[Cannes 2019] Jessica Hausner siembra la duda con ‘Little Joe’

La invasión de los ultracuerpos en versión psicofármacos vegetales. La directora de 'Lourdes' abraza de lleno el género en un filme sofisticado e inquietante.

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18 de mayo de 2019

En una edición del Festival de Cannes que parece dominada por el cine de género filtrado por la óptica de los mayores autores del panorama actual, aun así resulta sorprendente cómo la austriaca Jessica Hausner se ha zambullido de lleno con Little Joe en el relato de terror alegórico. Su estilizada variación sobre el tropo de suplantación de la identidad de La invasión de los ladrones de cuerpos, que tantos ríos de tinta con metáforas político-sociales ha suscitado en cada nueva revisión, es tan frontal como su puesta en escena fría y rectilínea.

Little Joe cuenta la historia de unos científicos botánicos que mediante manipulación genética de las plantas buscan la creación de una flor cuyo aroma brinda felicidad causando la producción de una hormona en el cerebro humano. Parece un plan digno de película de terror biotecnológico cronenbergiano, y el resultado se acerca bastante. En poco tiempo, la planta recién creada empieza a emplear su polen para tomar posesión de los humanos que la rodean, haciendo que su supervivencia pase a ser la máxima prioridad para ellos. La Audrey II de La tienda de los horrores (1986) estaría orgullosa.

A cambio, los hace felices, claro. Ahí es donde reside el poder alegórico del libreto firmado por la directora de Lourdes (2009) con su guionista habitual, Géraldine Bajard. Little Joe toma el mismo traje alegórico que retrató el miedo rojo, el conformismo social, el militarismo o el consumismo (según el momento histórico elegido) para hablar ahora del dopaje cotidiano con antidepresivos, estimulantes y toda clase de psicofármacos de la felicidad que aderezan las sinapsis de gran parte de la población para poder sobrellevar los pesares de nuestra existencia.

La inglesa Emily Beecham se apunta a la escuela de interpretación hierática tan querida por los cineastas autriacos con una facilidad que no es correspondida por compañeros de reparto como Ben Whishaw. Una fuente de extrañeza que parece no pretendida en la película es la factura puramente british de Little Joe –interpretada enteramente en inglés por un reparto británico, ambientada en Reino Unido (chistes localistas incluidos), BBC en la producción– dentro de unos códigos estéticos y narrativos geométricamente austriacos. Por otro lado, es un choque que beneficia a la atmósfera de duda que se crea cuando la protagonista empieza a sospechar cambios en la personalidad de quienes inhalan el polen de su creación vegetal.

¿Cuánto estarías dispuesto a cambiar de ti mismo para ser siempre feliz? ¿Dónde reside la verdad de tu personalidad y emociones dentro del caldo químico en el que flota nuestra existencia? ¿Qué queda de genuino en una persona sometida a toda clase de presiones sentimentales, cambios sociales y modificaciones químicas a pequeña escala? Jessica Hausner deja todas las cuestiones en el aire sin caer en los subrayados que suelen traicionar a los turistas del género. Hay un momento maravilloso en el que los propios personajes verbalizan todas las dudas que afligen a la protagonista; es como si las vainas de La invasión de los ultracuerpos (1976) hubieran visto la original La invasión de los ladrones de cuerpos (1956) y la comentaran.

Aparte del fascinante diseño de vestuario (Tanja Hausner, hermana y colaboradora habitual de la directora) y un trabajo de sonido sobresaliente, merece comentario aparte la banda sonora musical. Una sucesión de piezas del japonés Teiji Ito (muy bien ahí el vínculo con Maya Deren) Markus Binder, batería del grupo austriaco Attwenger, tan angulares como la composición visual de los planos y enhebradas de tal manera que contribuyen en gran medida a la atmósfera inquietante del filme. Aquí no hay excipientes.

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