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Por qué tienes que ver ‘Yo nunca’, la loca adolescencia narrada por John McEnroe

Amistad, virginidad, luto, diversidad, tenis y Mindy Kaling: Así es la comedia centennial que ha conquistado Netflix por sorpresa.

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04 de mayo de 2020

El cuarto episodio de Yo nunca, titulado “… me he sentido muy hindú”, gira en torno al Ganesh Puja, el festival hindú celebrado en honor al dios con cabeza de elefante. En los primeros minutos del capítulo, vemos a nuestra joven protagonista, Devi Vishwakumar (Maitreyi Ramakrishnan), revolverse incómoda dentro del traje tradicional de la cultura india.

Se encuentra en una cafetería haciendo cola cuando una niña que hay justo detrás le pide una foto para subirla a su Instagram porque, explica la madre de la pequeña, “cree que eres Jasmine”. Justo cuando piensas que la ignorancia occidental no puede dar más vergüenza ajena, Devi se dirige al chico que la atiende para decirle que ese día no puede comer y este pregunta si es por el Ramadán.

Aquí no acaba la cosa. Minutos más tarde, en ese mismo episodio, Devi se acerca a un orientador de esos que se han hecho un nombre por colar hasta al más tonto en alguna universidad de la IVY League. Este ‘genio’, ni corto ni perezoso, le suelta a la joven de sobresalientes que sueña con entrar en Princeton: “No quieren a otra estudiante hindú brillante. Quieren una historia”. Ahí ya perderíamos toda la fe en la humanidad de no ser porque, en ese preciso instante, nos damos cuenta de que mientras haya series como Yo nunca habrá esperanza.

 

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*Sin saber qué poner porque la frase define la serie sola*. #YoNunca ya disponible.

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Tal vez ese cuarto capítulo no sea el más significativo del nuevo fenómeno de Netflix, pero sin duda engloba los principales aciertos de esta divertida apuesta teen: crítica social, visibilidad cultural y mucho sentido del humor para rendir cuentas con una industria demasiado dominada por estereotipos y con déficit de diversidad hasta ahora.

Yo nunca puede pecar, y lo hace, de las manías típicas de las comedia romántica adolescente que has visto mil veces (clases sociales, nerds que se enamoran de populares, ese nuevo pseudogénero llamado ‘la revancha en TV de los empollones’, etc.)y, sin embargo, resulta refrescante, original y adictiva. Creada por Mindy Kaling y Lang Fisher, la primera reconoce que la historia bebe mucho de su propia juventud.

La ficción nos traslada al residencial y acomodado barrio de Sherman Oaks, a las afueras de Los Ángeles, ese lugar de viviendas unifamiliares en el que los padres cortan el césped mientras sus retoños juguetean con la bici por la acera.

Allí vive la familia Vishwakumar, compuesta por Devi, su madre Nalini (Poorna Jagannathan) y su prima Kamala (Richa Moorjani). El padre, Mohan (Sendhil Ramamurthy), al que la protagonista estaba muy unida, fallecía meses antes por un infarto en pleno concierto escolar de la protagonista (mientras esta tocaba el arpa). Tal fue el trauma que supuso su muerte, que Devi estuvo un tiempo sin poder caminar.

Ahora, a punto de empezar un nuevo curso, la joven prefiere obviar las posibles secuelas de la pérdida de su padre y concentrarse en un solo propósito: ella, nerd de cuna, quiere ganar toda esa popularidad que nunca ha tenido acostándose con el cañón del instituto, Paxton Hall-Yoshida (Darren Barnet). Y, de paso, perder la virginidad.

Ella, Devi, todo carácter y personalidad, es la gran estrella de este espectáculo ‘coming-of-age’ que restriega todos los complejos de la adolescencia por los escalafones sociales de la High School norteamericana. Tiene el entusiasmo de Cady Heron (Chicas malas), la inocencia de Lindsay Weir (Freaks and Geeks), la intransigencia y el sarcasmo de Kat Stratford (10 razones para odiarte), algo del arte embaucador y el inconformismo de Cher Horowitz (Clueless) y parte de la torpeza para desmentir chismes de Olive Penderghast (Rumores y mentiras).

 

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i still get jealous

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Añadámosle a todas esas heroínas de instituto un origen hindú, la impronta de la generación Z y esas firmas en femenino en los títulos de crédito para entender la revolución que suponen Devi y Yo nunca. Al fin y al cabo, esta ficción es hija de la Lady Bird de Greta Gerwig, así como de las Súper empollonas de Olivia Wilde, de una mirada femenina e irreverente a la sororidad, a los conflictos maternofiliales propios de la edad del pavo y a esa juventud que trata de avanzar en popularidad sin sacrificar por ello su media en las notas.

Además del carisma de su personaje principal, la serie cuenta con unos secundarios tan diversos como brillantes: las amigas multirraciales y multidrama que conforman con Devi la llamada ‘ONU’ (una afroamericana a la que no se le resiste la robótica, pero sí ese armario del que no termina de salir; y una actriz china con ‘mommy issues’), esa psicóloga que se ha ganado el cielo, el otro ‘nerd’ al que atacar con bombas nucleares, el profesor de historia que se hace el guay, la hermana con síndrome de Down del buenorro…

Entre todos ellos, merece una mención especial la voz en off del tenista John McEnroe que nos acompaña como narrador de esta historia, comparando los clásicos dramas amorosos adolescentes con sus broncas con los árbitros en los partidos de tenis, o la mala leche de Devi con su propio temperamento (que se lo digan a sus raquetas…).

Yo nunca es una aproximación nueva, inclusiva e hilarante a la adolescencia, al despertar sexual, a las dudas, a la virginidad y a los primeros amores. También a la rebeldía propia de la edad, a las salidas de tiesto, a los errores y a las discusiones acaloradas con mamá. Y a la pérdida, a evitar afrontar la experiencia traumática de quedarte sin el pilar de tu vida en esa etapa de cambios, representado en el padre que aparece en sueños y hasta con forma de coyote.

Al final, entre episodios de Riverdale, páginas de After y referencias a los Jonas Brothers, a Westworld y hasta a Harvey Weinstein, Mindy y Fisher tejen una reflexión certera y cómica sobre esa edad en la que no sabes nada y parece que tienes que hacer como que lo sabes todo.

Habla de sororidad, duelo y amor en todas sus formas. Es entretenida, adictiva, maratoneable, pero además es inteligente e imperecedera, como las mejores ficciones del género. Una creación con potencial de hito generacional, una de esas rara avis que descubres en tu pantalla casi por casualidad, la sorpresa más grata. Y con voz de McEnroe. Nunca imaginamos que el tenista más temperamental representaría (y contaría) tan bien nuestros dramas adolescentes.

Yo nunca está disponible en Netflix.

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