‘De aquí a la eternidad’: el beso entre las olas que cambió para siempre a Deborah Kerr

El 5 de agosto de 1953 llegó a los cines el beso más famoso (anhelado e imitado) de la historia del cine, entre Deborah Kerr, Burt Lancaster y la orilla del mar.

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18 de agosto de 2020

Deborah Kerr nunca fue considerada la típica actriz sexy, sino más bien el prototipo de intérprete elegante y buenecita. No en vano, hasta que rodó De aquí a la eternidad (1953), película basada en un bestseller de James Jones, la actriz británica era principalmente conocida por sus papeles de dama decente y refinada.

Pero Kerr se sintió tremendamente atraída desde el principio por el papel de esposa adúltera que se rifaba en una nueva película de Columbia Pictures cuya acción transcurría en la base militar de Pearl Harbor en Hawái. Por eso, le pidió a su representante que le consiguiera ese trabajo como fuera y su agente tardó poco en llamar al jefe de Columbia, Harry Cohn, para proponerle a su representada para ese personaje.

Cohn, que quería a Joan Crawford, le colgó el teléfono de inmediato al pensar que aquella era una sugerencia ridícula. Acto seguido, les habló de aquella llamada a Fred Zinnemann y a Daniel Taradash, director y guionista de la película respectivamente. Para sorpresa del ejecutivo, ambos le dijeron que contar con Kerr podía ser una muy buena idea, ya que nadie lo esperaría, y le hicieron cambiar de opinión.

“En ese momento, [Kerr] era percibida casi como la Reina de Inglaterra, tan fría como un iceberg”, señaló en una entrevista Zinnemann. “Pero funcionó perfectamente”. Y tanto.
Sin apenas invertir en publicidad, la película resultó ser un éxito: triunfó en taquilla y fue nominada a 13 premios Oscar, de los que ganó ocho.

Aunque es indudable que la escena más esperada, y de la que más habló todo el mundo, era aquella en la que Karen Holmes (Deborah Kerr), harta de la farsa de su vida matrimonial, le pone los cuernos a su esposo besándose apasionadamente con el adúltero sargento Milton Warden (Burt Lancaster) entre las olas de una playa hawaiana.

 

Cómo se rodó el beso de De aquí a la eternidad

Según el guion inicial, la icónica y escandalosa secuencia ni siquiera tenía lugar en la playa; lo de emplazarla en ese idílico paraje fue una idea de última hora del director de la película. Ni tampoco estaba pensado que sus protagonistas se dieran el lote tumbados en la arena –iban a besarse de pie–, hasta que el varonil Lancaster lo sugirió.

Además, resultó bastante complicada de rodar. “Tenía que tener rocas a lo lejos, para que el agua pudiera golpear los pedruscos y saliera disparada hacia arriba, todo muy simbólico”, comentó Kerr en una entrevista.

“La escena acabó afectando profundamente a la película, pero, Dios, no fue divertida de rodar. Teníamos que elegir el momento justo por las olas, de modo que surgiera una grande y nos bañara. La mayoría de las olas llegaban hasta nuestros pies, pero necesitábamos una que se levantara por completo. Éramos como surfistas, esperando las olas perfectas. Entre cada toma, teníamos que hacer una limpieza total. Cuando todo acabó, teníamos cuatro toneladas de arena en la boca, y en otros lugares”, explicaba la actriz.

 

Escándalo entre las olas

Como cabía esperar por parte de una sociedad como la norteamericana de los años cincuenta, tan pacata, el escándalo y la expectación rodearon el estreno de la película. El provocativo (y fugaz) beso suscitó bastantes críticas y algunos aplausos, pero no pudo escapar de las garras de la censura.

De hecho, la MPAA (Motion Picture Association of America) prohibió las fotos del apasionado beso al considerarlo demasiado erótico, y los censores estadounidenses acabaron eliminando cuatro segundos de la provocativa escena.

Eso sí, el dichoso beso hizo historia. Es más, se convirtió en una de las imágenes más icónicas del cine clásico, y el lugar donde se rodó –la Cala Halona, en el lado este de la isla de Oahu– se volvió en esa época, y durante años, una popularísima atracción turística.

Por su parte, Kerr, apodada durante años como la ‘virgen británica’, se convirtió a partir de entonces en una especie de mujer fatal a ojos de los cinéfilos. Y también en una de las estrellas más cotizadas de la meca del cine. La actriz nunca llegó a ganar el Oscar por alguno de sus trabajos, pero obtuvo hasta seis nominaciones a la estatuilla dorada y acabó recibiendo uno honorífico en 1994.

 

De Deborah Kerr a la eternidad

A lo largo de su carrera, la escocesa participó en más de cuarenta películas y llegó a tocar el cielo con las manos. Empezó bailando ballet y actuando en obras de Shakespeare, para después participar en varios filmes británicos y hacerse un hueco en el mundo del cine. Acabó dando el salto a Hollywood a mediados de los años cuarenta, llegando a aparecer en títulos tan conocidos como el musical El rey y yo (1956) o el drama sureño La noche de la iguana (1964).

Harta de algunas de las reglas que regían el cine hollywoodiense de la época, se pasó a la televisión en los años ochenta y llegó a ser nominada al Emmy a mejor actriz secundaria por su trabajo en la miniserie Toda una mujer (1984). Poco después, eso sí, se retiró y vivió durante años en Suiza y España, junto a su marido y padre de sus dos hijas, el guionista Peter Viertel.

“Todas las personas exitosas hoy en día parecen ser neuróticas. Tal vez deberíamos dejar de sentir pena por ellos, y comenzar a sentirla por mí, por ser tan malditamente normal”, llegó a decir en una ocasión. En octubre de 2007, la versátil actriz falleció en Suffolk a los 86 años, víctima de la enfermedad de Parkinson. Tan solo tres semanas después de aquello, murió también su esposo.

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