Carlos Saura: “España en los 50 era un país medieval”

Hablamos con el director de 'Jota, de Saura' sobre nuestro pasado como país, su cine de los 70 y los consejos sentimentales que le daba Buñuel

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07 de octubre de 2016

La cámara de fotos colgada al cuello delata al interlocutor: Carlos Saura, fotógrafo, escritor e historia del cine español. Ha cumplido 84 años pero sigue en activo y en perfecta forma. Ahora presenta Jota, de Saura, nuevo documental que se suma a Flamenco, Zonda: Folclore Argentino, Tango, Fados, Iberia o Sevillanas y, que, esta vez, le lleva a innovar con la danza de su propia tierra, Aragón. Un viaje musical que comenzó hace 35 años con su flamenca adaptación de Bodas de sangre y que, si bien ha exportado nuestro arte alrededor del mundo, todavía no ha logrado que olvidemos las películas que, producidas por Elías Querejeta a finales de los 60 y durante los 70, La caza, Cría cuervos, La prima Angélica o El jardín de las delicias, cambiaron para siempre nuestro cine.

¿Un artista nunca se jubila?
No lo sé. Habrá de todo… Hombre, te jubilas cuando te mueres, ¿no? O cuando no tienes nada más que hacer. Digo yo, no sé. También depende de tu cabeza. Si tienes la cabeza mal ya te has jubilado.

Con Jota, de Saura vuelves a tus orígenes. ¿Cómo ha sido ese viaje de vuelta?
Bueno, esto no gusta mucho en Aragón pero yo soy un híbrido. Mi padre era murciano, así que soy levantino por un lado y aragonés por otro. He pasado una parte pequeña de mi vida en Huesca pero mi vida ha transcurrido en Madrid. Aún así, he hecho muchos viajes a Huesca porque mi madre estaba obsesionada con Aragón. Sí me siento muy aragonés, la verdad. Con la tierra, con la gente y su forma de ser. Esto era una cosa que tenía que hacer algún día. Los de allí siempre me decían: “Hombre, ya está bien. Tanto tango, tanto flamenco. Y te vas a Portugal a hacer fados y, ¿nosotros qué?” Y yo les decía que no había un productor que quisiese producirme esta película. Cuando lo ha habido la hemos hecho.

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Hace poco La Fábrica publicó tus fotografías de los años 50 en las que documentabas cómo era la España de esa época. ¿Puede haber en estos documentales musicales esa misma intención con respecto a los bailes?
No, porque lo que hay de pasado en La jota se reduce a Imperio Argentina y a Labordeta. La idea es precisamente la contraria, innovar en la jota, avanzar sobre la jota tradicional, extenderla, abrirla hacia el futuro. Que se pueda bailar con una blusa y un pantalón vaquero, que no haga falta bailarla con esos trajes típicos, demostrar que el cuerpo, el masculino y el femenino pero sobre todo el femenino, es muy bonito bailándola. Esa era una idea y la otra era ver qué relación tiene la jota con otras culturas que son similares y de las cuales seguramente provenga. La jota, como pasa con el flamenco y el fado, viene de la mezcla de muchas cosas en el siglo XIX, no es tan antigua como parece. En cuanto a las fotografías que hice en los 50 son sólo pasado… cuando las ves te das cuenta de lo que ha cambiado este país. España era un país medieval. Claro que el franquismo huía de esa imagen, España era la Sección Femenina y estaba fenomenal, pero yo traté de retratar esos pueblos, esas gentes que, a pesar de la miseria y de la pobreza, tenían una alegría natural. Una cosa muy bonita, ¿no? Y así era el pueblo español, un pueblo de analfabetos, un pueblo casi miserable. A un joven hoy le resulta casi imposible pensar como era España en los años 50. Y fíjate que no está tan lejos, pero el cambio ha sido bestial.

No se valora lo que hemos avanzado.
Es imposible para vosotros, los más jóvenes. Yo lo comprendo muy bien. ¿Por qué coño tenéis que preocuparos de lo que pasó hace 40 años o de la guerra de España? Pero a mí me parece que conviene recordar que eso ha existido, que ha ocurrido y que puede volver a pasar. El cine español es una ventana a lo que fue España y una manera de recordar. Va quedando. Es que no existe otra cosa. Menos mal que existen la fotografía y el cine. Si no existiesen, quedaría un recuerdo vago como ocurría antes de la fotografía. La fotografía ha modificado el recuerdo y nuestra forma de ver la vida. Hoy todos sabemos cómo eran nuestros padres y nuestros abuelos.

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¿Eso fue lo que te encandiló de la fotografía?
Esa ha sido una reflexión que he hecho mucho después. Yo hacía fotografía porque me gustaba mucho la técnica, los objetivos, las máquinas… Siempre me ha encantado todo ese mundo de la mecánica, pensar que con un aparato, con una especie de aparato de relojería, se podía retratar el pasado, guardarlo. La fotografía tiene esa cosa maravillosa y no se piensa. En el momento en el que aprietas un obturador lo que tienes es el pasado. Eso jamás había ocurrido en la historia del hombre. Sin embargo, ahora ocurre lo contrario. Ahora vivimos una especie de obsesión y de manía, todo el mundo con el móvil haciendo fotos. ¿Para qué? No sé para qué quiere la gente tantas fotos.

Tus películas de los 60 y 70 luchaban contra la censura y la falta de libertad en época de Franco. ¿Crees que la democracia ha garantizado esa libertad en el cine?
Se ha ganado en libertad porque hoy se puede contar prácticamente todo, con cuidado. Pero hay otro filtro que es la televisión y hay que tener cuidado con determinados temas que no les puedan parecer bien. Pero es que en nuestra época no podíamos hacer nada, estábamos atados, y todos tratábamos de salir adelante como podíamos. Lo que se ha ganado en libertad porque España es un país libre y puedes expresar tu opinión sobre todo, se ha perdido en la posibilidad de exhibir las cosas que se están haciendo. Hay otra censura muy potente que es una censura económica, ¿no? Y que además está en manos de la televisión, que es mucho más grave, porque la televisión suaviza sus contenidos para llegar a un público muy amplio y su obligación es que ese público no se asuste. Hay cosas españolas muy bien hechas pero todo es muy periférico, se queda en la superficie.

¿Crees que esa falta de libertad que sufríais os obligaba a ser más audaces en lo creativo?
No sé si la censura te obliga a buscar otros caminos para contar las historias. Yo reconozco que mis historias no las he contado por ese motivo, sino porque he visto que había una tradición española anterior que a mí siempre me ha gustado mucho. La tradición de contar las cosas indirectamente, ¿verdad?, y con la imaginación. Lo que ha hecho siempre Buñuel. Eso a mí siempre me ha gustado, que hubiese un cierto realismo pero también la posibilidad de usar la imaginación porque enriquece. En la época en la que yo me crié el realismo era la realidad inmediata. A nadie se le ocurría pensar que la realidad era más compleja porque te podían matar. La realidad era lo que teníamos delante de nosotros y lo demás, entelequias. Pues no, la realidad es mucho más compleja. No solamente es la realidad inmediata, son pensamientos, recuerdos, lo que tú quieres ser… El ser humano es mucho más complejo y complicado y, eso, para el cine, es fantástico.

Leí que Elías Querejeta hizo un cálculo sobre el público potencial que podían tener sus películas y le salió una buena cifra: un millón de espectadores.
¿Pero cuándo? Porque yo he crecido con Elías y Elías conmigo. Hicimos La caza juntos, que la produjimos juntos y a partir de ahí seguimos haciendo películas, y yo no creo que Elías calculara nada. Lo que pasa es que tuvimos éxito en el extranjero y premios en festivales internacionales y Elías, que era muy listo, aprendió a rentabilizar mis películas fuera, con un distribuidor francés, un alemán… Puede ser que más tarde sí que hiciese el cálculo de espectadores españoles.

Lo decía un poco a cola de Tarde para la ira. No sé si la habrás visto pero tiene mucho que ver con tu cine. Me preguntaba al verla si alcanzaría el millón de espectadores de Querejeta o si el cine español ha perdido ese público que sí vio tus películas…
No la he visto pero sé que Raúl Arévalo me nombra para decir que está influenciado por mí. Yo se lo agradezco. Le vi un momento en el festival de Toronto y fue muy simpático pero no tuve tiempo de darle las gracias.

Se las damos desde aquí.
Sí, algún día me gustaría charlar con él con más tranquilidad. Y además no es el único. Hay un par de directores españoles que ven mi cine como una referencia. Menos mal.

Sí que es cierto que durante gran parte de tu trayectoria en España no se te consideraba, que el reconocimiento es relativamente reciente. ¿Eso es una cosa muy española?
Desde luego. No sé si es muy español pero a mí los críticos me han puesto tibio. Y críticos eminentes. En El País, por ejemplo. Había un crítico por ahí que se llamaba Alberto, que escribía para televisión y que decía que todo lo que hacía yo era una mierda. Bueno, no quiero ser injusto, yo he tenido gente que me ha defendido en España. Poca gente. Y otros que me han atacado, pero bueno, España es un país complicado. Hay muchas envidias, rencores… Yo, si no hubiese sido porque mis películas gustaban en el extranjero, hubiese hecho una película nada más. A la primera película que hice, Los golfos, que fue al Festival de Cannes en el año 60, cuando estaba en Cannes le cortaron diez minutos. Llegué a España convencido de que nunca más haría una película. Hasta el punto de que me ofrecieron ser fotógrafo del Paris Match, que entonces era la gloria, y estuve a punto de dejar el cine y dedicarme a la fotografía.

Mientras en España te criticaban, fuera recibías las alabanzas de directores como Peckinpah o Spielberg…
Sí. ¡Y Woody Allen! O Scorsese, que dice que soy un gran director. Estoy muy agradecido.

Tu historia con Luis Buñuel es larga. No sólo como compañeros de profesión sino como amigos. ¿Qué recuerdo guardas de él?
Siempre recuerdo a Buñuel. Fíjate que lo quiero mucho como cineasta pero lo quiero más como persona. Para mí era como de la familia y yo, para él, como un hijo. Él tenía dos hijos pero yo creo que yo era como un tercero. Y como esa especie de padre, me aconsejaba. Una vez que me separé de una mujer me decía: “Carlos, piénsatelo bien antes de separarte”. Y yo: “Pero que ya lo he pensado bien, Luis”. Me aconsejaba sentimentalmente. Y era mucho más sensible de lo que parecía, algo que pasa mucho en Aragón. Por fuera parecen muy duros pero por dentro son muy sensibles. Siempre pongo el ejemplo de Goya, aparentemente hosco pero que pintó unos cuadros de una sensibilidad maravillosa.

Jota, de Saura se estrena el 7 de octubre.

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