Mis clásicos: ‘Melodías de Broadway’

25 de noviembre de 2009

SI HAY ALGO QUE CARACTERIZA AL CINE de la segunda mitad del siglo XX,
es la comedia. La comedia tuvo dos vertientes maravillosas: la de los herederos
de Lubistch, Billy Wilder y otros 200 ó 300 realizadores magníficos, y la vertiente
musical (Vincent Minelli, Stanley Donen, Gene Kelly) igualmente inspirada y
brillante, pero mucho menos reconocida por los sesudos críticos por aquello de
que eran “americanadas” vistosas pero sin transcendencia. La verdad es que,
sin esos hombres que devolvieron al cine la sonrisa y la felicidad, el más grande
espectáculo del mundo habría muerto o se habría reducido a unas tonterías intelectuales.

Hoy día por culpa de la decadencia hay la estúpida tendencia de asociar el buen cine con lo aburrido pretencioso o con el panfleto político. Nada más falso y absurdo. Los hombres que descubrieron el valor de la sonrisa, del swing, son imperecederos, incatalogables. ¿Qué es más admirable: El Orpheo, de Jean Cocteau, o Monsieur Hulot, de Jacques Tati? ¿El camarote de los hermanos Marx o las campanadas a medianoche de Orson Welles? Para mí, todas ellas son expresiones de talento, de belleza y todas nos abren una puerta a la felicidad. Seguramente si queremos tomar uno de los grandes filmes como ejemplo, yo tomaría Melodías de Broadway de 1955 (V. Minelli, 1953). Para las audiencias juveniles puede que el mundo del que hablo les parezca banal, intranscendente y tramposo. Quizás llevan razón, pero me da igual. Si el cine es una caja de emociones y belleza, pocos espectáculos hay que puedan competir con el baile de Gene Kelly en Cantando bajo la lluvia o la danza de Fred Astaire y Cid Charisse sobre el magnífico tema de Arthur Shwartz, Dancing in the Dark. Estos ejemplos no son mejores ni peores que otros de aquellos días mágicos de la comedia musical, compendio de inspiración, talento de montaje, gracejo de los actores, más sentido del humor (imposible de mejorar la energía y el alarde de facultades de Donald O´Connor en Make Them Laugh).

Pues bien, Melodías de Broadway de 1955 es, para mí, la mejor comedia musical de la historia del cine y una explosión de nervios y felicidad, con un sentido del ritmo admirable, con una coreografía espléndida. Pero, además, es el retrato bastante siniestro de lo que se nos venía encima, el cine pretencioso y pedante y la muerte prematura del swing, la energía y la invención. Yo escribí, hace muchísimos años, después de ver la primera película de James Bond, que si el cine era capaz de devolvernos la sonrisa seguramente estábamos salvados. Y así fue. Y no es casualidad que nuestros salvadores fueran Sean Connery, Ursula Andress o John Barry, los verdaderos profesionales sin pretensiones geniales, pero llenos de talento y de burlona complicidad británica con el espectador. No me equivoqué mucho, allí estaban de nuevo el jazz, el gag, las imágenes brillantes, las mujeres bellas y el placer de vivir. Como las viejas comedias de Preston Sturges en cualquier vodevil intranscendente, pero irremplazable.