10 muñecos de cine que dan mucho miedo

Cualquiera de estos peleles podría hacerle compañía a 'Annabelle' en los cuartos de juegos del infierno.

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12 de julio de 2019

No insista, señor James Wan, que nos conocemos: vale que es una pieza de coleccionista, que lleva mucha historia (maldita) a cuestas y que, además, usted nos la deja a precio de ganga, pero no estamos dispuestos a comprarle esa muñeca. Sí, sabemos que se llama Annabelle, y admitimos haber sentido cierta curiosidad cuando usted nos la presentó en su Expediente Warren. Pero, aunque ardemos en deseos de conocer su morboso pasado (en la pantalla, se entiende) no tenemos la menor intención de llevárnosla a casa. ¿Por qué? Pues, para empezar, porque usted participa como productor en este spin-off, y nosotros estamos lo bastante al tanto de su trayectoria como para saber lo peligroso que es eso. Y, para seguir, porque muchos años de experiencia en las cosas del cine de terror nos han hecho partícipes de un miedo cerval a los juguetes con ojillos brillantes que sonríen en la oscuridad. Si quiere más detalles, échele un vistazo a esta lista, donde encontrará ejemplos procedentes tanto de los clásicos más ilustres como de la serie B más tirada: seguro que, tras hacerlo, nos entiende y se va a buscar a otros pardillos.

Muñecos infernales (Tod Browning, 1936)

 

Pensábais que íbamos a empezar con el bueno de Chucky, ¿verdad? Pues lo sentimos, porque el mofletudo monigote asesino tiene un par de antecesores ilustres que no podemos pasar por alto. Sus antepasados más lejanos bien podrían ser los muñecos que dan título a este filme, si bien con una pequeña salvedad: aquí los muñecos son, en realidad, seres humanos reducidos a la mínima expresión, y camuflados como figuritas para niños por el antihéroe del filme, un Lionel Barrymore travestido y vengador. ¿Suena a locura? Pues sí, pero estando tras la cámara el autor de Drácula Freaks, es indudable de que se trata de una locura maravillosa.

El muñeco diabólico (L. Shonteff, 1964)

Ojo, no echéis las campanas al vuelo: pese a la coincidencia de sus títulos españoles, esta película y la estrenada en 1988 no tienen demasiado que ver… Aunque sí comparten alguna premisa que otra. Por lo pronto, el muñeco de marras (llamado Hugo) no está a la venta en jugueterías, sino que se trata de un muñeco de ventrílocuo. Cosa que, de por sí, te llenará de mal rollo si recuerdas la edad dorada de Mari Cármen José Luis Moreno. Pero aún hay más: según descubrimos al correr del filme, Hugo alberga en su cuerpecillo de cartón el alma del antiguo ayudante de su dueño, El Gran Vorelli (Bryant Hallyday), lo cual le impele a perpetrar asesinatos y villanías diversas. ¿Te suena de algo?

Magic (Richard Attenborough, 1978)

Tras la megalomanía bélica de Un puente lejano y antes de triunfar con Gandhi, Richard Attenborough se alió con el guionista William Goldman (sí, el de La princesa prometida) para una incursión en el thriller más o menos paranormal. Una vez más, el eje de los sustos reside en la interacción entre un ventrílocuo (Anthony Hopkins, aún muy lejos de convertirse en superestrella) y su marioneta, un malhablado bicho llamado Fats cuyo rostro sería capaz de darle un susto a Satán. Vinculados entre sí por lazos profesionales, amén de psicoanalíticos, el hombre y el pelele competirán entre ellos por el amor de la maciza Ann-Margret, viéndose empujados a la espiral homicida de rigor.

Poltergeist (Tobe Hooper, 1982)

Sí, es él: el maldito payaso. Producto de la morbosidad sin complejos de Hooper (que no necesitaba las motosierras de La matanza de Texas para imbuirnos un santo terror) y de la fijación de Steven Spielberg (aquí, productor) por el lado oscuro de la infancia, este maldito monigote no tiene muchas escenas en el filme, pero tampoco las necesita. Basta con ver la mueca que exhibe mientras acecha a Heather O’Rourke y a su hermanito Oliver Robins para saber que a la familia Freeling le ha caído una encima una maldición de las gordas. De programaciones televisivas del Más Allá y promociones inmobiliarias poco escrupulosas, mejor hablamos cuando se nos pasen las palpitaciones.

Dolls (Stuart Gordon, 1987)

El hecho de que, tras realizar Dolls, Stuart Gordon y el guionista Ed Naha se reunieran para crear Cariño, he encogido a los niños debería darnos alguna pista acerca de los entresijos de este filme, que en su estreno español fue subtitulado como La casa de los muñecos diabólicos. Resulta que el grimoso, pero amable matrimonio de Guy Rolfe Hilary Mason (jugueteros ambos, y residentes en la campiña inglesa) se dedica a aprisionar las almas de criminales y asesinos en adorables muñecas de porcelana, para así hacerles purgar sus pecados haciendo felices a los niños. Cuando un grupo de viajeros extraviados, a cual más impresentable, llega a la mansión de marras, las peponas y los polichinelas se disponen a hacer su agosto…

Muñeco diabólico (Tom Holland, 1988)

Se ha hecho de rogar, como corresponde a una estrella, pero aquí le tenemos por fin: con todos vosotros, cinemaníacos, el único y genial Chucky, dispuesto a recordarnos por qué su hinchada faz y su vesánico gesto han generado la friolera de cinco secuelas, amén de escándalos y polémicas a granel. Siempre con un pie en la comedia negra, y con el guionista Don Mancini y el actor Brad Dourif moviendo sus metafóricos hilos desde hace casi tres décadas, el protagonista de Muñeco diabólico acabó sentando cabeza con los años, y ahora le tenemos hecho todo un cabeza de familia: La novia de Chucky La semilla de Chucky nos presentaron a su pareja Tiffany y a su vástago Glenn, un chaval con ciertos problemas de disforia de género. El año pasado, para celebrar el estreno de La maldición de Chucky, nosotros te ofrecimos un completísimo informe sobre su no-vida y sus hazañas.

Puppet Master: La venganza de los muñecos (David Schmoeller, 1989)

Sin ánimo de subestimar a Chucky (cualquiera se atreve, sabiendo cómo se las gasta), hemos de admitir que, puestos a sacarle partido a los juguetes malignos, el estudio Full Moon no tiene rival. Especializada en trabajos directos a vídeo, y dotada con una insistencia inversamente proporcional a sus presupuestos, esta empresa ha generado una continuidad que ríete tú de la de Marvel, con sus propios minihéroes y minivillanos siempre dispuestos a enfrentarse en los crossovers de rigor. Además de las diez entregas de Puppet Master, franquicia en la que se entremezclan las maldiciones egipcias con las conspiraciones nazis, Full Moon ha cultivado el subgénero con las franquicias Juguetes asesinos (cuatro entregas, la primera de 1992) y, desde un punto de vista más heroico, en Dollman (1991). Lo delirante de sus premisas y la presencia en su nómina de nombres como David DeCoteau Albert Pyun (sobradamente conocidos por todo amante de la serie B más infrahumana) convierten a esta productora y su universo en materiales de primera para nuestro Crítico de Mierda.

Dolly Dearest: Jugando a matar (Maria Lease, 1991)

Las chochonas de la tómbola, esas barbies de tu hermanita que tanto miedo dan si las miras con poca luz, las siempre infravaloradas Sindy Nancy… Está claro que, en la vida real, las muñecas con capacidades terroríficas son legión, algo que el cine apenas ha sabido explotar. De hecho, nosotros hemos tenido que llegar hasta los 90 para toparnos con una directora y guionista dispuesta a remediar esta injusticia: ambientada en México, y con la siempre socorrida excusa del antiguo cementerio indio (maya, en este caso) como fuente de horrores primigenios, Dolly Dearest nos presenta a un juguete femenino, con su faldita y sus cuchillitos, que aúna un negro y satánico corazón con un exterior de lo más grimoso. Porque, aun suponiendo que sus diseñadores pretendían darle un aspecto hiperrealista, lo cierto es que el jeto de Dolly nos recuerda mucho a la Isabelle Fuhrman de La huérfana… después de quitarse el maquillaje.

Saw (James Wan, 2004)

Encasillado en los parámetros del torture porn tras pergeñar esta saga, James Wan ha logrado demostrarnos que en su magín habitan terrores de toda índole: de hecho, él es el creador de Expediente Warren y el productor de Annabelle. Pero un vistazo detallado al serial que le dio la fama demuestra que su historia de amor con los muñecos diabólicos viene de largo. De no ser así, ¿a santo de qué habría de escoger el asesino Puzzle a una grimosa marioneta para presentarse ante sus víctimas? Si, un buen día, despiertas en un húmedo y mugriento sótano y este pelele te suelta una charla sobre el valor de la vida, la virtud purificadora del peligro y la capacidad del dolor para expiar los pecados, reza lo que sepas y disponte a perder una extremidad o dos (eso, si tienes suerte).

Silencio desde el mal (J. Wan, 2007)

Efectivamente: otra vez tenemos con nosotros al señor Wan, probando que lo suyo con los juguetes infernales raya en la manía. De hecho, el cineasta y su inseparable guionista Leigh Whannell abordaron, en su tercer largometraje, uno de los tropos con el que más veces nos hemos encontrado a lo largo de este informe: el del muñeco de ventrílocuo maldito, en esta ocasión llamado Billy y vinculado a la terrible historia de una titiritera asesina y nigromanta cuyo fantasma disfruta cortándole la lengua a la gente (qué aficiones más raras tienen algunas, oye). Señalemos, todo sea dicho, que tanto Wan como Whannell consideran esta película como un paso en falso, motivado por necesidades económicas y echado a perder por las intromisiones de los productores.

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