Jonathan Demme: más allá de ‘El silencio de los corderos’

Desde sus videoclips para Talking Heads y New Order a sus comedias ochenteras: en la carrera del director neoyorquino hubo mucho más que thriller y canibalismo

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26 de abril de 2017

Es un hecho: para la historia del cine, Jonathan Demme será para siempre el autor de El silencio de los corderos y (en menor medida) el de Philadelphia. Nada hay de malo en ello: reinventar el thriller (ofreciéndole, de paso, dos papeles irrepetibles a Anthony Hopkins Jodie Foster) y dirigir la primera película de gran presupuesto sobre la pandemia del sida (poniéndole en bandeja su primer Oscar a un Tom Hanks en busca del respeto crítico) son razones suficientes para que un cineasta pase a la historia. Pero el director neoyorquino, que ha fallecido hoy a la edad de 73 años, contaba con otros trabajos interesantes en esa filmografía que fue tan excéntrica como irregular. En homenaje a su memoria, aquí te presentamos las seis películas con su firma que sería más oportuno rescatar.

La cárcel caliente (1974)

Como es sabido, Demme comenzó su andadura sudando la gota gorda a las órdenes de Roger Corman. Y, en su película de debut, eso se nota que da gusto. Como permite adivinar su ‘sutil’ título español, La cárcel caliente es puro sexploitation de cárceles (ese género tan de su época) a mayor gloria de Barbara Steele, Juanita Brown, la ‘chica Russ Meyer’ Erica Gavin y otras currantes del subgénero. Ahora bien: la película cumple sobradamente, y, además, participa de obsesiones de su director como los personajes femeninos al límite y los ambientes sórdidos.

El eslabón del Niágara (1979)

El tránsito de los 70 a los 80 fue una época de gloria para el thriller, con obras señeras del género a cargo de Brian De Palma, John Carpenter, Sam Peckinpah y otros maestros. La primera película ‘seria’ de Demme (una vez abandonada la férula de Corman, y tras haber firmado trabajos tan delirantes como Luchando por mis derechos) se apunta a esa corriente, y, para ello, cuenta con dos importantes bazas. La primera: un reparto encabezado por esas fuentes vivas de mal rollo llamadas Roy Scheider, Janet Margolin Christopher Walken. La segunda: una trama-rompecabezas en la que se mezclan el mundo del espionaje y la terrible (pero cierta) historia del Zwi Migdal, el sindicato del crimen que controló el tráfico de mujeres en América durante más de medio siglo.

Stop Making Sense (1984)

Tras el fracaso de Chicas en pie de guerra (un filme que le llevó a chocar su testuz con las de Kurt Russell Goldie Hawn), Demme buscó refugio en el mundo de la música. Un mundo que conocía muy bien, dada su faceta como realizador de videoclips. Así pues, el cineasta acabó siendo el responsable de un filme que documentaba el directo de los Talking Heads en su época más creativa. La banda de David Byrne Tina Weymouth estuvo sublime sobre las tablas, la puesta en escena resultó de lo más innovadora y Demme (ayudado por el director de fotografía Jordan Cronenweth, padre de Jeff Cronenweth) captó el conjunto en una de las mejores películas-concierto de la historia.

The Perfect Kiss (1985)

La faceta musical de Demme merece un vistazo atento. Y, en ella, brilla con luz propia este trabajo para New Order, al que podemos calificar sin ambages como “el anti-videoclip”. Sin un solo movimiento de cámara, y con su habitual uso de los primeros planos, Demme capta a la banda de Manchester tocando en directo, haciéndonos sentir como si nos hubiésemos colado en su local de ensayo. El resultado es impactante todavía hoy, pero su rodaje no estuvo exento de tropiezos: gran admirador del batería Steve Morris, Demme rodeó sus tambores con cámaras para rodarlo lo mejor posible… y se llevó uno de los chascos de su vida, porque el tema usaba una caja de ritmos.

Algo salvaje (1986)

De puro ochentera, la película que relanzó la carrera de Jonathan Demme como director de ficción podría llevar calentadores. Y, a falta de ellos, bien están la peluca y los collares de una Melanie Griffith desatadísima, que arrastra al ejecutivo Jeff Daniels en un viaje delirante con persecución incluida a cargo de un ex marido psicópata (Ray Liotta). Con grandes críticas y una buena recaudación, Algo salvaje pareció encauzar la carrera de Demme hacia la screwball comedy, un género que volvió a practicar en Casada con todos (1988). Pero, poco después, el cineasta recibió la oferta de dirigir cierto thriller sobre una agente del FBI y un psiquiatra psicópata. Y todos sabemos cómo terminó la cosa.

La boda de Rachel (2008)

La gloria y los Oscar de Demme con El silencio de los corderos Philadelphia acabaron resultando efímeros. El inmenso batacazo de Beloved (1998), la mala acogida a La verdad sobre Charlie (2002) y su tibio remake de El mensajero del miedo (2004) hicieron que la entrada en el siglo XXI no fuera precisamente agradable para Jonathan Demme. Así pues, el director se tomó un respiro dirigiendo un filme de bajo presupuesto… que acabó resultando el mejor valorado de los últimos años de su carrera. No nos hagamos ilusiones, eso sí: el filme, sobre una yonqui recién desenganchada que acude a la boda de su hermana (y arma la tremolina de rigor), fue concebido como un vehículo de lucimiento para una Anne Hathaway que acabó nominada al Oscar y al Globo de Oro. Al menos, Demme pudo otorgarle un cameo cantarín a su amigo Robyn Hitchcock

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