[Berlín 2014] De cómo Bong Joon-ho se congeló

O por qué ‘Snowpiercer’, una de las películas más esperadas de los últimos años, acabó convertida en una de las mayores decepciones registradas desde hace tiempo. Por VÍCTOR ESQUIROL

10 de febrero de 2014

n Europa central eran las seis y media de la tarde. En el Lejano Oriente pasaban ya de las dos de la madrugada. En Berlín la comunidad cinéfila tomaba asiento en las cómodas butacas del Cinestar 8. Más allá de lo bien que de momento estaba rindiendo la Sección Oficial de la 64ª Berlinale, la atención la concentraba ese cajón de sastre en que se había convertido Forum. Ahí se produciría uno de esos momentos en que el séptimo arte aprovecha para reivindicarse como algo mágico. Íbamos a ver en pantalla grande la última película de uno de los directores más brillantes de este nuevo siglo.

El tren de Snowpiercer llegaba por fin a un gran festival, y de ninguna manera íbamos a dejarlo a pasar. Al fin y al cabo, dicha situación se había dado por algo parecido a un -inesperado- milagro. ¿Se acuerdan de las especulaciones? Las cávalas eran de una lógica aplastante: Bong Joon-ho, apadrinado por Park Chan-wook, firmando uno de los proyectos más ambiciosos en la historia de la riquísima cinematografía surcoreana. “Cae en Canes. Seguro.” Solo que no. “En Venecia, entonces, ya verás…” No lo vimos. “Pues en Toronto. ¡De Toronto no pasa! Verdad…?” Mentira. 

  Entonces empezaron las teorías, ligeramente basadas en hechos reales. Los Weinstein, que no tienen un pelo de tonto, se abalanzaron sobre la cinta. Cierto. Al parecer, y para hacer honor a su mítica tradición, dejaron las dudas para después de la compra. Ésta llegó; ésas llegaron… y ahí estaba la explicación. Harvey está que se sube por las paredes. La película dura más de dos horas y no ve manera humana de estrenarla en las salas de cine.” El desembarco de ‘Snowpiercer’ en su país natal (y en Francia, y en Japón) no pudo evitarlo, pero como aun no estaba perdida la guerra, siempre podía secuestrar las copias en su(s) territorio(s), prohibir su proyección en los grandes certámenes y así ganar un poco de tiempo para arreglar aquel desaguisado. Ya.

 Volviendo a la realidad, los invitados empezaron a desfilar por el escenario del Cinestar 8. Estaba la familia casi al completo, y las cámaras y smartphones echaban humo. Lo mismo que los fotógrafos: no había manera de encuadrar a tanta grandeza. En aquel lugar y en aquel momento teníamos ante nuestras narices al mencionado Park Chan-wook, a John Hurt, a Tilda Swinton, a Song Kang-ho… y a alguno más. Estaba en la sala hasta el ilustrísimo Embajador de Corea del Sur. Pero, ¿y el máximo responsable? Bong Joon-ho no pudo venir. Problemas de agenda, pero en serio, no como los de la Moncloa. El director del filme se encontraba aquellos días en su país, enfrascado en el rodaje de ‘Haemoo’, de su buen amigo y colaborador Sung Bo Shim. Su presencia se quedó en un fantasmagórico video suyo en el que nos pedía mil disculpas por no poder estar con nosotros.

Y después, por fin, nos abrochamos los cinturones. Empezaba el trayecto. Lo hacía, como ya sabíamos, en el año 2031, en un interminable corro de vagones que recorrería, eternamente, una Tierra arrasada por un agente químico causante de un inclemente invierno a escala planetaria. El cambio climático de manos de la célebre novela gráfica de Jean-Marc Rochette. ¿Efecto invernadero? Todo lo contrario: glaciación global. Como en los viejos tiempos. Vamos bien…

Y a partir de ahí, todo fue mal. Y se confirmaron los peores temores. Bong Joon-ho, aquel súper-dotado que arremetió contra la sociedad urbanita en la cáustica Barking Dogs Never Bite, el mismo que dio un sopl(az)o de aire fresco a las monster movies con la imprescindible The Host, el mismo que nos enseñó a ver el relato familiar desde otros ojos en la muy rescatable Mother… pero sobre todo, quien nos regaló aquella implacable reflexión sobre el estado de derecho titulada Memories of Murder (una de las obras maestras más importantes de los últimos tiempos), era humano, y como tal, acababa de caer en un error de mortal: emular a Ícaro. Se vio en plena facultad de sus fuerzas, sabía que aquel era momento y se puso a volar. Hasta que le fallaron las alas.

El camino de Snowpiercer hasta la Berlinale (y hasta todos los países donde tarde o temprano, esperemos, llegará) es la crónica de una agonía. La película entendida como reto cinematográfico, también. Volvamos a navegar. Hipótesis: a lo mejor, si Harvey Weinstein, sigue reteniendo la película, es porque no tiene ni pajolera idea de por dónde empezar a amputar o a volver a montar. La cruda realidad: lo que vimos en la Berlinale fue el Director’s Cut, el mismo que ha llegado a estrenarse en los países antes mencionados.

Sea de quien sea la culpa, el diagnóstico no ofrece tantas variaciones. El resultado inmediato de Snowpiercer se salda en siniestro total. Nada que salvar. Pasadas las horas, el balance general se atenúa… pero sigue siendo igualmente catastrófico. ¿Estamos ante una película mala? No. Ni mucho menos. ¿Ante una película fallida, pues? Sin duda. Pasado el prometedor prólogo, las malas sensaciones lo inundan todo, y por cada alegría (que las hay, por ejemplo, Ed Harris aprovechando sus pocos minutos de juego para reivindicarse, una vez más, como uno de los mejores actores de la historia) vienen después cinco golpes casi mortales. Así durante dos horas.

La dirección de actores está al nivel del caos lingüístico mostrado por el guión. Las explicaciones más necesarias o se omiten o resultan demasiado pobres. La dirección artística combina aciertos con -injustificables- fallos de principiante, y la historia, exceptuando sus últimos veinte minutos, nunca llega a arrancar. Culpa del ritmo, pésimamente calculado, culpa de un misterio gestionado de forma aún peor… culpa de Bong Joon-ho (duele), que en su obsesión por respetar a Rochette (con licencias consentidas por ambos bandos, ojo), se olvida del oficio que le hizo grande.

Lo suyo no es de adaptador. Es de taxidermista de película de terror. Ha conseguido que el animal se esté quietecito en el mostrador, pero al pobre bicho nunca se le había visto tan muerto. Y es que este filme debería convertirse en un caso académico a la hora de ilustrar a las futuras generaciones sobre los peligros de saltar de formato sin pagar el peaje de la traducción. ‘Snowpiercer’, para entendernos, es el cómic (en general) hecho película (ídem). Sin impurezas. Es un excelente storyboard… incapaz de unir convincentemente sus potentes imágenes.

Entre ellas encontramos a George Orwell, y Aldous Huxley, y a Harry Harrison, y a L. Frank Baum, y a Terry Gilliam, y a aquellos primerizos Jean-Pierre Jeunet y Marc Caro… hasta podemos ver a Ken Levine (y a todo lo que este nombre arrastra). Pero cada uno de ellos sufre el mismo estado de parálisis que el animal disecado. Con las ideas que alimentan la caldera de la locomotora, igual: sobre el papel son buenísimas; matadoras a la hora de trazar metáforas terroríficas sobre nuestro mundo… pero a efectos prácticos, igualmente inertes.

Porque Snowpiercer, en el mejor de los casos, es una película muy bien pensada. En todos los demás, está tristemente ejecutada, y herida de muerte por su propia genialidad. Duele. A la vista, a la mente y al recuerdo. Es un desastre, comparable a querer hacer avanzar un tren de carga empujando desde el último vagón. Un suicidio, ¿verdad? Pues eso mismo. Como con Ícaro, pero con las alas congeladas.

¿Y cómo quedó el cuerpo de Bong-Joon ho después del accidente? Machacado. Normal, cuando terminó la proyección, eran las nueve en Alemania; las cinco de la madrugada en Corea del Sur. A pesar de esto, el director apareció una vez más en la pantalla del Cinestar 8, pero en esta ocasión en riguroso (y despeinadísimo) directo. Alabado sea el Skype. En ese Q&A vía online, una revelación: el montaje que vimos (el del director) sería el mismo (atención) que estrenarán los mismísimos Weinstein (en palabras del propio Bong Joon-ho… y a la espera de ver cumplidas las promesas de los hermanos, que esto ya es otra cosa). Últimas dos preguntas: ¿Cuándo fue la última vez que a Harvey le ganaron en esta batalla? ¿Por qué será?

Una última, para levantar los ánimos: ¿Por qué nos caemos…?

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