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Todo por el escaño: ‘Baron Noir’, el mejor peor político de la historia

La recomendación en Twitter del vicepresidente Pablo Iglesias ha dado nueva vida a la excelente serie francesa 'Baron Noir'… o la miseria de ser político.

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29 de mayo de 2020

El futuro lo juzgará como político, pero el presente ya ha dictado sentencia como influencer mediático: Pablo Iglesias es el prescriptor de prescriptores de la pequeña pantalla. Lo que tuitea él va a misa (bueno, a asamblea). Y su nuevo capricho es un caprice des dieux: la fantástica serie francesa política Baron Noir (Canal+/HBO) que, por lo que se ve, le ha recomendado el mismo presi Sánchez.

Lo cierto es que solo la bulimia de estrenos y nuestro proverbial desprecio por la pequeña pantalla gala ha hecho que pasara desapercibida. Su primera temporada se estrenó en 2016 (¡qué tiempos aquellos!) Por entonces, Pablo veía Juego de tronos y Albert Rivera (¡qué tiempos aquellos y II) flipaba bastante con Borgen y la posibilidad de ser presidente de carambola. No podemos culpar al difunto (políticamente) Rivera: toda Europa flipaba con Borgen y no existía sobre la faz de la tierra ni sobre los platós de televisión un politicastro o politólogo que no se supiera de memoria las andanzas de Birgitte Nyborg.

Contagiados de la fiebre Borgen, los productores europeos se lanzaron como posesos a producir ficciones políticas. Antena 3 / Bambú probó suerte con La embajada y le salió regular. Canal + Francia lo hizo con Baron Noir y lo bordó, poniendo en el mapa la ciudad de Dunquerque varios años antes que Christopher Nolan.

Pero basta de palabrería, que cualquiera diría que nos dedicamos a la política y no a una profesión seria. ¿De qué va Baron Noir? Básicamente, es la historia de Philippe Rickwaert, el mayor trepa que ha conocido el mundo de la política francesa. Diputado y alcalde de Dunquerque, miembro del Partido Socialista, aplica a rajatabla la (falsa) maquiavélica máxima de “el fin justifica los medios”. En su caso, el fin solo es uno: sobrevivir políticamente. Para eso engañará, robará, chantajeará, inducirá al suicidio, se aliará con lo más podrido de la sociedad del lugar y, claro, por eso de la erótica del poder, también se beneficiará a sus becarias en su descanso del guerrero.

Rickwaert está interpretado por Kad Merad, un actor francoargelino que hasta su explosión en la serie era más conocido por su vis cómica (Bienvenidos al norte) y que seguramente os suene por ser el profe de gimnasia de Los chicos del coro. Su despliegue actoral es espectacular. No vayáis a pensar que se trata de una serie de charleta y sofá, sino que es más bien un thriller a toda velocidad. En el mundo de Rickwaert, la política no se hace en los despachos, si no en los párkings poco frecuentados adonde le lleva su Renault Laguna. Allí fue donde inició su carrera política, pinchando las ruedas del coche de su jefe de filas, para así poder tener ofrecerle un viaje en su coche y sumar puntos y allí, como si fuera un adolescente hambriento de botellón, desarrolla su habilidad innata para la manipulación del ser humano, siempre bordeando la legalidad… y hasta aquí podemos leer para evitar que la Gestapo de los spoilers nos reviente el artículo.

Solo decir que en la segunda temporada hay unos equilibrios de poder propios de el Cirque du Soleil y que a Rickwaert la acompaña la presencia estelar de Anna Mougaglis, aquella actriz que se hizo famosa por su entrecejo en Gracias por el chocolate, de Chabrol, en 1998. Mougaglis es Amélie Dorendeu, la antítesis de Rickwaert: una política de familia bien, criada en un laboratorio de Bruselas que, inevitablemente, tiene que chocar (pero también entenderse), con un personaje tan atrabiliario y callejero como Rickwaert. 

En Francia causó sensación y su repercusión explica un poco cómo es la personalidad de los políticos. Uno puede pensar que, dado que Rickwaert es lo que se llama un ser sin ningún atisbo de escrúpulo, los profesionales de la oratoria mamporrera negarían cualquier vínculo. Pasó lo contrario. Más de uno y más de dos políticos afirman verse reflejados en el (a falta de una palabra mejor) cabronazo de Rickwaert. Parece claro que el referente más obvio es Julien Dray, diputado francés cuyo nombre es posible que no os diga nada, pero que fundó la ONG SOS Racismo, mundialmente conocida. Dray ha llegado a afirmar: “Baron Noir soy yo”. Pero los guionistas echan mano de todo tipo de anécdotas reales: de Ramzi Khiroun, que bloqueó el paso con su coche de otro personaje tan cinematográfico como Dominique Strauss-Khan para conseguir su oportunidad en la política, o de la volcánica personalidad del histórico líder comunista Jean-Luc Mélenchon, para el que trabajó uno de los guionistas.

Es difícil explicar por qué gusta a Sánchez y a Iglesias, dada la turbia y desagradable imagen que da de la política y que la emparenta, para que nos entendamos, con una película como El reino, de Rodrigo Sorogoyen. Pero bueno, si con eso va a aumentar su público, bienvenido sea. ¿No decíamos que el fin justifica los medios? De paso, a ver si, con un poco de suerte, Pablo también le echa un ojo a otras magníficas series galas como Oficina de infiltrados (Movistar), Call my Agent (Movistar), o A Very Secret Service (Netflix). Que lo haga ahora que tiene tiempo, porque en nada, y con tres churumbeles, no va a poder ver otra cosa que no sea la joya de la corona de la televisión francesa, esa serie de animación llamada Las aventuras de Ladybug… 

(Por cierto, Pablo, si lees esto, no seas así y desbloquéame de twitter, que no se diga que la izquierda no tiene sentido del humor… y ya hace cuatro años de esa gala de los Goya que acabó con nuestra amistad).  

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