¿Cómo afronta el cine las filtraciones?

En CD, en gigas o terabytes. Los Papeles de Panamá nos llevan a destapar otras filtraciones míticas del cine.

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26 de mayo de 2016

2,6 terabytes de información es mucha información. Cualquiera que no sea un tullido tecnológico sabe que ahí cabe de todo, comenzando por lo principal: las ansias de más. Los Papeles de Panamá, la filtración informativa de la firma de abogados panameña Mossack-Fonseca, quizá nos haya dado la medida de la avaricia del ser humano: 2,6 teras. 11,5 millones de documentos con información oculta de 214.488 entidades offshore, creadas fundamentalmente para evadir impuestos. Una filtración, ¿de un hacker, de un alma caritativa desde dentro de la empresa?, que ha puesto sobre la mesa otras muchas con las que el estado de la moralidad se enfrentó al poder, el económico, el político, el empresarial, el militar, varias de ellas tratadas por el cine, ya fuera inspirándose en la realidad o como pura ficción.

En El quinto poder (Bill Condon, 2013), basada en la creación y desarrollo de WikiLeaks, la plataforma dedicada a obtener información de forma anónima, y ante su gran golpe, la filtración de 3 gigas de texto con secretos militares de las guerras de Afganistán e Irak por parte del soldado de 22 años Bradley Manning, alguien clama: “Coordinar esto va a ser imposible”. Algo así debieron pensar con los Papeles de Panamá los periodistas del Süddeutsche Zeitung alemán, sus primeros receptores, que acabaron pidiendo ayuda al Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación. La tecnología como nueva forma de justicia social. Y Wikileaks lo logró con lo que siempre fue una máscara, con el anonimato, con el anonimato tecnológico, hasta intentar alcanzar la transparencia, ya desde su primer golpe, muy parecido al de Panamá: una evasión fiscal a gran escala, con la fuente de un banco suizo.

Dos personas y un secreto. Así comienza cualquier conspiración, y toda corrupción. Una cadena de dos eslabones que va poco a poco aumentando, y que sólo se interrumpirá con un ser humano de principios, con un delator. La contrapartida son las represalias, y sobre todo el miedo a ellas. “¿Y dices que ese soldado metió un pen drive en un ordenador y sacó toda esa información?”, preguntaba escandalizada un alto cargo de la CIA. “No, un CD. Un CD en blanco en el que ponía Lady Gaga”, respondían sus subalternos para hacer aún más sangrante la situación.

También en esta línea militar, la inexistencia de armas de destrucción masiva en Irak también ha dado pie a varias películas con informantes y filtraciones, caso de Caza a la espía (Doug Liman, 2010), o la bastante más interesante y desconocida Page Eight (2011), del reputado dramaturgo británico David Hare. Dos historias de pura ficción, a la que no tuvo necesidad de recurrir la española B, la película (David Ilundain, 2015), versión cinematográfica de una obra de teatro previa, basada exclusivamente en la transcripción sumarial de la declaración de Luis Bárcenas, ex tesorero del Partido Popular, ante el juez Pablo Ruz, por la presunta contabilidad B del partido, filtrada en unos famosos papeles al periódico El País y publicada en enero de 2013.

 

LA PRIMERA GARGANTA PROFUNDA

Aunque los inicios de la investigación del caso Watergate por parte de Wooodward y Bernstein en The Washington Post no se debieron a ninguna filtración, sino a la pura investigación, en un momento de estancamiento, en el que no parecían poder seguir, un tipo al que Woodward bautizó como Garganta Profunda les fue sacando del atasco con filtraciones de viva voz efectuadas entre las sombras de un garaje. Aquel hombre se llamaba en realidad W. Mark Felt, era director asociado del FBI, y su identidad real no fue revelada hasta el año 2005. Interpretado por Hal Holbrook en la obra maestra Todos los hombres del presidente (Alan J. Pakula, 1976), el informador por excelencia, aunque afirmaba odiar los periódicos, comenzó con un gran consejo, “seguid el rastro del dinero”, y hasta abroncaba a los cronistas en los malos momentos del proceso de investigación: “No creí que fueran tan torpes. En una conspiración como ésta hay que ir paso a paso. Si apuntas a la cabeza no puedes fallar, y han fallado”.

Quizá el retrato más desasosegante y certero de un informador en el cine sea el de El dilema (Michael Mann, 1999). Una caja enviada de forma anónima a un periodista del programa 60 minutes enciende la mecha contra Philip Morris y otras grandes compañías tabaqueras, cuyos presidentes eran apodados como Los 7 enanitos, acusadas de manipular intencionadamente los efectos de la nicotina en sus productos. Y ahí el informante, ex jefe de investigación de Brown & Williamson, interpretado por un portentoso Russell Crowe, sufre la insoportable presión y amenazas del poder, situación que llega incluso a un programa tan prestigioso como el de la CBS, que no consigue poder emitir en total libertad una entrevista con el soplón. Refugiado en un hotel, separado de su familia, en el momento más impresionante de la película, éste llama al periodista (Al Pacino) y radiografía su extrema situación: “¡Me manipuló! Y ahora estoy frente al edificio de Brown & Williamson. Está todo oscuro excepto el 10º piso. Es el departamento legal, donde me están jodiendo la vida”.

Otro apasionante delator, éste completamente ficticio, es el interpretado por Tom Wilkinson en la tan críptica como demoledora Michael Clayton (Tony Gilroy, 2007). Un tipo que con la ayuda final de algo así como el señor Lobo de las grandes corporaciones (George Clooney), el solucionador del poder, pone en jaque a una empresa de 72.000 empleados radicada en 62 países. Una demanda conjunta de 450 personas, que piden un total 3.000 millones de dólares, frente a una empresa aparentemente impoluta que ha comercializado un producto químico que acaba con la vida de las personas. Y aquí el filtrador va a ser nada menos que el abogado defensor de la empresa, un profesional que lleva dedicado 6 años de su vida, el 12% de su existencia, “a defender un herbicida mortal”. “Soy Shiva, dios de la muerte. He estado cubierto por una enorme pátina de mierda toda mi vida”, gritaba esta garganta profunda al experimentar “la mareante ilusión de la renovación antes de morir”. Es decir, se había pasado al lado ético de la existencia. Y entonces, ante la presión de la prensa para saber si habría un acuerdo extrajudicial, decide mandar a imprimir 3.000 memorandos con la firma de los de arriba, y, bien especificados, los problemas del producto. Con uno de los textos bien subrayado: “La divulgación de estos documentos internos comprometería la comercialización del Culcitate y debe ser mantenida dentro de los confines de los documentos clasificados de United Northfield”.

Si los papeles de Panamá llegan a ser tan influyentes como los papeles del Pentágono aún está por ver. Y sólo la historia, y sobre todo las consecuencias de su salida a la luz, lo dictará. Los del Pentágono, filtrados por el analista de las Fuerzas Armadas de EE UU Daniel Ellsberg en 1971 al The New York Times y otros periódicos, y que demostraban las mentiras de las administraciones de Kennedy y Johnson sobre la Guerra de Vietnam, tienen en el documental The Fog of War (Errol Morris, 2003) un imprescindible reflejo cinematográfico. En él, su protagonista, Robert McNamara, secretario de Defensa y el hombre que ordenó realizar aquellos análisis luego filtrados por Ellsberg, afirma, en defensa de la otra cara de la moneda de las filtraciones: “Todos cometemos errores. Sabemos que los cometemos. No conozco ningún mando militar honesto que diga que no ha cometido errores. Y ante eso hay una expresión fantástica llamada ‘la nebulosa de la guerra’, que significa que la guerra es tan compleja que la mente humana no puede comprender todas sus variables”. Unos papeles que, por cierto, fueron desclasificados, excepto 11 misteriosas palabras que siguen tachadas, en junio de 2011.

A McNamara es posible que la libertad de prensa le diese alergia, pero centrándose en ella una de las tramas principales de la tercera temporada de The Newsroom, creada por Aaron Sorkin, también elucubraba sobre una filtración cuya consecuencia más importante era que uno de los periodistas acababa en la cárcel por no querer revelar la fuente de unos datos que desestabilizaban al gobierno. Algo a lo que también se enfrentaron, en vivo y en directo, Edward Snowden y los periodistas de los periódicos The Guardian y The Washington Post en Citizenfour (Laura Poitras, 2014), thrilller documental que, en un caso quizá único en la historia, estaba contado en tiempo real. La paranoia post-11S llevó a las violaciones de la privacidad en beneficio de la seguridad nacional, y Snowden, consultor tecnológico y empleado de la Agencia de Seguridad Nacional de EE UU, decidió poner freno con sus filtraciones, comenzando una compleja batalla: el poder del estado contra la capacidad del pueblo para oponerse de forma significativa a ese poder.

Como dice Snowden en uno de sus primeros mensajes, que sepas que cada frontera que cruzas, cada compra que haces, cada llamada que recibes, cada antena de telefonía que pasas, cada amigo que tienes, cada artículo que escribes, cada web que visitas, cada búsqueda de google, y cada paquete que envías, está en manos de un sistema cuyo alcance es ilimitado, pero cuya seguridad no lo es.

Y eso, seas corrupto o no, también va por ti.

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