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Roman Polanski

EL JUEGO DE LA OCA

1 FOIE. Como buen espectador pusilánime, aprendí casi todas las cosas interesantes gracias al cine. Todo tipo de cine. Incluso las pequeñas pelis de los colegas. Mi amigo cineasta Enrique Baró Ubach filmó La oca en persona, una traviesa y brillante pieza de 10 minutos en la que, básicamente, mostraba al vitriólico Arcadi Espada enfrentado a su trabajo en solitario: escribir. El resultado, que destacaba la ausencia de glamour de la profesión y no tenía más acción que la mirada inquieta ante el ordenador, el tecleo y el mesar de cabellos del protagonista, terminaba con una reflexión sobreimpresa en pantalla. Su autor era Arthur Koestler, uno de esos autores brillantes del que conocemos más aforismos que libros (justo detrás de Oscar Wilde en el ranking universal de frases célebres) y que en una vida logró acumular más vivencias que 100 ciudadanos del siglo XXI juntos. Estuvo en España en la Guerra Civil, en la Palestina de los kibutz, en el París de 1940, en la Legión Extranjera, en la India del Nirvana, en las mejores universidades norteamericanas, y sabía de lo que hablaba cuando dejó escrito: “¿Viene usted a conocer al escritor? Desconfíe. Es decepcionante. Será como si después de haber comido foie-gras fuese usted a conocer a la oca en persona”.

Al margen de lo feo que hoy parezca alardear de comer hígado de ocas engordadas por embudo, esta genial reflexión vale para el escritor y para cualquier otro personaje que nos transmita placer o, al menos, placebo. Claro que Koestler lo lleva al extremo: es importante indagar en la vida de los artistas para interpretar mejor su obra. Pero la relación entre la oca y su foie requiere de una distancia ética y estética. De las mentes más abyectas han salido páginas imprescindibles para el género humano. Tampoco las buenas personas producen obras maestras solo por su cara bonita. Y eso tiene que servirnos para aprender a separar la obra de su artista. Como en el caso de Roman Polanski, cineasta cuyo oscurísimo lado personal convive con una filmografía extraordinaria. Quedémonos con sus películas: que la crítica a la conducta reprobable, con hechos probados detestables, del artista no se convierta en censura de su valiosa obra.

2 EUROPOLANSKI. A Arturo Pérez Reverte le gusta contar cómo se las arreglaron para traer a España a Polanski y hacerle perder la cabeza por su novela El club Dumas, a la que rebautizó como La novena puerta. “Muy sencillo: el guion de Enrique Urbizu era cojonudo”. Así, el director francopolaco con residencia suiza acabó rodando en las calles de Toledo. La Polonia comunista, el París de mayo del 68, el swinging London, la Roma donde rodó ¿Qué?, Dinamarca en El escritor, Praga para recrear Oliver Twist; Portugal, también escenario de La novena puerta, los estudios Babelsberg para El pianista… y recuerdo su aterrizaje en el aeropuerto coruñés de Alvedro para filmar La muerte y la doncella. Sí, rodó La semilla del diablo y Chinatown en EE UU. Pero el cineasta que reinventó lo siniestro, que afinó el satanismo cotidiano en el cine y que enfrentó su obra a las diversas formas de convivir con la angustia existencial, representa además el paradigma del artista europeo en todo el mundo, un sello que reivindicar en estos tiempos de escepticismo comunitario por doquier.

3 2019. Lo fan no quita lo atribulado. Mi gusto por las listas no me impide reconocer que en estas selecciones de películas y series es tan decisivo lo que uno se ha perdido como lo que escoge. Lo que queda oculto, como un iceberg culposo, determina las listas de todos los que nos lanzamos a recomendar. Me gusta señalar siempre las películas de mi lista que no aparecen entre las mejores 30 de CINEMANÍA: Atardecer de Laszlo Nemes, The Old Man and The Gun con Robert Redford, los documentales Diego Maradona, Apollo 11 y Buscando la perfección, las españolas Quien a hierro mata y El crack cero y el último Loach, Sorry We Missed You. En series, más comedia: Vota Juan. Pero hay que advertir también que no todos hemos podido ver todo lo que merecía la pena. Por suerte, formar parte de este grupo de cinemaníacos excepcionales completa nuestras carencias, afina nuestro gusto, abre caminos a grandes hallazgos. Es tiempo de compartir listas y encontrar tesoros ocultos. Feliz 2020.

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