CRÍTICA

High-Rise

8

Por
09 de mayo de 2016

Cuando David Keenan, crítico de la revista The Wire, escribió sobre un “reverso oscuro de Inglaterra”, no exageraba un pelo. Quienes gustan de hurgar en ella saben que la cultura británica tiene una cara oculta donde hay hueco para obsesiones paralelas y contradictorias: del ocultismo al morbo tecnológico, de la nostalgia del Edén a la rabia contra el género humano. J. G. Ballard, cuya novela Rascacielos adapta esta película, fue un monarca de ese lado tenebroso. Ben Wheatley, director del filme, es uno de sus príncipes de hoy.
Tras haber visto las feroces Kill List y Turistas, estaba claro que a Wheatley (y a la guionista Amy Jump) no les faltan ni mala leche ni ganas de ahondar en las vergüenzas de lo british, en particular, y del mundo moderno, en general. Cualidades imprescindibles para un reto como este: si, en general, llamar “misántropo” a Ballard es quedarse muy corto, la historia de esta casa de vecinos vuelta páramo madmaxiano es uno de sus trabajos más cargados de vitriolo, cuando no el que más. Un trabajo contra el cual ya se han estrellado cineastas a granel, de Nicolas Roeg a Vincenzo Natali. ¿Cómo se las ha apañado, pues, el director de High-Rise? Pues todo lo bien que le permitían su presupuesto y la entidad demente del relato. Para empezar, a Wheatley se le da muy bien definir espacios con su cámara, algo necesario cuando la unidad de lugar es, más que una opción de estilo, una necesidad fisiológica. No se dejen engañar por esos bichejos de dos patas que lo recorren: aquí, el protagonista es ese edificio que, al irse pudriendo como cadáver de hormigón, reconfigura sus entrañas en un ecosistema vertical donde pululan especies de todo tipo. Cuando las diferencias sociales (aquí, las castas vienen dadas por la altura de los pisos) se vuelven niveles de una cadena alimentaria, uno reconoce a las grandes bestias trogloditas (Luke Evans), a las aves de rapiña decrépitas (Jeremy Irons) y a los carroñeros que, como ese Tom Hiddleston de musculatura reptiliana, sobreviven como pueden. ¿Las diferencias de género? Bien, gracias: pregunten a Sienna Miller y Elisabeth Moss, carne disputada por las garras de los machos.
Para narrar tamaño vórtice de ultraviolencia y sexo chungo, Wheatley emplea dos registros principales: la exactitud antihumana a lo Kubrick (su ambientación seventies, que podría ser un inconveniente comercial, ayuda mucho en esto) y una fantasmagoría de vertedero muy inspirada en Terry Gilliam. De dichos registros, es el segundo el que va tomando posesión de la película conforme esta avanza; algo que, si bien se ajusta al ideario ballardiano (“viajar al espacio interior”, decía el viejo zorro), hace que el cuento pierda pie y sus horrores, más que espantar, saturen. Pero, si se entra en el juego, el desequilibrio es perdonable. En otras manos, High-Rise podría haber acabado siendo un La que se avecina con esteroides, pero en las de su director queda como algo valiente, irregular y único: la sitcom que Charlie Brooker (Black Mirror) jamás venderá a la BBC. En los días buenos, esta película es un placer malvado, lleno de gamberrismo, humor negro y verdades que cuesta admitir. En los días malos,  es un espejo.

Sátira en propiedad horizontal: ¿por qué discutir con el vecino, si puedes matarlo y comerte a su perro?

SINOPSIS:

Adaptación de High Rise, novela publicada por J.G. Ballard a mediados de los años ‘70. La historia narra la llegada del doctor Robert Laing a la Torre Elysium, un enorme rascacielos dentro del cual se desarrolla todo un mundo aparte, en el cual parece existir la sociedad ideal. Pero secretamente, el recién llegado se sentirá perturbado ante la posibilidad de que este orden utópico no sea tal. Sospechas que rápidamente serán corroboradas de la forma más siniestra.

FICHA TÉCNICA

GÉNERO:

DIRECTOR:

REPARTO: , ,

GUIÓN:

PAIS: RU

DURACIÓN: 119 min.

EDAD RECOMENDADA:

DISTRIBUIDORA: Betta

ESTRENO: 13 de Mayo de 2016

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