[Atlàntida Film Fest 2020] Tienes que ver ‘A Voluntary Year’ antes de que te la cuenten

La película de Ulrich Köhler y Henner Winckler es una historia de desarrollo imprevisible que es mejor ver sin saber nada. Ni siquiera leer este artículo.

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29 de julio de 2020

Ulrich Köhler es un director algo esquivo dentro de la llamada Escuela de Berlín, ese grupúsculo heterogéneo (pero nunca demasiado para el etiquetado cinéfilo) donde también se encuadró a cineastas como Angela Schanelec o Christian Petzold. Sus películas, como ocurre con las de su pareja Maren Ade (Entre nosotros, Toni Erdmann) se fundamentan en la destilación del extrañamiento que se puede encontrar en cualquier situación cotidiana. Porque a la gente normal y corriente no le gana en rarezas ninguna criatura fantástica o de ciencia-ficción.

Con títulos como Bungalow (2002) y Montag kommen die Fenster (2006), Köhler parecía aplicar ese registró de observación estrafalaria –siempre con un tono mesurado muy germánico, varios niveles por debajo de las estridencias de un primer François Ozon con quien quizás se podía comparar– a entornos domésticos. Con la propuesta africana de Sleeping Sickness (2011), rodada en Camerún con la privación de sueño como telón de fondo, empezó a ampliar horizontes hacia un terreno muy transitado por cierto cine de autor reciente: las lindes con el género fantástico o de terror que se tientan, si acaso se toquetean, pero nunca se cruzan del todo.

Aunque eso último sí sucedería más explícitamente con In My Room (2018), un esimismado drama distópico en toda regla que mantenía el mismo registro homogéneo en imágenes y situaciones de siempre, pero para seguir el deambular de Hans Löw como una suerte de penúltimo hombre vivo sobre la Tierra. La película compitió en la sección Un Certain Regard de Cannes, pero sin mucho que aportar a un estilo de filme siempre más habitual y repetido de lo que sus creadores suelen querer.

Así llegamos a A Voluntary Year, sin duda la mejor película de Ulrich Köhler y la primera que dirige (y escribe) en colaboración de su amigo Henner Winckler, otro antiguo alumno de la Escuela de Berlín muy desaparecido. Sería difícil dividir la autoría de la película entre ellos, pues se trata de un proyecto desarrollado por ambos desde hace varios años. Todos los que han tardado hasta encontrar la financiación para una propuesta muy difícil de vender en cualquier pitch que se precie.

A Voluntary Year podría considerarse una comedia paternofilial con cero risas (recuerda que Köhler tiene dos hijos con la autora de Toni Erdmann, así que guardan cierta sintonía entre lo que entienden por “comedia”), pero una gran fascinación por los movimientos de sus personajes.

Los protagonistas, la hija Jette y el padre Urs, a quienes conocemos el día que ella debe tomar un avión para irse un año de voluntariado a Costa Rica, no paran de moverse y los directores del filmen parecen más gente que reacciona a sus ocurrencias que los demiurgos que las han pensado.

Porque Jette (interpretada con admirable soltura voluble por la debutante Maj-Britt Klenke) debe ir a Costa Rica, pero no vamos a entrar en SPOILERS sobre lo que ocurre en realidad. El titular del artículo no obedece exclusivamente a un ánimo clickbait, sino que cree sinceramente que uno de los mayores valores de A Voluntary Year consiste en enfrentarse a su desarrollo, al que se entra en un punto de in medias res como podría ser cualquier otro, sin casi asideros a los que agarrarse.

La primera media hora de la película es francamente alucinante. Con una demostración de energía para encadenar malabares de tono, timing y acción simultánea en segundo plano equiparable a la de Justine Triet en La batalla de Solferino (2013). Una alternancia fascinante entre el caos controlado y la libertad total de lo imprevisible.

Porque de eso va A Voluntary Year, de lo que no podemos controlar, lo que lleva a salir volando incluso cuando intentamos poner todo de nuestra parte para caminar sobre suelo firme. Eso confiere al desarrollo de la acción un tipo de suspense inaudito, sedimentado en los primeros minutos, que da una idea de que todo puede saltar por los aires en cualquier momento.

Y la forma que tienen Köhler y Winckler de transmitirlo no puede ser más óptima, con la cámara siempre pegada a los vaivenes de los personajes, a ver si es capaz de pillarles el ritmo incluso aunque durante gran parte del metraje estén dentro de vehículos.

En una película que va sobre los impulsos, las decisiones (des)acertadas y los errores de percepción, es digno reconocer que sus artífices se equivocan mucho menos que sus personajes. Y, por una vez, ¡eso no es malo!

Puedes ver A Voluntary Year en el Atlàntida Film Fest de Filmin hasta el 27 de agosto.

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