10 películas que nos enseñan que el ser humano es bueno en tiempos de adversidad

Conoce a algunos hombres y mujeres buenos para afrontar esta crisis en la mejor compañía.

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15 de marzo de 2020

Vivimos tiempos apocalípticos. Pero si algo nos enseña el cine –o parte de él- es que jamás hay que perder la fe en las personas. Aquí va una selección de películas que demuestran que, ante la adversidad, el ser humano da lo mejor de sí.

Mejor… imposible (James L. Brooks, 1997)

Las apariencias engañan… por lo menos en el cine. Melvin Uval (Jack Nicholson) debería ser el tipo más despreciable de la tierra (¡como que es escritor!)… Hasta que una camarera le rasca su corazoncito y se lanza a hacer el bien por esos mundos de dios (bueno, tampoco nos pasemos, por esos mundos de dios que solo existen en el cine indie estadounidense). Nicholson y Helen Hunt (la camarera desencadenante de la pandemia de bondad) ganaron dos merecidísimos Oscar.

Amélie (Jean-Pierre Jeunet, 2001)

Marcó una época. Cambió el cine. Sí, es posible que hayas acabado hasta las narices de Mademoiselle Poulain, que escuchar dos acordes de la banda sonora de Yann Tiersen suponga una trepanación cerebral, y te hayas tenido que pegar con media humanidad para obtener “tu foto Amélie” en el Sacré Coeur parisino… pero aceptemos que todo el planeta conoce a Amélie, su corte de pelo y sus costumbres.

Lo bonito de Amélie es que era un hada buena y autónoma, que hacía el bien desinteresada y anónimamente sin esperar nada a cambio. Reconozcámoslo: nos iría mejor con más personas como Amélie.

Tres padrinos (John Ford, 1948)

Está feo hacer una lista de cine sobre cualquier cosa y no poner a John Ford. Como a nosotros no nos gustan las cosas feas, aquí va una de sus obras más tiernas, en las que tres hombretones con más muescas en el revólver que la filmografía completa de la saga John Rambo se enfrentan a su duelo más letal: cambiar un pañal. O lo que es lo mismo, la transformación moral del ser humano en el salvaje oeste.

Mil veces imitada, nunca superada. John Wayne, Pedro Armendáriz y Harry Carey Jr.: tres angelotes que, en vez de alitas lucen sombreros de ala ancha.

Le Havre (Aki Kaurismaki, 2011)

Hasta los mayores nihilistas de la historia de la Humanidad tienen un momento en el que bajan la guardia y se nos ablandan (y nosotros con ellos). Kaurismaki nos entrega con este filme un retratito de la odiosa Europa y de sus adorables europeos. Todo el mundo se ayuda, en una historia que proclama la abolición de todas las fronteras, ya sean las nacionales, raciales, generacionales o económicas.

Tokyo Godfathers (Satoshi Kon, 2003)

Que los mejores siempre se van demasiado pronto no es una frase hecha, y la pronta muerte de Kon, destinado a ser el Miyazaki del siglo XXI, así lo demuestra. No hay una sola de sus películas que no sea una obra maestra y, de todas ellas, sin duda, esta peculiar adaptación de Tres padrinos es la que más te reconcilia con el ser humano. Kon cambia el salvaje oeste por el salvaje Tokyo y convierte a los heroicos cowboys en un alcohólico, una fugitiva y una trans (sí, casi dos décadas antes que los Javis y su Veneno).

Whisky a gogó (Alexander Mackendrick, 1949)

Nadie rueda mejor las películas sobre el poder de la comunidad que los británicos. Su género “el pueblo unido, jamás será vencido” es imbatible. Que en su filmografía haya obras maestras como Lookig for Eric o Full Monty está lejos de ser casual. Ocurre, en parte, porque tuvieron toda una generación (los Angry Young Men) que establecieron el canon a seguir y, en parte, porque tuvieron a un genio como Mackendrick, la productora Ealing y una peli como Whisky a gogó.

¿Qué puede haber peor para un escocés que quedarse sin alcohol? Como no sea la muerte … Pero un naufragio y la colaboración de todo un pueblo puede conseguir humedecer el más seco de los gaznates… y de los lagrimales (a base de risas, eso sí).

Todo sobre mi madre (Pedro Almodóvar, 1999)

La primera película en oscarizar a Pedro Almódovar es también su filme más solidario. En su cine hay personas buenas, malas y regulares. En el cine español, por regla general, todo el mundo es malo o incapaz de ayudar, y si no que se lo digan al Plácido de Berlanga. En Todo sobre mi madre, no. Almodóvar salva hasta al apuntador (esa abuela cascarrabias interpretada por Rosa María Sardá) en una oda a la empatía humana.

Cadena de favores (Mimi Leder, 2000)

En su momento nos pareció la cosa más blanda de la historia del cine. ¡Ah, qué cínicos éramos cuando no existían las pandemias! Hoy, es justo reconocer el compromiso cívico de la genial idea que tiene el niño infantil del filme (¿qué digo un niño? ¡el NIÑO! ¡Haley Joel Osment!). Propone hacer un favor a tres personas… que a su vez deben repetir su buena acción, hasta convertir el mundo en un lugar mejor. Si su teoría se hubiera puesto en práctica, esto sería Jauja, y Joel Osment tendría el Premio Nobel de la Paz.

La ciudad de la alegría (Roland Joffé, 1992)

Durante la década de los 80 existía la literatura y existían Dominique Lapierre y Larry Collins. Nadie vendía más que ellos y era difícil encontrar un hogar en el que no estuvieran sus novelas (por entonces, en vez de hipotecas basura, los bancos regalaban libros). Dominque Lapierre fue a ver cómo funcionaba la ayuda humanitaria (entonces tampoco existían las ONGs) en Calcuta. Quedó tan impresionado con su labor que volvió con una novela debajo del brazo. Joffé la convirtió en película.

Patrick Swayze corre que te corre entre chabolas y miseria para salvar vidas humanas en una película que tiene un mensaje claro: por más que te quejes, sonríe, que siempre habrá alguien peor que tú.

El secreto de vivir (Frank Capra, 1936)

Si hubo alguien que se dedicó en cuerpo y alma a convencernos de la bondad del ser humano, ese fue Frank Capra. Casi toda su filmografía versa sobre este particular, pero el Mr Deeds interpretado por Gary Cooper es, sin duda, su creación más perfecta. Alguno dirá que compite seriamente con el James Stewart de ¡Qué bello es vivir!, pero recordamos a nuestros amados cinéfilos y cinéfilas que aquel contaba con ayuda divina… y así no se vale.

El generoso Deeds, millonario por sorpresa, solo tiene un corazón de buey para defenderse de timadores, aprovechados, sablistas… y falsas enamoradas. Y sale victorioso, claro, porque el Bien, para Capra, siempre vence.

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