[BCN Film Fest 2019] ‘Rojo’: el abogado, las moscas y el ‘true detective’ chileno

El argentino Benjamín Naishtat juega al desconcierto con un noir atmosférico y sutil, con golpes de humor incómodo, en el que se respiran más cosas de las que se explican

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23 de abril de 2019

Antes que las cuatro letras del título del tercer largometraje de Benjamín Naishtat inunden la pantalla, ya hemos visto un plano fijo que pone el foco en una casa de la que sale gente en todas direcciones, cargada con objetos de su interior. Un rótulo nos advierte y nos sitúa en una provincia argentina, en 1975. Le sigue una escena en un restaurante: un tipo con ganas de gresca es humillado desde el intelecto y la mano izquierda; la cosa apunta a palabras mayores, a desastre, a tragedia. Con ese poderoso arranque doble, Rojo dibuja una desconcertante, perturbadora, y muy incómoda historia en la que en todo momento sobrevuela la tensión, la violencia a punto de implosionar. El protagonista es un respetado abogado y padre de familia, un tipo al que se le desmorona la comodidad burguesa en la que vive plácidamente.

La terrorífica realidad de aquella Argentina que estaba a puntísimo de entrar en su periodo más negro, el del golpe de estado y la dictadura, el de la Triple A y los miles de desaparecidos y/o asesinados, sobrevuela en la atmósfera. Se respira en las situaciones, aparentemente autónomas (¿hemos hablado ya de desconcierto?) y visualmente hipnóticas, en unas subtramas muy Relatos salvajes, que se encaminan hacia un metafórico eclipse solar que amenaza con hacerlo explotar todo. Un cadáver a los postres, moscas, un ensayo de un ballet, un bisoñé ridículo y un detective chileno famoso gracias a la televisión, redondean una trama con múltiples lecturas entre líneas, repleta de elipsis y de momentos que dejan patidifuso (el que más: un spot de caramelos para egoístas que provoca risas nerviosas entre el personal).

Benjamín Naishtat nos sitúa en los años 70 no únicamente por necesidades del relato. Lo temporal parece servirle, también, para jugar con múltiples recursos del cine de la época: los zooms (muy giallo, o muy Valerio Lazarov), los planos congelados, el uso del color… Y entre ese look setentero y en medio de tanta furia ambiental, entre tanto nerviosismo al borde de la explosión, dos actores magnéticos (que lo serían incluso leyendo una guía telefónica ante la cámara): Darío Grandinetti, el doctor letrado superado por lo que le cae encima, y Alfredo Castro, el sagaz y mediático investigador, tienen un par de encuentros, de duelos interpretativos casi de western, que dejan con la boca abierta. En Rojo hay mucho cine, y muy bueno. Y… sí, mucho desconcierto.

 

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