CRÍTICA

La gran estafa americana

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31 de enero de 2014

La extraordinaria, casi obscena, intimidante, capacidad de los protagonistas de El golpe (George Roy Hill, 1973) para empatizar con el espectador se completaba (y competía de tú a tú) con una propuesta narrativa, tramposísima, cómo no, pero absolutamente seductora, que convertía al espectador en cómplice, casi cooperador necesario, de la pirula que el tándem Redford-Newman tendían al inolvidable Lonnegan (¿O era Lonnigen?) de Robert Shaw. La gran estafa americana quiere ser El golpe, y no puede, sencillamente porque a David O. Russell el pretendido golpe, la supuesta gran estafa americana, le importa un bledo. Por consiguiente, a nosotros, espectadores, acaba importándonos aún menos su trabajo. Y la película se queda en lo que se queda. Que no es poca cosa, de acuerdo, pero no es lo que promete.

Lo que queda es, sobre todo, una apoteosis del colegueo, esa mezcla de la termodinámica de los cuerpos de los actores y la exageración, ese híbrido entre intensidad y sensiblería que a veces azota a los actores y les hace creerse irresistibles. Incluso cuando en verdad lo están. Los cuatro protagonistas campan a sus anchas por la película de Russell, apóstol de esta contradictoriamente irresistible mascarada desbordante de ritmo que no lleva a ninguna parte. Bajo una sensacional selección de temas musicales de los 70 (¿para cuándo el Oscar al mejor jukebox?), ellos son la película, y sólo a ellos corresponden los adjetivos: un Christian Bale, perfecto patético aunque los kilos y el disfraz han robado parte del alma; un correoso Bradley Cooper, riéndose de sí mismo, y dos espléndidas actrices, Jennifer Lawrence y Amy Adams, absolutamente desencorsetadas, reinando entre el oropel a su antojo. El featuring de Robert De Niro, con su ceño fruncido, corona el desparrame gesticular y colma toda sed de carisma desde la platea.

Todos ellos componen un festival de egos, un derroche de energía, un empacho de compadreo que funciona mientras no echemos la vista fuera del tinglado que se montan. De El lado bueno de las cosas hasta aquí, al director de actores en que se ha convertido Russell se le perdió por el camino aquella resultona mezcla entre la casi tragedia inicial y la comedia romántica final. También la inmersión en la basura familiar blanca, un ecosistema en el que el riesgo de la parodia sienta como un guante.

Esta vez el cineasta antes preferido de los hermanos Weinstein opera casi como una esteticién sobre este caramelo hollywoodiense, ultracalórico, divertido y resultón que se agota en sí mismo. Si El golpe era un gran truco, La gran estafa americana es una gran broma. Ni retrato de una época, ni bosquejo de caracteres, ni relato criminal. Sólo actores sabiéndose actores, autoconscientes de sus talentos desatados, en una comedia que redefine la horteridad y la eleva a excusa estética para hacernos pasar un buen rato. 

 

VEREDICTO:  Mascarada setentera y resultona que no termina de dar el golpe.

SINOPSIS:

Un estafador brillante se ve obligado a trabajar junto a su astuta y seductora compañera para un tempestuoso agente del FBI que les arrastra al mundo de la política y la mafia de Nueva Jersey.

La gran estafa americana

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