

La idea de la copia que nos dejó Warhol es utilizada por Vallín para justificar por qué es una tontería conceder más valor a la (película) original que a una reproducción (segunda parte, remake o reboot) bien hecha, pues todo el placer la emoción y la riqueza de una se encuentra en la otra. 

Que sí, que estamos hartos de más copias de Los cazafantasmas, de Hellboy, de Robocop, y de Terminators… Pero estamos hartos porque no son buenas copias, porque existen para ganar unas perras explotando la nostalgia… ¿Pero qué pasa cuando son buenas copias? Pues que son hasta mejores que los originales. Pensad en Blade Runner 2049 o en la mismísima serie del momento, Watchmen, que cada capítulo está más cerca de superar el comic original y esto es así porque ambas son obras de su tiempo basadas en universos complejo y riquísimos. Y con Star Wars o Marvel ocurre lo mismo, la (re)producción incansable de películas que parecen iguales es abrumadora, pero entre ellas hay cintas revolucionarias como Black Panther o tan políticas (y de actualidad, por cierto) como Episodio II: El ataque de los Clones. 

LOS ARQUETIPOS

Y después de la hipótesis viene la parte juguetona de este libro en el que su autor repasa los diferentes arquetipos del cine americano de este último siglo. 

Es al mismo tiempo un repaso por la historia de este arte y también una invitación para volver a ver las películas que te han marcado desde otro punto de vista. Es tan absolutamente divertido volver al western después de leer cómo Vallín lo relaciona con la construcción moral de un país, como identificar en tus películas favoritas al mejor invento cinematográfico de Hollywood, el héroe cotidiano, o sea James Stewart, o sea Tom Hanks

Y AL FINAL NOS CAGAMOS EN GODARD

O no, porque tan importante es hablar de los hallazgos de este ensayo como de las ganas que a uno le entran de discutirlos. Y como el libro tiene un talante juguetón hay un apéndice con 15 películas de autor muy progres y otras 15 películas de Hollywood muy de derechas. 

¿Soy un fascista si me gusta El club de la lucha? Y es ahí donde quizá el lector se estruje la cabeza o decida tirar el libro de Vallín por la ventana de la misma forma que Bradley Cooper lo hace con uno de Hemingway en El lado bueno de las cosas

Pero antes de tirarlo, pensad una cosa… ¿Qué cuentos queréis contar a vuestros hijos? Al final todos estaremos de acuerdo en lo importante: “La felicidad necesita abogados”

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