Las ganadoras de mejor película del Festival de Sitges, de peor a mejor

El Festival Internacional de Cine de Catalunya ha recogido a lo largo de cinco décadas la evolución constante del cine de terror y fantástico. La mirada abierta y ecléctica de su programación para difuminar las fronteras del género está fuera de toda duda, pero ¿cómo la ha reflejado el historial de su palmarés?

A continuación ordenamos de peor a mejor los títulos galardonados con el premio de mejor película (instaurado en 1984; hasta entonces, el de mejor dirección era el equivalente pero esos casos no se han tenido en cuenta), donde una comprensión heterodoxa del fantástico o el terror se ha mantenido como norma.

Aclaración: no se incluyen en el ranking dos películas ganadoras –A Hungarian Fairy Tale (Gyula Gazdag, 1987) y Navigator, una odisea en el tiempo (Vincent Ward, 1988)– por no haber tenido la oportunidad de verlas todavía.

Por DANIEL DE PARTEARROYO

Orígenes (2014)

Mike Kahill, que ya había explorado la ciencia-ficción new age millennial en Otra Tierra (2011), en su segunda película llevó aún más lejos la destilación de la magufada con glaseado de cupcake.

Esta historia de amor, resurrección interocular y espiritualidad cuenta con un reparto (Michael Pitt, Brit Marling, Steven Yeun) tan reluciente como los ojos de Àstrid Bergès-Frisbey. Pero hace falta mucha predisposición para tenerle fe por encima del planteamiento y la melaza de su ejecución.

Red State (2011)

Primer coqueteo de Kevin Smith con el terror (sin contar Jersey Girl), donde un grupete de jovenzuelos son cazados y hostigados por una comunidad religiosa ultraconservadora.

Las cosas como son: Michael Parks está aterrador como sacerdote demente, Melissa Leo no decepciona y John Goodman siempre es una fiesta, pero todas las carencias de Smith como director y su tendencia a la brocha gorda satisfecha de sí misma no pudieron quedar más al descubierto.

Vidocq (2001)

Borrachera digital de principios de siglo con la que Pitof debutó en la dirección sin saber muy bien dónde colocar la cámara… así que intentaba ponerla en todos lados; no, cuando llegó Catwoman no había mejorado.

Gérard Depardieu encarna a un Vidocq orondo, escatológico y tan excesivo como el resto del empaque sobrenatural que arropa este tripi solo recomendable con Biodramina.

Ed Gein (2000)

Tiene su sentido que una película sobre Ed Gein, el asesino en serie más legendario de EE UU, sea premiada en un festival como el de Sitges.

No tanto cuando se trata de este biopic dirigido por Chuck Parello, que sabe a muy poco si se compara con cualquiera de las otras decenas de obras de ficción inspiradas en la figura real del carnicero de Plainfield.

Jupiter's Moon (2007)

Después de revisar Frankenstein en Semilla de maldad (2010) y soltar una jauría de perros por Budapest en White Dog (2014), el húngaro Kornél Mundruczó abordó su filme más ambicioso hasta la fecha con la historia de un refugiado de guerra con superpoderes.

La alegoría social del relato está tan limitada como en la carrera anterior de este cineasta aquejado de iñárrituritis, pero hay que destacar el atletismo formal de Marcell Rév, director de foto que luego pasará a colaborar asiduamente con Sam Levinson en Nación salvaje Euphoria.

Hard Candy (2005)

Primer largo de David Slade, donde ya dejó ver sus preocupaciones visuales y de composición. Con todo, nunca levanta el vuelo por las limitaciones del guion de Brian Nelson, al que quizás la anécdota le viene ya demasiado grande.

Ellen Page y Patrick Wilson merecían un material mejor para que pudiéramos decir que se dieron a conocer con una obra de culto. Sería un caramelito demasiado tentador.

Réquiem (2006)

Aún resuenan los quejidos de los fans del terror y el fantástico que se quedaron patidifusos con el premio de mejor película del festival para este drama del alemán Hans-Christian Schmid.

En él se narra con total desgarro una historia de epilepsia y enfermedad mental (el recital interpretativo de Sandra Hüller, futura hija de Toni Erdmann, es apabullante) que bien podría ser confundida con una posesión demoniaca necesitada de exorcismo. Pero claro, aunque la base sea la misma, esto no es El exorcismo de Emily Rose. Ni falta que hace.

Un cuento gamberro de Navidad (2010)

El finlandés Jalmari Helander dio con una premisa incontestable y atrayente: la existencia de un servicio lapón de cacería de Papá Noeles salvajes y su exportación a otros rincones del planeta cada Navidad.

A pesar de que ya había explotado bien el asunto en dos cortometrajes, tomó la vía de la expansión y aumentó la historia hasta lograr una aventura fantástica de corte ochentero que apostaba por la ilusión sin caer en la manufactura de nostalgia hacia estilos superados. Pocos pueden decir lo mismo.

The Pillow Book (1996)

Ah, los años 90, con sus películas de Peter Greenaway kilométricas y llenas de hermetismo argumental, cambios de formato e imágenes sobreimpresionadas unas encima de otras.

Tomando El libro de la amohada de Sei Shonagon como inspiración, añadiéndole fetichismo por la pintura corporal, música de Brian Eno (más canciones de U2) y una estructura narrativa laberíntica superpuesta por capas, el cineasta británico ofrece una de sus incisivas experiencias sensoriales muy difíciles de repetir o recomendar.

La invitación (2015)

Todo lo que puede salir mal al aceptar una invitación para cenar en casa de tu expareja sale mal en esta película indie de terror soft orquestada por Karyn Kusama.

Suele hacer las delicias de los conspiranoicos y los aficionados a dichos como “piensa mal y acertarás”. El final te dejará buen sabor de boca, pero considera si el resto del ágape mereció la pena.

Ciudadano X (1995)

Telefilme de HBO cuando tener esa tarjeta de presentación era de todo menos un cumplido. Chris Gerolmo, guionista de Arde Mississippi, cuenta la investigación policial para dar caza y captura a un asesino en serie en los años 80.

¿Suena genérico y poco interesante? La cosa cambia cuando resulta que se trata de un caso (real) ambientado en la Unión Soviética, ahogada por la burocracia y los últimos años del deshielo comunista.

71 fragmentos de una cronología del azar (1994)

Este es uno de esos premios con los que Sitges sorprende de vez en cuando. En vez de decantarse por una película más inscrita en el género de terror, fantástico o thriller, el jurado le dio el máximo galardón al mosaico de historias desvinculadas de Michael Haneke.

Justo antes de hacer Funny Games Código desconocido, el director de El vídeo de Benny planteó este relato caleidoscópico de 71 vidas atrapadas en órbita a un tiroteo masivo durante el atraco a un banco en Viena.

Surveillance (2008)

15 años pasaron desde el debut en la dirección de Jennifer Lynch con la inefable Mi obsesión por Helena (1993) hasta este segundo largo, cuya comisaría de policía bien podría estar situada en las inmediaciones de Twin Peaks.

Sin embargo, la hija de David Lynch se va hasta Nebraska para ambientar este perverso y ultraviolento thriller nihilista con masacres crueles y despiadadas, interrogatorios en paralelo por videocámara y una pareja de agentes del FBI que permitió a Bill Pullman Julia Ormond pasárselo de lo lindo.

El hoyo (2019)

Única ganadora española del premio de mejor película. La ópera prima de Galder Gaztelu-Urrutia es una pieza de ficción alegórica muy bien armada y engarzada con la tradición de prisiones de funcionamiento imaginativo.

Aquí se trata de un foso con un desconocido número de niveles, con dos ocupantes por piso, que cada día reciben una plataforma para alimentarse con los mayores manjares. El problema es que el banquete empieza en los pisos superiores y los de debajo dependen de la solidaridad de los de arriba para poder probar bocado o morir de hambre. El resultado es obvio.

Swiss Army Man (2016)

El dúo de directores formado por Daniel Kwan y Daniel Scheinert (conocidos como los Daniels, igual que aquí tenemos a los Javis) apuestan por llevar lo más lejos posible la propuesta más bobalicona: la relación entre un náufrago y un cadáver flatulento.

No hay derecho a que el resultado sea una historia de amistad, autoconocimiento y superación personal tan divertida, sorprendente y bien cerrada.

Moon (2009)

En Sitges suelen caer bien los retoños de los grandes mitos (como deja claro esta lista), así que si Duncan Jones, el hijo de David Bowie, lo puso tan fácil para premiarle como presentar una ópera prima espacial con un gran protagonista, requiebros identitarios, buena música (Clint Mansell) y exquisito gusto visual… pues se le premia.

Obviamente, hay que destacar la actuación del infalible Sam Rockwell manteniendo el tenderete él solo. Y no olvidemos que, gracias al robot GERTY, Moon también permite disfrutar del trabajo de Kevin Spacey sin necesidad de verle la cara.

Cube (1997)

Vincenzo Natali irrumpió en el cine con la fuerza de un high concept tan atractivo como el entramado infinito de habitaciones con forma de cubo (y trampas mortales) por las que pasan los amnésicos protagonistas de este endiablado experimento.

Recomendamos quedarse solo en esta película y no adentrarse en las secuelas para conservar el fascinante halo de misterio que Natali mantuvo en el primer cubo.

Ocurrió cerca de su casa (1992)

Quizás una de las películas más desagradables, inmorales y, a pesar de todo, divertidas que se han filmado nunca. Precisamente lo que para muchos es la esencia de Sitges.

Rémy Belvaux, André Bonzel y Benoît Poelvoorde idearon un falso documental que reflexionaba sobre la fascinación audiovisual por la violencia y su explotación estética con un equipo de rodaje siguiendo (y asistiendo) a un asesino en serie en plena matanza desquiciada. No recomendable para primeras citas ni veladas familiares.

Henry, retrato de un asesino (1986)

Michael Rooker debutó en el cine interpretando a uno de sus asesinos más despiadados

Tomando como base a los auténticos asesinos en serie Henry Lee Lucas Ottis Toole, el director John McNaughton cuenta su masacre inclemente con brutalidad explícita, desasosegante feismo verista y breves estampas de esteticismo necrótico. Como la entrada anterior del ranking, pero sin risas (?).

Climax (2018)

El delirio psicotrópico de Gaspar Noé con danza, musicote y drogas empieza en lo más alto, con un número de baile que es pura apoteosis orgiástica de la anatomía humana en movimiento (vogue, waacking, locking y todo lo que cabe en una coreografía grupal) donde la cámara de Benoît Debie se mueve como una pieza bailarina más.

Tan puntiaguda es esa cima, que la espiral de enajenación por consumo de drogas, enfrentamiento entre los bailarines y descenso a la locura máxima acaba pareciendo el resultado agobiante más normal del mundo. Más consecuencia que pesadilla.

Zatoichi (2003)

Takeshi Kitano aporta su versión particular del legendario samurai ciego Zatoichi encarnando al guerrero y dirigiendo su aventura con la destreza de un musical de tap dance donde no faltan los chorros de sangre a presión.

Una de las mejores películas de samurais del siglo XXI, cuyo espectacular vestuario fue diseñado por Kazuko Kurosawa, hija de ese Akira en el que estás pensando.

Borgman (2013)

Un señor barbudo aparece en la mansión de una familia de clase alta, se instala con ellos y empiezan a pasar cosas entre extrañas, regulares y violentas.

Lo que parecía que iba a quedarse en variación sobre la tan revisada Teorema (1968) de Pasolini toma una serie de giros que, en vez de posicionar al cineasta holandés Alex van Warmerdam como un revisor del pasado, lo colocan como predecesor de conceptos tan celebrados posteriormente como la red de indigentes de Lo que esconde Silver Lake (2018) o el engaño de identidades de Parásitos (2019).

The Ring (1998)

La película de fantasmas, pelo lacio y cintas de vídeo con la que Hideo Nakata dio pistoletazo de salida a la fiebre del j-horror. 

La premisa de la cinta de VHS maldita, la llamada telefónica y la aparición catódica de Sadako sigue siendo un portento al que el centenar de derivaciones, copias y parodias no han quitado ni un ápice de encanto… ni escalofrío.

Corazón de medianoche (1988)

Revisión de la Repulsión de Polanski transplantada a un burdel abandonado (con habitaciones temáticas), de arquitectura cambiante o nunca del todo clara, por donde deambula una Jennifer Jason Leigh alucinante y alucinada, a quien la película se lo pone muy difícil para diferenciar entre la realidad, la imaginación y lo sobrenatural.

Matthew Chapman dirigió esta suerte de Argento descafeinado que consigue transmitir al espectador la misma incertidumbre que mueve a su protagonista, en medio de arpegios electrónicos de la banda sonora de Yanni.

Europa (1991)

Tercer largo del Lars von Trier más barroco, enrevesado y recargado visualmente, aquí en blanco y negro, que convocó a medio continente para contar una historia de espionaje político en la Segunda Guerra Mundial, hipnosis y vías de tren.

Con la desorientación de Kafka como objetivo y las retroproyecciones constantes como fetiche, el cineasta danés culminó su trilogía de neonoirs desbordantes y desbordados antes de dar un giro de 180º con el Dogma.

Gattaca (1997)

El debut de Andrew Niccol se benefició de un score prodigioso cortesía de Michael Nyman para una historia de ciencia-ficción y eugenesia ten pegada a la rigurosidad dramática como a la emoción.

Ethan Hawk es un hombre concebido de manera natural, aunque para llegar a considerar sus rasgos fenotípicos imperfectos tenemos que estar en un mundo poblado por gente como Uma Thurman y Jude Law, claro.

Dracula: Pages from a Virgin's Diary (2002)

Otro de esos premios de Sitges que denotan valentía y atrevimiento. El canadiense Guy Maddin, recurriendo a sus habituales técnicas de cine silente, se alía con la compañía de Ballet Real de Winnipeg para contar Drácula en versión musical, al son de las sinfonías de Gustav Mahler.

Más allá de la frescura estética, un homenaje en toda regla al expresionismo, la visión de Maddin de la novela de Bram Stoker señala como nunca antes el comentario sobre la xenofobia victoriana y el miedo al Otro (el extranjero, el inmigrante) que late bajo uno de los mayores clásicos de terror de la cultura occidental.

Re-Animator (1985)

Puede que no sea la mejor adaptación de H.P. Lovecraft que se puede pedir, o desde luego la más fiel, pero ¡ay de quien se atreva a negar que es la más divertida, recuperable y pizpireta!

Stuart Gordon tomó el relato de Herbert West y lo convirtió en una pieza de serie B sobre la reanimación farandulera de cadáveres con mucho látex pringoso en los efectos especiales y muy poca vergüenza. Si es que no hace falta pedir más.

Holy Motors (2012)

Leos Carax detrás de la cámara y Denis Lavant delante, cambiando de identidad y apariencia como un actor que vive dentro de un mundo de ficción inagotable mientras recorre las calles de París dentro de su limusina-camerino.

Una alegoría sobre el teatro social de las apariencias, el arte dramático, la vida dentro del cine (ese reencuentro musical en la azotea de la ruinosa Samaritaine abandonada, frente al Pont Neuf de los amantes) y un ejercicio de imaginación abierto que constata el final de una era de las imágenes para coger fuerzas frene al advenimiento de lo que nos ha llegado después.

Orlando (1992)

Sally Potter toma la novela más ultramoderna de Virginia Woolf y la convierte en una adaptación ultramoderna con Tilda Swinton de protagonista, dejando la cuarta pared tan destruida como después de una cita entre Phoebe Waller-Bridge y Deadpool.

Orlando atraviesa la historia de Reino Unido desde el siglo XVII hasta los años 90 del XX. Pasa de ser un joven deseado y andrógino a una mujer deseada y andrógina, siempre defendiendo la sensibilidad poética frente a la zafiedad del mundo.

Oldboy (2003)

Uno de los títulos clave que, a base de martillazos dentales y esquemas de venganza altamente enrevesados,  llevaron el thriller coreano a conquistar el mundo en la primera década del siglo XXI.

Aquí comenzó la alianza entre Park Chan-wook y el director de foto Chung Chung-hoon, una de las duplas más arrolladoras en la creación de imágenes pictóricas pero ultradinámicas del cine reciente. Y Choi Min-sik, por supuesto, se convirtió en un auténtico icono del género.

El incinerador de cadáveres (1969)

Praga, años 30. La vida de un incinerador de cadáveres obsesionado con su trabajo un pelín más de lo saludable. El insoportable protagonista se integra a la perfección con la implantación del régimen nazi, cuyos tentáculos y políticas de odio xenófobo vemos crecer a su alrededor mientras él se preocupa más por liquidar gente a la que luego incinerar.

Ejercicio de comedia negra muy fina (y desconcertante, que por algo era checoslovaco) de Juraj Herz. Tan buena que, mientras seguía prohibida en su país (no pudo verse hasta la Revolución de Terciopelo de 1989), en Sitges le dieron el premio de mejor película en 1972, cuando aún ni siquiera existía dicho galardón.

 

En compañía de lobos (1984)

Fijándose bien en El manuscrito encontrado en Zaragoza (1965), Neil Jordan y la escritora Angela Carter adaptaron una colección de cuentos fantásticos de la segunda entremezclando sus marcos narrativos en una espléndida red de relatos licántropos a prueba de las preguntas de cualquier Caperucita Roja.

Sarah Paterson fue quien interpretó muy convincente ese rol, en tan buena compañía como una entrañable Angela Lansbury cuentacuentos, Terence Stamp haciendo del diablo o los extraordinarios efectos especiales de las transformaciones en lobo, bien pringosos, peludos y artesanales.

The Fall (2006)

Localizaciones tan distantes como la ciudad azul de Jodhpur o el aljibe escalonado de Chand Baori en Rajastán, el zoo de Buenos Aires, un lago de arcilla blanca en Namibia, la Colina Capitolina de Roma o la mezquita de Santa Sofía en Estambul acogen el desarrollo en forma de matrioshka de este cuento fantástico, a la vez escuchado, narrado y soñado por una niña pequeña llamada Alexandria.

Tarsem Singh puso su descomunal imaginería visual al servicio de un relato maravillado por el arte de narrar, por los trampantojos argumentales y, sin duda, por el vestuario imposible de Eiko Ishioka.

Terciopelo azul (1986)

Poca discusión admite que esta obra maestra de David Lynch ganara el premio de mejor película en Sitges.

Un shock brutal para el público en el momento de su estreno, tan atrapado como Kyle MacLachlan dentro de ese armario desde el que se asoma, sin poder apartar la mirada, a un pútrido mundo de violencia y dolor.

Su aclamación y reconocimiento se han multiplicado desde entonces, pero el misterio, la fascinación y el miedo de las imágenes de Terciopelo azul permanecen tan imperturbables como emergieron de la gran pantalla de Sitges en 1986. Son las pesadillas que vemos en sueños.

Ir a la portada