Así es ‘Verano 1993’, la Biznaga de Oro del Festival de Málaga

La mejor ópera prima de la Berlinale llega al certamen andaluz aupada por su preciosa historia y las entrañables niñas que la protagonizan

Por - 23 de marzo de 2017

Una película hecha de recuerdos. Como la vida. No hay una trama. Apenas sucede nada. Sólo una sucesión de escenas y secuencias triviales, cotidianas, sin aparente importancia. Verano 1993 es, como su título indica, la memoria de una infancia durante un estío a principios de los 90. La historia de Carla Simón, su directora, quien con nueve años perdió a sus padres enfermos de sida y se trasladó a vivir con sus tíos y su prima pequeña.

“El guión estaba formado de recuerdos, de cosas que me había contado mi familia, pero, sobre todo, de sensaciones, de emociones que yo recordaba. Cuando te pasa algo así la memoria hace cosas raras, haces borrón y cuenta nueva, recuerdas poco”, cuenta Carla Simón en la rueda de prensa del Festival de Málaga, donde su ópera prima, que ya salió de la Berlinale premiada, se ha posicionado como una de las películas favoritas.

Producida por Valérie Delpierre, María Zamora y Stefan Schmitz, Verano 1993 arranca con la mudanza de Frida de la ciudad al campo, con el abandono de la casa materna en Barcelona y el traslado a un universo nuevo, entre gallinas, vacas y gatos que dan alergia. Pegada en todo momento a los ojos de su protagonista, en primeros planos que dejan a los adultos fuera de plano o reducidos a rodillas que se mueven al fondo, Carla Simón va narrando a través de escenas cotidianas el verano que cambió su vida.

Así, por ejemplo, una excursión familiar al río o una verbena popular en la plaza del pueblo, sirven para contar cómo encaja la llegada de esta niña en la relación de pareja de sus tíos o los celos de ida y vuelta con su prima pequeña. Naturalista, a la manera de Mia Hansen-Love y ese cine en el que la historia avanza prácticamente sin trama, a base de gestos en apariencia insignificantes y pequeñas escenas, Carla Simón entrelaza sus memorias de aquellos meses de estío para contarnos otra cosa.

“Es una historia sobre cómo aprender a gestionar las emociones, o como no saber gestionarlas al ser sólo una niña”, explica la directora que concibió Verano 1993 como “una iluminación” después de rodar en Londres un corto que también trataba el tema del VIH y entender que aquello le tocaba de lleno. Su ópera prima, a pesar de ser muy personal, es también un reflejo de los estragos del sida en la España de los años 80 y 90. Una enfermedad que, por cierto, nunca se menciona en la película.

Prácticamente como en aquellos años y tal como la directora de Verano 1993 lo recuerda: “Yo no supe que mis padres habían muerto de sida hasta que tuve doce años. Para mí era muy evidente que esta palabra no podía estar en la película si estaba contada desde el punto de vista de la niña. Me parecía importante contar ese momento de España y mi visión es la de no juzgar a nadie; no entiendo el tabú ni el estigma”.

Verano 1993 son también los ojos de Laia Artigas, la niña de ocho años que da vida a Frida con una verdad que no se veía en el cine español desde los papeles de Ana Torrent en los años 70. Algo tiene esta película de El espíritu de la colmena y, sobre todo, de Cría Cuervos –la secuencia de las tumbonas sola podría funcionar como homenaje– en la que la actriz de Tesis rememoraba al fantasma de su madre que acababa de morir. Es fascinante la naturalidad de Laia Artigas y la complicidad que crea con la otra revelación de esta película, Paula Robles, de tan sólo cuatro años.

“Buscábamos niñas que se parecieran mucho a los personajes que había escrito. Por ejemplo, de Frida era muy importante que nunca hubiese estado en el campo, que viniese de la ciudad; para hacer de su hermana necesitábamos a una niña muy pequeña”, recuerda Carla Simón sobre sus pequeñas intérpretes que nunca leyeron el guión pero que convivieron con el resto del equipo tiempo antes del rodaje para crear “una memoria compartida” que diese verdad a su relación. Ya en el set, buscando crear una historia universal, dejaron la memoria a un lado e “improvisaron mucho algunas escenas y otras no tanto”, echando mano de una coach que preparaba a las niñas antes de cada toma.

“David [Verdaguer, 10.000 KM] y Bruna [Cusí, Incierta Gloria] demostraron mucha generosidad en este sentido, porque actuar en el fuera de campo, siempre poniendo por delante a las niñas”, explica Carla Simón sobre los protagonistas adultos de la película, a la altura de la verdad que transmiten las pequeñas durante todo el metraje.

De los gestos de sus personajes, de su humanidad a la hora de adoptar a su sobrina, de integrarla en su vida, se desprende una ternura que mitiga la dureza de la historia. Porque, en el fondo, Verano 1993 cuenta la muerte de una madre a través de la nueva vida de su hija. “Para mí esta película no ha sido una catarsis sino una conexión con mi historia”, reflexiona su directora sobre un relato que durante mucho tiempo dejó de sentir como suyo, pues “después de contarlo tantas veces, en tercera persona, parecía que le había sucedido a otro”.

“Para mí es muy importante no ser explícito, que el espectador ponga de su parte. Creo que el espectador es muy inteligente y que puede atar los cabos. Porque así es la vida, las cosas no se dicen tal cual, muchas veces nos cuesta articular lo que sentimos. Por eso para mí era importante esa sutileza en la narración”, añade Carla Simón sobre su película de recuerdos, escenas sueltas, memorias deslavazadas. Como la vida. Al menos, tan emocionante como ella.

Verano 1993 se estrena el 30 de junio.

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